La ilusión de los tipos

La alegría, incluso euforia, que vivieron los mercados en los tres primeros días de esta semana con la hipótesis de un descenso de los tipos de interés oficiales en la Eurozona se ha tornado pesimismo este jueves. El BCE se encuentra de nuevo ante un dilema que no tiene fácil solución, ya que en la Eurozona conviven países cuyo PIB cae cerca del 2% con otros que, sin ir exactamente viento en popa, experimentan avances en el PIB. O sea, recesión en unos, moderado crecimiento, pero crecimiento al fin y al cabo, en otros.

Llegados a este punto, unos dicen que hay que bajar más los tipos de interés (la verdad es que no queda mucho margen, ya que están en el 0,75%, mínimo histórico), otros que hay que dejarlos como están y otros, en fin, que habría que subirlos para que el BCE cumpla con su obligación principal, que es la lucha contra la inflación. La canciller alemana Merkel ha sido la que ha puesto el punto de amargura en este debate al señalar que a Alemania le vendría bien una ligera subida de tipos de interés. La gran casa del BCE es difícil de administrar y de gestionar, tan dispares son los intereses y los estados en que se encuentran en un momento dado los integrantes del colectivo comunitario. Hay también respuestas técnicas que se mueven por el terreno del escepticismo pues consideran que el estado actual de ruptura interna del mercado financiero de la Eurozona impedirá que un recorte en los tipos del BCE pueda filtrarse a todas las economías por igual.

Lo que está en juego ahora mismo es cómo salir del atolladero poniendo cuanto antes un poco de combustible en la máquina económica de la Eurozona. Combustible necesitan sobre todo los países de la zona baja de Europa, empezando por Italia y siguiendo por todos los que se asimilan a la periferia de Europa, incluida claro está España. Alemania no está libre de riesgos en todo este escenario, ya que si bien trata de imponer una cierta disciplina a sus colegas tratando de hacer extensiva la virtud a toda el área (equilibrio presupuestario), un estado de depresión económica amplio y duradero, como el que estamos padeciendo, acaba por socavar los cimientos de la UE y de afectar al bienestar de la propia Alemania.

Por lo tanto, no se puede jugar mucho con el tira y afloja de la austeridad y el crecimiento. Parece claro que en cuestiones de austeridad, los países de la periferia han aprendido ya la lección y la están aplicando con mayor o menor aprovechamiento. Hay además un estado de rebeldía creciente que puede conducir a la UE a una difícil encrucijada política. Italia por ejemplo acaba de elegir a un paladín de la política de crecimiento, enemigo declarado de las estrategias de austeridad que ha impuesto Bruselas.

Lo que será difícil es que sigan desmontando el Estado de Bienestar que se había construido en los últimos años de bonanza. Se le podrán poner límites más o menos estrictos, pero Europa va a tener muchas dificultades para bajar mucho más el déficit actual en el que se han embarcado algunos países como España, que inevitablemente acabará con una deuda por encima del 100% del PIB a la vuelta de no muchos meses. A golpe de austeridad es difícil que se logren más ahorros en las cuentas públicas. El territorio ya ha sido explorado y explotado hasta límites que apenas dejan más márgenes de maniobra. Hay que mirar cuanto antes a la necesidad de generar ingresos para controlar el crecimiento de los déficits, jugar simultáneamente la baza de los ingresos vía más actividad y de los gastos contenidos con arreglo a las últimas normas que se han ido generalizando en la UE. La respuesta no está en los tipos de interés sino en la voluntad política de aplicar estrategias más ambiciosas que las monetarias.