España pierde la batalla en los despachos

Tomando prestada la terminología futbolística, bien se podría decir que los bancos españoles o, si se prefiere, España) han perdido el partido en los despachos. No hay forma de entender cómo es posible que las autoridades bancarias europeas hayan equiparado a los cinco mayores bancos españoles con los bancos de Grecia, que es lo que finalmente se deduce del mensaje implícito que se deduce de las tablas en las que aparecen las necesidades de capital de los bancos de la Eurozona.

En conjunto, a los bancos de Grecia les faltan 30.000 millones, a pesar de estar hasta las cejas de deuda griega, que según la UE vale, como mucho, un 50% de su valor facial. Y a los españoles les falta, según estas estimaciones, poco más de 26.100, a pesar de financiar generosamente al país con menor nivel de deuda pública en relación al PIB de entre las grandes economías de la zona euro, España naturalmente. La deuda española ha sido depreciada en las carteras de los bancos en torno a un 3%, con la excusa de que ese es el descuento implìícito que dicta el mercado, como si el mercado fuera capaz de convertir en dogmas inmutables con el tiempo las valoraciones de los activos públicos de un país que tiene legítimas aspiraciones de volver a la senda de la ortodoxia presupuestaria y fiscal en un plazo razonable. No hay que olvidar que no hace aún muchos años, y desde luego con la Unión Monetaria en marcha, la denominada prima de riesgo (diferencia de tipos a largo entre Alemania y España) era negativa, es decir, los tipos alemanes a largo eran hasta 40 puntos básicos más altos que los españoles. Ahora las tornas han cambiado y el diferencial es de 315 puntos básicos (cierre de ayer jueves), lo que refleja indudablemente la situación actual, pero nadie podría decir que este es un estado con vocación duradera.

En suma, la vara de medir de las autoridades europeas parece seriamente averiada porque, en caso contrario, no se entendería cómo los bancos de Alemania y de Francia, financiadores masivos de Grecia (y también de España) han salido indemnes del análisis y fijación de carencias que han tomado finalmente como obligación financiera de futuro las autoridades comunitarias, a sabiendas de que esas cifras implican un nivel de exigencia muy considerable para quienes salen peor retratados. No se entiende bien, por ejemplo, cómo es posible que Deutsche Bank, banco principal de Alemania, al que la generalidad de los analistas le suponían con unos 11.000 a 12.000 millones de euros de capital adicional necesario, se ha librado de la quema y ha salido prácticamente sin exigencia alguna.

No hay que ser muy avispado para darse cuenta de que en esta fijación de carencias de capital, a los autores se les ha ido la mano y, por el contrario, se han quedado cortos, según el país de que se trate. Y España ha salido seriamente malparada, con una equiparación con Grecia que repugna a la inteligencia. ¿Habrán perdido el juicio los analistas de la EBA, organismo autor de estos desaguisados, en su enésimo desvarío? Los dos anteriores tienen apenas año y medio de vida y fueron los resultados de aquellos famosos test de estrés (en donde, por cierto, situaron a los dos grandes bancos españoles a la cabeza de la solvencia europea, de esto hace tan sólo cuatro meses) de los que todo el mundo reniega. Baste con recordar que en el primero pusieron de ejemplo a los bancos irlandeses, dos meses antes de su quiebra, y en el segundo a Dexia, el banco que ha sido intervenido por los Gobiernos de Francia y Bélgica hace un mes. Todo un alarde.

Queda una última valoración, la relacionada con el impacto que estas exigencias de capital pueda tener en la fluidez del crédito. Si los bancos van a tener que estar entretenidos, unos más que otros, en buscar capital para garantizar su propia solvencia, está claro que van a desatender en la misma o mayor medida a sus clientes de crédito. Ya han empezado a circular algunas cifras y se habla de que el 2% o incluso el 3% del crédito disponible en la zona euro se verá esterilizado por culpa de este acopio de capital. Lo malo es que una cuarta parte de este impacto nos afectará de lleno a los españoles y a los circuitos domésticos de financiación, lo que no es precisamente una buena ayuda para salir del bache económico.