Inflación con recesión

Con la economía cayendo (PIB negativo en el segundo trimestre, con retroceso del 1,3% sobre el mismo trimestre del año pasado) y la inflación acelerándose (2,7% en agosto, según las estimaciones preliminares del INE), el horizonte económico se ha ensombrecido un poco más. La nueva situación se asemeja a eso que los economistas llaman estanflación, es decir, estancamiento con inflación, un estado paralizante del que no resulta fácil salir. Normalmente, el frenazo en la actividad económica tiende a frenar las alzas de precios al existir menos presión de la demanda. Que los precios se aceleren en esos momentos (hay expertos que dicen que se trata de un fenómeno transitorio y que a la vuelta de unos meses estaremos por debajo del 2%), tiene un componente explicativo sobre todo externo, motivado por las elevaciones de los precios de los combustibles y por los alimentos.

Para mayor abundamiento, este sábado aparece en escena el nuevo IVA, que añade tres puntos más a la tributación del consumo en la mayor parte de las parcelas, aunque en otras vertientes la subida es de dos puntos. Subir el IVA en plena recesión (el PIB lleva cuatro trimestres cayendo) no parece una sabia medida, pero esta vez las cosas son bastante distintas.

La primera duda que surge es si la subida del IVA va a ser realmente efectiva y va a tener un impacto real en los precios y por lo tanto en el frenazo al consumo. Hay un movimiento bastante extenso de renuncia al IVA, de forma que algunas empresas con gran incidencia en el consumo de los hogares han optado por absorber el incremento de la fiscalidad encajando la subida en los márgenes.

De este modo, el incremento de la recaudación fiscal (una de las panaceas con las que contaba el Gobierno para cumplir con el objetivo reducción del déficit) sufre poco y los beneficios empresariales financian en buena parte la renuncia. Se mire por donde se mire, el impacto puede acabar resultando negativo, porque reducir los márgenes empresariales implica tener empresas con menos capacidad de inversión y, por lo tanto, de empleo. Además, muchas empresas reforzarán su estrategia de austeridad, reduciendo gastos, lo que en algunos casos puede repercutir en el empleo de forma negativa. La reducción de los beneficios empresariales es también un arma de doble filo en la medida en que limita el crecimiento de la recaudación fiscal al impactar en el potencial recaudatorio del Impuesto de Sociedades.

La aceleración de la inflación tiene, en todo caso, efectos nocivos no solamente en el frenazo del consumo interno. También en la capacidad competitiva de las exportaciones españolas, un efecto más indeseado aún que el anterior ya que la salida de la crisis de la economía española necesita imperiosamente de la mejora de las exportaciones. Con un aumento de precios del 2,7%, superior al que muestran otras economías competidoras y clientes, habría que preguntarse en todo caso cómo es posible que el diferencial de inflación empeore. En teoría, los motivos del alza de precios en estos dos últimos meses tienen su origen en los aumentos de precios de los combustibles y en los alimentos. Es decir, dos mercancías cuyo encarecimiento afecta a todos por igual, pero que en España repercuten, a nivel doméstico, con mayor fuerza que en otras partes. España se ha situado, en plena recesión, entre las economías más inflacionistas de la Eurozona, algo que no resulta fácil de comprender.