El cuento de la recapitalización bancaria

Los bancos, en especial los grandes bancos, están protagonizando la reacción de las Bolsas europeas. La banca francesa ha sido en estas últimas semanas la que con mayor frecuencia ha estado en el ojo del huracán, pesar de las maniobras diversivas de algunos ilustres funcionarios comunitarios del vecino país que se han empezado en poner el ventilador en marcha para ver si la ola de desconfianza se repartía más o menos equitativamente entre los colegas de toda la Eurozona. En parte lo han conseguido porque el cuento ese de la segunda recapitalización bancaria se ha convertido en tema de conversación.

La segunda recapitalización del sector, tras los más de 400.000 millones de euros de dinero público que se han puesto sobre la mesa en los meses anteriores, básicamente para enmendar errores de gestión de los gestores bancarios, tendría que ver con la necesidad de fortalecer los balances para que los problemas de la deuda soberana no se lleven por delante a ninguna institución. Si este es el verdadero problema, la solución parece cantada: no se trata de insuflar ahora dinero a la banca sino conseguir que los Estados paguen sus deudas a los bancos y no les lleven a la quiebra.

Ese es el auténtico problema con el que se está bregando ahora mismo en el sector bancario europeo, ya que las carteras de inversión de los bancos están repletas de bonos públicos, cuyo valor (el de unas procedencias más que otros, es decir, según el país del que se trate) ha decrecido debido a la falta de disciplina política en el seno de la Unión Europea para arreglar el descosido de Grecia y en roto de algunos otros países como Portugal, Irlanda, Italia o Bélgica. Todo aquel país que tiene una deuda por encima del 60% del PIB, el tope que consagró el Tratado de Maastricht, debe ser considerado como peligroso compañero de viaje. Estos cinco países no sólo están por encima del 60% sino que lo han traspasado con fuerza hace tiempo, son enfermos endémicos, sobre todo algunos de ellos, que superan el 100% del PIB en su endeudamiento y constituyen, por lo tanto, el verdadero peligro para la estabilidad de la Eurozona.

Enderezar sus finanzas públicas para evitar que dañen al sistema bancario es una tarea esencial de la Europa de estos próximos años. Los bancos tienen en la práctica la obligación real de financiar a los Estados, pero podría instrumentarse una norma de ámbito europeo que los bancos, sean de la nacionalidad que sean, se puedan negar a financiar a los Estados que vulneren de forma sistemática las reglas básicas de la estabilidad presupuestaria. Como eso no se ha implantado, nos encontramos con unos sistemas bancarios hasta las cejas con deuda pública de difícil salida. Como esa deuda se cotiza en los mercados, los bancos pueden verse obligados en determinadas situaciones, en momentos de crisis en los tipos de interés o inseguridad en los mercados, a poner en el balance de pérdidas y ganancias unas pérdidas que reflejen el deterioro del valor de los activos. Esta situación, que es de tipo general para toda la banca europea, se ha eludido gracias a artilugios contables que han dejado de valorar a precios de mercado los volúmenes de deuda de los balances, en el entendido, no siempre correcto, de que se trata de títulos a vencimiento y por lo tanto no se deben valorar cada día para hacer explícitas las pérdidas. Otra cosa es que algún Estado quiebre y entonces ni siquiera a vencimiento se resolvería el problema.

España ha traspasado ese umbral del 60% de deuda sobre PIB en los últimos meses (más o menos, la relación entre deuda acumulada y PIB viene aumentando a ritmo de un punto de PIB mensual, es decir, entre 10 ó 12 puntos de PIB cada año), tras unos cuantos años de conducta bastante virtuosa y que había sido tenida por ejemplar en el seno de la Eurozona. Ahora estamos fuera de esas esferas ortodoxas y el déficit y la deuda acumulada abruman a nuestras finanzas públicas, lo que no quiere decir que tengan que suponer una carga nefasta para los balances de los bancos que están financiando al Estado español, unos (mayoría) españoles, otros foráneos. La duda razonable de impago no es propia de la situación fiscal española sino que, en todo caso, alimenta la mala imagen de algunos de nuestros vecinos y de los bancos que les han financiado, en su mayoría franceses y alemanes, además de los italianos, por sus propias carencias. Que los bancos necesiten una segunda recapitalización para tapar estos agujeros estatales es, por lo tanto, un rodeo innecesario. No se trata de mala gestión de los gestores bancarios europeos. Se trata de mala gestión de los Gobiernos. No tiene sentido inyectar ahora dinero a los bancos para que soporten la quiebra de los Estados, sobre todo cuando el dinero para salvar a los bancos deben ponerlo precisamente…los Estados.