Desiguales en impuestos

Una de las propuestas más extendidas entre las muchas que se están barajando en Europa para la refundación de su andamiaje económico es la de unificar la estructura fiscal. Se justifica este hecho en la idea de que mejorarían las condiciones de competencia entre las economías, sin atajos de coste fiscal, y se podrían además afrontar las medidas económicas que deban adoptarse para regular la actividad desde una óptica más eficaz en lo colectivo.

La dispersión actual de impuestos entre los países europeos, que este lunes nos ha recordado un estudio de los consultores de Ernst & Young Abogados, sitúa a España por lo general con unos tipos de gravamen más altos en lo relativo a la imposición indirecta y más bajos en el caso de los tributos que gravan el consumo es decir, los impuestos indirectos. La comparación de España con la media europea y con la situación de los demás países pone de relieve que en los impuestos director estamos por delante (es decir, tanto IRPF como Impuesto de Sociedades) presentan en España tipos nominales más elevados que en la media europea y que en la mayoría de los países desarrollados, incluso de algunos de los que presumen, como justicia dicho sea de paso, de tener un excelente Estado de Bienestar, al que nosotros seguimos aspirando.

Los tributos indirectos, generalmente el IVA, son en España más bajos, a pesar de que han subido hace poco, un año atrás, pero estamos aún a dos o más puntos por debajo de los tipos medios. Luego hay impuestos peculiares, como el del Patrimonio, que tantos ríos de tinta ha hecho correr en las últimas semanas, y que en España es una auténtica excepción, ya que no existe prácticamente en ninguna otra parte. Más aún en el caso de otros tributos, como el de Sucesiones, que algunos países no han llegado ni siquiera a conocerlo.

En resumen escueto, los tipos nominales son en España más altos en los impuestos directos y más bajos en los indirectos, lo que encajaría bien con la lógica de un sistema fiscal tenido por progresista, ya que grava más comparativamente hablando la renta de los ricos y lo hace en menor medida con los impuestos comunes y no proporcionales a la renta, como son los indirectos, los que afectan a todo el mundo, ricos o pobres, y que se aplican a productos y servicios tan comunes como el pan, la comida en general, los desplazamientos, la lectura, el ocio, los bienes de consumo duradero que se han hecho imprescindibles en la vida cotidiana…

Estas comparaciones luego hay que corregirlas por numerosos conductos, ya que a la hora de la verdad hay toda una panoplia de exenciones, excepciones, desgravaciones, deducciones,… que convierten a los tipos nominales en una auténtica caricatura, de forma que al final lo que interesa y lo que de verdad retrata mejor la realidad es lo que ingresa Hacienda. Pero no es lo mismo que lo ingrese por una vía que por otra, ya que de ello se derivan tanto efectos sociales injustos como situaciones ineficaces, que acaban pasando factura al crecimiento de la economía y a la distribución de la renta a favor de sectores o actividades que no siempre son los más interesantes para la sociedad.

Los portavoces del PP han dicho, sin decir mucho más, que van a acometer una profunda reforma fiscal cuando lleguen al poder, si ganan claro está las elecciones del 20-N y cuentan con la mayoría suficiente para aplicar sus recetas, solos o en compañía de algún otro partido. Sería deseable que los impuestos no cambien con frecuencia porque ello aviva su debilidad recaudatoria, ya que la estructura fiscal debería ser lo más previsible posible para evitar que aparezcan situaciones de deslocalización económica o actitudes de inseguridad fiscal, que acaben acarreando mayores problemas. Una buena prueba de madurez sería aprobar un esquema fiscal algo más adaptado al de nuestros vecinos y que cuente con un amplio apoyo político interno.

No es la fase electoral la mejor plataforma para suscitar este debate, ya que como hemos visto cada uno se presenta con las propuestas más atractivas que sean capaces de encandilar mejor a sus adictos. Lo del Impuesto del Patrimonio ha sido uno de esos debates fracasados, inútiles y posiblemente innecesarios. Pero cuando las luces de la refriega electoral se apaguen y sea necesario de nuevo ponerse a gobernar el país en serio, no estaría de más que los grandes partidos se tomaran en serio la convergencia de sus políticas en esta materia, en la que estamos bastante desnortados y desconectados de la realidad, sobre todo de la que nos rodea.