La pobre imagen exterior

La expectación que existe en torno a lo que sucede en España ha alcanzado grados de notoriedad como pocas veces se habían visto. Posiblemente nunca antes en la Historia de la economía, los asuntos relacionados con España han estado en boca de tantos analistas, expertos, organismos internacionales y medios de difusión. Todo el mundo parece estar pendiente de nosotros, a pesar de que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, es posiblemente el dirigente menos mediático que hay en estos momentos en el mundo desarrollado y desde luego en la historia reciente española. Su obsesión por eludir la notoriedad se ha convertido casi en enfermiza, con la particularidad de que no existe un portavoz económico que pueda considerarse como tal, ausencia quizás relevante en las presentes circunstancias, entre otras cosas porque serviría como destinatario de la adrenalina colectiva que en estos momentos confluye en la persona del mismísimo Rajoy, a falta de otra diana más visible.

Si la economía no fuera tan protagonista como lo está siendo, la ausencia de un portavoz económico no tendría mayor relevancia, pero hay que recordar que este Gobierno es el primero desde la instauración de la democracia, allá por los años finales de la década de los 70 del pasado siglo, que carece de vicepresidente económico, oficial o efectivo. Hacía mucho tiempo que España venía practicando la costumbre – no muy extendida en loss países europeos, todo hay que decirlo- de contar con un vice económico oficial. Rajoy, cuando llegó al poder, hace nueve meses, dijo que no habría en su nuevo Gobierno tal membrete, que el máximo responsable de la economía era él, lo que asume para lo bueno y para lo malo. Es especial para esto último, ya que no hay otra cosa. Las buenas noticias escasean en la economía y ni están ni se las espera para antes del año 2014.

Presidentes anteriores se equiparon con “vices” económicos no sólo con la sana intención de coordinar a los colegas del Gobierno que se ocupaban de materias económicas, sino para hacer de portavoz en las cuestiones de la economía y, llegado el caso, servir de chivo expiatorio si las cosas del dinero no iban bien. El vicepresidente económico ha tenido un índice de mortalidad alto, ya que se han consumido bastantes en el ejercicio del cargo, asumiendo responsabilidades que no siempre les correspondían. Pero al final se salvaba, cuando menos por unos meses más, el presidente de turno. Zapatero quemó a Solbes y puso a la Salgado de diana, aunque al final tampoco le sirvió de mucho. Los dos ardieron en la hoguera de las estadísticas y de las últimas elecciones generales, pronto hará de aquello un año.

El que Rajoy haya asumido esa especie de vicepresidencia económica que le ha negado a alguno de sus ministros (Montoro la esperaba, Guindos la ambicionaba, pero los dos se han quedado con las ganas y andan a palos entre sí) no ha sido bueno, entre otras cosas, porque la proverbial discreción del aludido nos mantiene huérfanos de hojas de ruta o de faros orientadores. En la prensa internacional, no hay día en que no seamos objeto de análisis, a veces por vía doble o incluso triple, como ha sucedido este lunes con los tres periódicos económicos que lee la comunidad mundial de los negocios.

En ninguno de los tres comentarios salimos bien librados, de forma que si los inversores internacionales se guían por lo que dicen los periódicos extranjeros sobre nosotros, las cosas no pueden ir bien. Financial Times nos dedica un editorial que roza lo humillante, The Wall Street Journal desmonta cualquier vestigio de credibilidad llegando a decir que el diagnóstico bancario que vamos a conocer esta semana es poco menos que papel mojado y el Herald Tribune dice que Rajoy depende poco menos que de un milagro para que le hagan caso en el BCE. En suma, un panorama desconsolador. Que todo esto se habría arreglado si hubiéramos contado con un vicepresidente económico que diera la cara y que supiera algo de economía no está claro. Pero es que ni siquiera se ha intentado, de forma que nuestra imagen exterior n o puede ser más descorazonadora.