Contrastes económicos

La economía española no deja de ofrecer contrastes llamativos en sus indicadores económicos. Este jueves se han divulgado los datos de los gastos realizados por los turistas extranjeros en España durante los once primeros meses del año, nada menos que 52.800 millones de euros, una cifra en alza, es decir, superior a la del mismo periodo del año anterior en torno a un 6%. La cruz del día la ofrece el INE, el Instituto oficial que elabora las estadísticas, que dice que el capital prestado por las entidades financieras para constituir hipotecas ha descendido en un 39% en los diez primeros meses del año sobre el mismo periodo del pasado ejercicio, un descenso que se prolonga de forma ininterrumpida desde hace casi tres años.

La economía se está moviendo bajo el signo de las contradicciones en esta fase del ciclo económico en la que parece que estamos en condiciones de iniciar, de aquí a seis meses, una remontada en la actividad. De no ser por la inyección que aporta el turismo extranjero, la economía española se encontraría en una situación realmente dramática, ya que el gasto que realizan los extranjeros que visitan España ronda el 6% del PIB y tiene unos efectos muy determinantes sobre el nivel de empleo y sobre el nivel de consumo privado.

La caída de la actividad hipotecaria pone de relieve posiblemente más un problema de oferta que de demanda. La oferta, que en este asunto es el sector financiero, está seriamente dañada por los contratiempos de la alta tasa de impagados y por la morosidad existente, que ya roza el 4% en el caso de las economías domésticas, es decir, en los créditos otorgados a los particulares para adquirir una vivienda. Con una tasa de paro que supera el 25% de la población activa y en un país en el que la clase media se ha volcado en la adquisición de pisos, financiados por el sector bancario con amplitud de facilidades, el hecho de que la tasa de morosidad de las hipotecas personales sea de tan sólo un 3,6% es verdaderamente notable, casi milagroso. Los españoles hacen auténticos malabarismos para pagar la hipoteca, nadie quiere verse privado de un bien que muchos han adquirido no sólo con la idea de habitarlo sino de convertirlo en un patrimonio que en su día pueda servir de apoyo económico ante una situación de estrechez económica. Muchos españoles han realizado grandes sacrificios económicos para ahorrar y comprarse un piso con la idea de que era como un auténtico plan de pensiones que garantizará un nivel confortable de vida tras la jubilación. Las ventajas fiscales de que habitualmente ha gozado la compra de viviendas es uno de los motivos que ha estimulado esta actitud de muchas familias.

Este planteamiento, que ha sido un auténtico mito en España durante muchos lustros, sobre todo desde la época de la urbanización masiva (años 50 del pasado siglo en adelante), se ha venido estrepitosamente abajo en los últimos años a causa de la fuerte depreciación de los pisos y también del largo plazo que se requiere para hacer efectiva la venta. La idea de que la venta del piso puede sacar a uno de apuros es una de las ilusiones o expectativas que la crisis ha dinamitado. No sólo el valor de los inmuebles no garantiza la recuperación de lo invertido en su adquisición sino que la materialización de la venta se demora largos meses para, al final, recuperar apenas un 70% o menos de lo invertido tras una larga espera.

La caída de la actividad hipotecaria puede ser por lo tanto una señal tanto del cansancio de los ciudadanos a la hora de meter dinero en vivienda, quizás a la espera de que la pronunciada caída de precios (más del 30% de descenso desde el inicio de la crisis) se detenga como del frenazo efectivo que está registrando la actividad crediticia en todos los niveles, incluido el hipotecario.