Más liquidez pero el crédito aún espera

La subasta de liquidez del Banco Central Europeo (BCE) en su segunda versión ha respondido a las expectativas, aunque con una variante que podría resultar esperanzadora y que de momento aporta una novedad, la del elevado número de entidades que han acudido a la adjudicación de dinero a 3 años de plazo. El pasado 21 de diciembre de 2011 acudieron cerca de 500 entidades financieras, pero el número esta vez se ha alargado hasta las 800 entidades de toda la zona euro, lo que indica que ha aumentado de forma muy importante el número de entidades medias y pequeñas que ha acudido, lo que ofrece ciertas esperanzas en relación con la eventual llegada del dinero a destinatarios finales privados vía crédito. El importe demandado ha sido superior, pero no demasiado superior, apenas unos 40.000 millones de euros más, lo que no llega al 10% de aumento en relación con la primera inyección de dinero. El BCE lo ha prestado al 1% a los bancos y estos pueden ahora prestarlo a tipos más elevados o incluso bastante más elevados, dependiendo del riesgo que estén dispuestos a asumir.

La eterna pregunta y la consabida aspiración es la de que ese importante flujo de dinero vaya a financiar la economía real, es decir, las familias y las empresas. Sería un auténtico negocio para los bancos, ya que familias y empresas son los clientes de crédito que en mayor medida pagan intereses, mientras otros prestatarios, como los Estados o los mercados mayoristas del dinero, escatiman mucho más el coste de sus recursos. Con todo, obtener dinero al 1% y prestarlo a un Estado soberano mediante la compra de Deuda Pública a tipos que oscilan entre el 3% y el 4,5% (según los plazos) es un negocio redondo y lo será durante tres años.

Por lo tanto, el primer resultado de la subasta de liquidez se traduce en una inyección de beneficios muy considerable para el sector bancario europeo, que es una de las finalidades que trataba de conseguir el BCE con esta inédita doble operación de préstamo al mercado. No está mal que los bancos mejoren su nivel de beneficios y, a la postre, su capital y su solvencia, ya que un sector bancario expuesto a excesivos riesgos o en condiciones precarias de rentabilidad constituye un serio inconveniente para el progreso de la economía. Si en la base hay un sistema bancario sólido, la recuperación económica será más factible.

La posibilidad de que el crédito llegue finalmente a los clientes tradicionales del sector y con ello se reanime la economía es, sin embargo, bastante remota. Las cosas suelen suceder al revés: cuando la economía empieza a remontar, los agentes económicos empiezan a pedir crédito para reforzar su aparato productivo, para aumentar capacidad, para mejorar las líneas de producción. Una economía en recesión, como sucede ahora mismo en once de los Estados de la zona euro, no es intensiva en consumo de crédito y los que demandan crédito suelen hacerlo con la única finalidad de refinanciar deudas anteriores, para alargar plazos porque las amortizaciones en su planteamiento inicial no se pueden cumplir.

Hay también un problema de calidad en los prestatarios, ya que en una fase de recesión y de crisis económica, una parte de la demanda de crédito está protagonizada por empresas y particulares que carecen de la solvencia necesaria, lo que consiguen detectar, a veces, los bancos, aunque a veces ello no suceda. Por este motivo, la expansión del crédito es una ilusión, en los momentos actuales, que sólo alimentan los políticos pero que la realidad se afana en diagnosticar de forma negativa una y otra vez. El dinero que ha llegado a las manos de los banqueros ha servido, en estas dos subastas, para mejorar la financiación de los Estados, es decir, para comprar Deuda Pública, lo que ha producido un efecto positivo de bajada de tipos de interés y reducción de los diferenciales entre países. Es un buen comienzo para ir hacia la normalización del mercado, pero no es todavía la solución.