Fusiones bancarias, un mal sueño

Pasan los días y las horas y la manoseada reforma financiera sigue sin arrancar y sin que sus dos objetivos básicos (fusiones bancarias para redimensionar el sector y rearme del crédito) ofrezcan señales de avance. Es más, si algo hay ahora mismo sobre la mesa es el riesgo cierto de ruptura en algunas de las fusiones llevadas a cabo en la etapa anterior, en concreto la de Bankia y la de Banca Cívica, lo que se convertiría en un paso atrás que pondría en riesgo la imagen del sector en el ámbito internacional y el prestigio de quien ha alumbrado esta operación, Luis de Guindos. Para mayor abundamiento, quien debería estar en todos los guisos, el gobernador del Banco de España, Miguel Angel Fernández Ordóñez, ha quedado reducido a imagen presencial, ya que está al cabo de la calle, sin autoridad y preparando el discurso de despedida, que habrá de pronunciar en julio próximo.

Las razones del atasco en la reforma financiera son bastante bien conocidas, aunque la cantinela de los políticos sigue machacando insistentemente las declaraciones oficiales. Lo de las fusiones ya se vio en su momento que era un camino empedrado y de difícil tránsito, con demasiados riesgos y pocas ventajas para sus participantes, sobre todo desde que se dijo que todo el proceso de saneamiento del sector habría de hacerse sin contar con un solo euro público.

Los tres grandes (Santander, BBVA y La Caixa) le ven poco interés al asunto, en todo caso un interés muy marginal. Están ocupados en sus bazas internacionales, en donde las cosas les van bastante bien y constatan que todo lo que implique aumento de riesgo en el mercado español es un demérito. Si las cotizaciones de los grandes bancos españoles han aguantado razonablemente bien, cuando se comparan con las de los bancos domésticos de tamaño medio, ello se debe a que el mercado español representa ya un tercio o poco más de sus activos totales. Aumentar ese nivel de riesgo sólo puede traer problemas, con muy poco valor añadido.

Además, en los tiempos que corren, todo debe estar preparado para cumplir el junio próximo os requisitos de solvencia, que exigen reforzar el capital. Y la compra de otro banco, para llevar a cabo una fusión, exige aumentar el capital aún más. Queda el cuarto en discordia, al que nadie ve como comprador, Bankia, en donde una ruptura sólo cabe en un escenario catastrófico, que lógicamente el Gobierno impedirá, por mucho que se encuentren enfrentadas dos tribus de la misma familia, el PP valenciano y el madrileño, con el Gobierno jugando el papel de pacificador y en todo caso garante de la estabilidad para que las aguas no se desborden. La ruptura de Bankia sería un golpe a la reforma financiera de difícil recuperación.

La Caixa anda ahora enfrascada en dos posibles operaciones. Por un lado, la de Banca Cívica, una fusión en la que sus dos principales protagonistas, Caja Navarra y la sevillana Cajasol, han llegado prácticamente a las manos y se hablan lo justo. La fusión de Banca Cívica aún no se ha roto, pero todo parece indicar que su cohesión futura dependerá de que aparezca un socio capaz de imponerse sobre los dos grupos ahora enfrentados. La dificultad añadida de esta caja reside en la herencia de Cajasol, al parecer mucho más precaria de lo que había declarado la institución cuando se hizo el acuerdo de fusión y el reparto de papeles directivos. La Caixa ha recibido peticiones de auxilio, pero no parece estar por la labor. Han aparecido nuevas cifras inquietantes sobre sus necesidades de capital y saneamiento, en torno a los 2.000 millones de euros, palabras mayores para una entidad de su dimensión.

El objetivo más razonable de La Caixa sería Novagalicia Banco, pero los dos líderes del proyecto insisten en caminar solos sin que de momento ninguna autoridad competente haya manejado argumentos suficientes para cerrarles el paso. No se descarta que den una sorpresa, pero el asunto se presenta complicado.

Con este panorama, las fusiones posibles parecen centrarse solamente entre bancos y cajas de tamaño medio o pequeño. Y resulta difícil que, tras la compra de la CAM por el Sabadell, en la que nadie sabe cuánto dinero (público desde luego) se va a comprometer, queden todavía recursos para intentar otra operación parecida.