En la variedad, ¿está el gusto?

La pretensión del Gobierno de simplificar la normativa técnica y los requisitos que se les exigen a las empresas en diversos ámbitos geográficos, por lo general autonómicos, parece una idea repleta de sentido común. Naturalmente, algunas Autonomías, que se empeñan en verlo todo a través del prisma identitario, aquellas en las que el sentimiento nacionalista está más desarrollado, han empezado a valorar la nueva ley que intenta aprobar el Gobierno como un nuevo ataque centralista, una nueva forma de anular las diferencias y la variedad, aunque en este asunto es poco probable que sea vigente aquello de que “en la variedad está el gusto”.

Se puede valorar la oportunidad de la iniciativa gubernamental señalando que como Rajoy apenas tiene problemas, a veces da la impresión de que se escarbas el cerebro para crear alguno nuevo, para abrir frentes en donde había paz. Pero la diversidad de normas que afectan a la actividad económica, al etiquetado y presentación de productos, a las normas que suelen regularse desde los departamentos de sanidad o de defensa del consumidor o de regulaciones alimentarias y de otros muchos tipos, ha llegado en el caso español a convertirse en un auténtico abuso, que acaba por complicarle la vida a aquellos a los que pretendía defender.

Hay empresarios extranjeros que llegan a España y al poco tiempo desembarcan en una realidad bien distinta a la que viven en otros países o en otras zonas del planeta. Resulta que hay más barreras invisibles y las normativas diferenciales dentro de España que en países como Estados Unidos o la misma Unión Europea. En la UE se han desarrollado desde hace años numerosas iniciativas que tienden a simplificar la presentación y el contenido de muchos bienes e incluso servicios que circulan por los mercados interiores, un proceso de homogeneización que se justifica no sólo desde el punto de vista de la comodidad de usuarios y fabricantes sino desde la óptica puramente económica. Presentar la misma cosa con 17 formatos diferentes según la zona de España en la que se comercialice es un auténtico multiplicador de gastos. Además, genera en las Autonomías unos mecanismos de supervisión y vigilancia que naturalmente cuestan dinero y contribuyen a engordar ese problema del que últimamente estamos tan preocupados, el exceso del gasto público y, a la postre, el exceso de impuestos que se reclaman a los ciudadanos para mantener unas Administraciones sumamente caras y que lo hacen todo bastante más engorroso.

Es difícil averiguar de antemano hasta donde va a llegar la Administración Central a la hora de homogeneizar este prolijo reino de taifas, en donde cada Comunidad Autónoma ha querido fabricar un Estado al que no le falte de nada. De momento empieza a tener de uñas a los jefes de los 17 reinos de taifas existentes y es de suponer que el movimiento opositor se extienda como una mancha de aceite, ya que nadie querrá quedarse atrás en esta batalla en pos de la diversidad y en contra del dictado del Estado central. Cabe temer incluso que, en el empeño por simplificar las cosas, al Gobierno le salga el tiro por la culata y algunas Autonomías refuercen su arsenal normativo para demostrar que ni están vacías de competencias ni se las puede sustituir o reemplazar a la hora de legislar y normativizar el acto más insignificante de la vida comercial y económica.

Es muy dudoso que este intento de normalización del espacio económico sea en realidad, como pretenden algunos, un intento de invadir competencias o de anular personalidades. En la vida económica hay amplios espacios para avanzar en la homogeneización en pos de la comodidad y de unos costes más ajustados, cuestione que son muy de agradecer cuando uno se adapta a las necesidades reales de los ciudadanos y hasta de los fabricantes que participan en el proceso económico, cuyas aspiraciones y necesidades también deberían ser tenidas en cuenta. En este asunto, corremos una vez más el riesgo, como país, de dar pasos en la dirección contraria a la que están recorriendo nuestros socios de la UE. Ser un país singular ya es una apuesta arriesgada pero tener 17 países en el mismo espacio puede llegar a ser, en esta cuestión, un auténtico suicidio.