La banca minorista no era tan sana

Uno de los innumerables comentarios que se han publicado en los últimos días en la prensa internacional sobre Bankia y el ocaso del sector bancario español asegura que, como conclusión del tremendo desencanto que estamos viviendo, cabe recordar que la banca minorista está lejos de ser un negocio seguro y boyante, más bien puede ser, en determinadas circunstancias, una actividad de alto riesgo. Los problemas bancarios del pasado reciente eran atribuidos a las prácticas creativas de los genios de la banca de inversión, en donde se han incubado los mayores problemas de estos últimos años, entre los cuales la quiebra de Lehman Brothers fue el exponente más llamativo y sonoro, pero en absoluto el único.

En España hemos estado considerando la saludable posición de que disfrutaba nuestro sector financiero por el mero hecho de que el sector bancario español está basado en la banca minorista, a la que erróneamente se ha estado considerando como exenta de riesgo. Eso habría podido ser verdad si en el país nuestro no se hubiera alcanzado una tasa de paro superior al 20% y que arriesga con alcanzar de forma estable y bastante duradera el 25%. Por lo que estamos padeciendo, la banca minorista está causando tanto o más estragos en España que la mayorista y la de inversión en Estados Unidos.

La seguridad de la banca minorista queda en entredicho cuando una cuarta parte de la población activa, en un país obsesionado con la propiedad de la vivienda, que de forma sistemática ha sido además subvencionada mediante incentivos fiscales, no puede atender de forma fluida a la amortización de los préstamos pedidos para adquirir la vivienda propia e incluso la segunda residencia. El gran quebranto que tiene hoy en día el sector bancario español, cuya dimensión es realmente desconocida pero que causa pavor cuando alguien sale con cifras nuevas que intentan describir la magnitud del problema, es el que se relaciona con los créditos hipotecarios, pero también, y sobre todo, con los créditos concedidos a promotores y a sociedades por lo general fantasmales que no tienen tras de sí más que una licencia de obras, dependiente de lograr financiación para vender los inmuebles. El esquema funcionó mientras había compradores dispuestos a encargar el paso y a pasar por la oficina bancaria para formalizar un crédito por importe incluso superior al que marcaban los vendedores. Los precios de venta eran irreales y al primer soplo de crisis, las valoraciones se han venido abajo. Han caído ya más de un 30% y siguen cayendo ya que no hay demanda y porque la oferta supera todas las proporciones imaginables. Y los deudores están pagando un crédito que supera en un 30% o incluso en un 50% el valor real de lo que han adquirido.

Este microcosmos se ha convertido en una gran pelota que hace temblar a media Europa y socava los cimientos de la Eurozona. No se sabe a ciencia cierta cuál es la dimensión del percance, entre otras cosas porque tiene carácter dinámico. Es decir, aumenta de volumen cada día por la sencilla razón de que hay cada vez más personas que se declaran incapaces de pagar la hipoteca y porque el valor real de los inmuebles sigue cayendo y nadie ha dicho con credibilidad suficiente en dónde va a parar el deterioro de los activos. Los analistas y consultores que ha contratado el Gobierno para analizar la verdadera dimensión del quebranto financiero de los bancos españoles darán a la vuelta de unas semanas un veredicto que se quedará obsoleto a la vuelta de unos pocos meses. El Banco de España tiene gente más que suficiente y desde luego mucho más preparada para haber determinado en su momento la dimensión de la foto fija de la crisis bancaria y la velocidad a la que se deteriora, lo que nos hubiera permitido a estas alturas un mejor conocimiento de dónde estamos.

La ignorancia sobre la cuantía del quebranto es sólo la primera parte. Luego viene la nada sencilla tarea de financiarlo. Los bancos ya han dado de sí todo lo que podían con sus reservas y sus recursos propios.  Los organismos creados para resolver la crisis a escala doméstica (el Frob) se han quedado sin dinero y, aunque hay optimistas que dicen que este organismo va a obtener financiación en los mercados, nadie es capaz de asegurarlo con suficiente seguridad y mucho menos hay garantías de que logre obtener crédito de los mercados internacionales en la cuantía necesaria para hacer frente al quebranto. La única vía posible para resolver el problema reside en encontrar la comprensión de los Estados vecinos, socios de la UE, que nos presten el dinero para salir del paso y sobre todo que nos ayuden a empujar un poco hacia delante la economía, ya que en la medida en que la tasa de desempleo empiece a ceder, la solución del problema irá llegando por sus propios pasos.