Preparar el terreno al BCE

La semana entrante vuelve a poner a prueba los nervios de los inversores y de los profesionales de los mercados. También de los políticos, ya que si algo está quedando claro en esta crisis es que la capacidad política para tomar decisiones de ámbito global está bajo mínimos. La semana entrante es, además, la víspera de la siguiente, la primera semana de octubre, en la que el Banco Central Europeo (BCE) se reúne en sesión ordinaria, el día 6, para hacer algo más que mandar admoniciones y recados al mercado. O sea, se reúna para lo que se tiene que reunir un banco central en las grandes ocasiones: tomar la iniciativa del mercado y modular su política monetaria y fijar los tipos de interés, moviéndolos en la dirección adecuada.

Tal y como están las cosas, o como se ven en algunos momentos, el tiempo que media hasta el 6 de octubre puede ser una eternidad, excesivo, y no habría que descartar la adopción de decisiones de emergencia antes esa fecha para frenar la deriva hacia una crisis de mayor envergadura. De hecho, el viernes los mercados cerraron con la sensación, casi seguridad, de que el Banco Central Europeo iba a tomar cartas en el asunto con determinación y urgencia. Tras el relativo fiasco que ha proporcionado la última actuación de la Reserva Federal de Estados Unidos, adoptando una estrategia de bajada de tipos a largo plazo mediante un mecanismo de compra-venta de títulos en el mercado abierto, pero sin actuaciones precisas sobre la liquidez, ahora la esperanza aparece depositada en el BCE y en el banquero francés Trichet, en vísperas de su retirada por culminación de su mandato.

Esta semana pasada, el asunto que ha copado la mayor parte de las declaraciones públicas, y que más ha encrespado los ánimos de algunos sectores del mercado, es la cuestión bancaria, la famosa declaración del comisario francés Barnier, la señalización de siete bancos españoles (de bastante segundo nivel todos ellos, no sólo a escasa europea, sino muchos de ellos incluso a escala española) con teóricos problemas de insuficiencia de capital. La recomendación de recapitalizar estos bancos habría sido lanzada por algunas instancias europeas, pero el desmentido ha sido radical. El presidente Barroso ha mediado en la polémica y, en una especie de desmentido a Barnier, ha tratado de llevar la tranquilidad a los mercados, propósito en el que ha intervenido también el Banco de España.

Pero la semilla lanzada por Barnier no ha dejado de tener seguidores incluso en el propio Fondo Monetario Internacional (FMI), que diplomáticamente ha aconsejado a la banca española una auditoría externa e independiente. Sólo un ignorante como el autor de semejante propuesta puede ignorar que los bancos españoles son objeto de rigurosas auditorías, tanto privadas como públicas, que poco tienen que envidiar a la que realizan potros bancos internacionales. Para recordarlo baste mencionar los informes de los auditores de Lehman Brothers en vísperas de su quiebra. O los de la banca irlandesa con ocasión de los primeros test de estrés realizados en Europa hace más de un año, días antes de que estas entidades financieras declararan poco menos que su estado de ruina tras ser felicitadas por las autoridades bancarias europeas.

La autoridad del BCE y su clarividencia son en estos momentos más necesarios que nunca, primero poniendo un poco de orden en el sector bancario europeo y en la actitud de algunos estamentos hacia el sector. Luego en instrumentar una política monetaria más orientada que al actual a promover el crecimiento económico porque sin una economía en crecimiento no habrá forma de erradicar o al menos reducir los déficits públicos, verdadera lacra del momento. Los tipos de interés oficiales en Europa, hay que recordarlo, han sido elevados este año dos veces. Esta ya no es la tendencia que nos ayuda a salir de la crisis, sino la contraria. Y con urgencia.