Sistémico, lo peor de lo peor

Sea cual sea el desenlace del caso chipriota, la UE tiene que poner en orden cuanto antes sus ideas para avanzar en la construcción de un bloque de países mejor organizado y mejor gestionado. Lo sucedido en el caso de Chipre debería ser una lección. Europa y sus instituciones se atascan cuando se trata de afrontar problemas de alguna envergadura. Menos mal que hasta la fecha los problemas se han concentrado en naciones menores, como Irlanda, Grecia, Portugal o Chipre, a las que ha sido necesario socorrer con ayuda fraternal, aunque no siempre con el éxito como resultado final. Aún así, un caso como el de Chipre, que tiene una dimensión económica inferior al 1% del PIB de la Eurozona, ha vuelto a poner en circulación la temida expresión más de moda en los últimos tiempos: la crisis sistémica.

Que Chipre se convierta en foco de una crisis sistémica o generalizada para el conjunto de la economía europea e incluso con importantes derivaciones en la economía mundial es un asunto que resulta difícil de comprender. Las autoridades comunitarias, sin embargo, lo han conseguido al avalar la imposición de una tasa sobre todos los depósitos de los bancos chipriotas, sin reparar en una norma que había dictado la propia UE fijando un seguro universal para proteger la integridad de los primeros 100.000 euros propiedad de cualquier cliente bancario.

El error se hizo rápidamente sistémico, es decir, adquirió carta de naturaleza a escala europea y muchos ciudadanos, sobre todo los pertenecientes a países con riesgo de ser recatados, vieron peligrar la seguridad de su dinero depositado en los bancos. De momento, el pánico no ha cundido porque las amenazas iniciales se han suavizado severamente, pero desde el error inicial parece que han cambiado algunas cosas importantes en el ánimo de muchos europeos en relación con la seguridad de los activos que los ciudadanos de la UE tienen en depósito en entidades financieras.

Hay muchas cosas en la UE con potencial de ser sistémicas, es decir, con capacidad para generar altos grados de inseguridad o de conflictividad colectivas. Y habría que reducir ese catálogo de forma drástica. Por ejemplo, reforzando la autoridad económica y presupuestaria de Bruselas y estableciendo al mismo tiempo la posibilidad de un desenganche en aquellos casos en los que exista una distorsión muy fuerte entre un Estado y el conjunto de la UE o en el que se produzcan claras y reiteradas conductas de incumplimiento de las políticas coúnes. Grecia y Chipre posiblemente deberían estar fuera de la UE, ya que sus posibilidades de converger hacia las políticas comunes de la UE son muy escasas. Y no parece tener la UE autoridad suficiente para suplir a sus Gobiernos irresponsables o incapaces.

Mientras estas reglas básicas no se adopten y se respeten, seguirá existiendo la posibilidad de contagio para el resto de los países, lo que quizás nunca acabe afectando a los grandes de la UE, pero sí puede entorpecer de forma sensible la existencia de los países que están a mitad de camino entre la virtud y la ineficacia. Casos de Italia, de España y quizás de algún otro grande y en todo caso de varios pequeños. En una situación de este tipo, en la que hay países importante que acaban pagando los platos rotos de los más pequeños, el problema se convierte en global y es el proyecto europeo en conjunto el que sufre las consecuencias. Cada vez que Chipre estornuda, los costes de financiación de la Deuda española aumentan en varios miles de millones de euros. ¿Tiene esto sentido?