Italia y España, los dos enfermos de Europa

En estos días previos a la cumbre comunitaria de Bruselas, los piropos y los reproches a España y a sus gobernantes han compuesto una curiosa mezcla que no se sabe muy bien si respondían a preparativos del terreno para redoblar las exigencias de más medidas de ajuste o si trataban de ponerle a Italia un ejemplo a seguir, incluso a sabiendas de que los elogios podrían ser merecidos sólo a medias. Lo cierto es que Italia y España han servido de comparación en estos últimos días, con un saldo que en principio ha sido poco favorable para los italianos y más comprensivo para la situación española.

Los dos países tienen, en cualquier caso, reconocido certificado de mala salud económica. Y las dos economías (dos de las cinco grandes europeas o dos de las cuatro grandes del euro, detrás de Alemania y Francia en el caso de la Unión Monetaria y también de Gran Bretaña en la Europa versión amplia) constituyen un serio motivo de preocupación para los líderes europeos, por mucho que en el caso español hayamos sido un alumno aventajado en los primeros años de la implantación del euro y hasta considerados autores de un “milagro” económico, calificativo que se labró con mérito no exento de heroísmo la Alemania de la segunda mitad de los años 40 del siglo pasado, tras el final de la II Guerra Mundial y durante la década de los años 50 y parte de los 60.

Aquello sí fue realmente un milagro económico, ante el que el español, todo hay que decirlo, palidece. Y no digamos el irlandés, el llamado “tigre celta”, por asimilación a los “tigres asiáticos” de la década pasada, un “milagro” que se ha diluido como un azucarillo o como un castillo de naipes cuando se ha destapado la endeblez de su sistema financiero, tras obtener notas brillantes – todo hay que decirlo – en el primer test de estrés bancario europeo hace dos años.

La tarea que tienen por delante Italia y España no es insignificante. Posiblemente la de Italia sea mayor, ya que es un país con ínfulas de pertenencia al G-7 pero que ha dejado atrás hace tiempo su notoriedad industrial y que cuenta con un sistema bancario que en estos últimos meses ha sido puesto en evidencia de forma asidua. La última, el caso del Monte dei Paschi di Siena, un banco que está atravesando una dura crisis, quizás muy parecida a la que algunos de los nuevos bancos españoles van a sufrir en los próximos ejercicios. El Monte italiano es propiedad mayoritaria de unas fundaciones cuya capacidad de repartir dádivas se ha visto muy seriamente mermada en los últimos meses, hasta en un 80%, lo que ha afectado seriamente a la zona de influencia de la entidad. Para más desgracia, el banco tiene el equivalente a unas cuatro veces su capital social invertido en deuda pública italiana. Este caso puede ser un anticipo, con los necesarios matices, de lo que algunos de los nuevos bancos españoles, salidos de antiguas cajas de ahorros y que cuentan en su accionariado con esas cajas como accionistas a la espera de seguir manteniendo su obra social, pueden experimentar en un inminente futuro.

Pero al margen de algunos problemas del sector financiero, Italia tiene por delante una dura tarea de corrección de sus anquilosadas estructuras que tanto están mermando su potencial económico y elevando el coste de funcionamiento de una economía en la que se han multiplicado las subvenciones y los subsidios. Bien mirado, el panorama español quizás no haya llegado tan lejos. No nos ha dado tiempo, aunque íbamos derechos a una institucionalización tan enfermiza de los vicios económicos menos recomendables. Pero si no hemos llegado tan lejos como Italia es porque la crisis ha llegado a tiempo para impedirlo.

Los ajustes que está haciendo Italia y que tiene por delante en los próximos meses, la mayoría de ellos exigidos por los socios mayores de la UE, posiblemente sean una guía útil para España porque algunos de esos caminos reformistas tendremos que recorrerlos antes o después. En todo caso, Italia cuenta con un modus vivendi económico y social muy diferente al español. Sus crisis económicas son indudablemente más llevaderas. Italia tiene una tasa de paro del orden del 9% de la población activa y apenas 2 millones de parados, lo que comparado con el 20% de tasa de paro y cerca de 5 millones de parados de España ofrece una idea bastante dramática de la principal de las diferencias económicas y sociales entre ambos países. Si ambos son los dos enfermos de la Unión Europea, el cuadro clínico ofrece diferencias que son bastante más que matices.