Las incógnitas para el mundo económico

El adelanto electoral no ha causado grandes emociones en el mundo económico, pero al menos hay ya bastante gente que  tiene una ligera esperanza de que el rumbo de la conducción de la economía española va a cambiar. Que esperan que lo haga para mejor o para seguir igual o para empeorar, es lo que posiblemente vayan reflejando las próximas encuestas. No es descartable que el grado de aproximación de los resultados que se vayan dando a conocer a una mayoría absoluta, naturalmente del único partido del que  se espera un avance sustancial en las próximas generales, el PP, se convierta en un mayor grado de satisfacción. Es decir, cuanta mayor sea la expectativa de una mayoría absoluta, más  contenta va a estar la  gente en el mundo económico.

Ese colectivo que se puede conocer como la clase económica dirigente, en el que se pueden integrar también los expertos y los analistas que crean opinión, desea un Gobierno fuerte, un Gobierno que en lo económico tome medidas sin tener que mirar a cada paso a quien molesta.  Estamos saliendo – es de suponer y hasta de desear – de una etapa en la que el cambalache, el compromiso, la búsqueda de apoyos en los diversos ámbitos del arco parlamentario,  han estado dificultando una acción decidida  desde el Gobierno.

Una situación así era la derivada inevitable de un fraccionamiento excesivo de las capacidades de Gobierno, pero formaba también parte de la cultura dominante, cuyo rasgo principal es la consideración de los sindicatos como fuerza política inevitable, cuyos  puntos de vista bajo ningún concepto podrían soslayarse, incluso si ello dificulta remover algunos de los históricos obstáculos que dificultan en España la creación de empleo, en especial el de los que acceden por primera vez al mercado de trabajo. La clase económica dirigente tiene por lo general la firme convicción de que el escollo sindical es de vital importancia para medir las posibilidades de éxito de un programa económico fuerte. De ahí que se espere de los próximos gobernantes un pacto en toda regla que incorpore a los sindicatos a  un acuerdo modernizador de la economía o, de modo alternativo, un plan económico que sea capaz de dejar al margen las férreas reticencias del aparato sindical español. Difícil papeleta, vistas las experiencias recientes, que ni siquiera los correligionarios socialistas han podido superar. El único líder político de izquierdas que fue capaz de enfrentarse a los sindicatos fue Felipe González y el balance de aquella confrontación no parece haber dejado muchos motivos favorables a su repetición, aunque  la fuerza de los sindicatos hoy parece distar mucho de la que eran capaces de esgrimir en la España de la Transición.

Una de las motivaciones que han acelerado la decisión de Zapatero de fijar una fecha para la contiende electoral ha sido posiblemente  su constatación de que los próximos Presupuestos debían ser creíbles al máximo y para ello deberían contar con un apoyo político firme y mayoritario, apoyo del que carecía o del que podía disponer a costa de realizar concesiones muy difíciles de asumir en beneficio de grupos políticos minoritarios, lo que en el caso de España  suele querer decir apoyos de partidos  nacionalistas.

Por lo tanto, la probabilidad de un Gobierno que no esté sometido a componendas políticas que coarten su libertad de acción y la toma de decisiones será altamente valorada por los mercados. Esa perspectiva debería ir  configurándose poco a poco, en la medida en que las encuestas ofrezcan resultados cada vez más creíbles. Sin esta certeza de Gobierno fuerte y capaz de decidir (que en estos tres últimos años bien podría haberse llevado a la práctica si los dos grandes partidos hubieran pactado un programa común contra la crisis), las dudas van a seguir configurando el pulso de los mercados, lo que significa altos costes de emisión para la deuda pública y dificultades adicionales para ajustar las cuentas del Estado a la necesidad de buscar ese equilibrio que se exige a la economía en el medio plazo.

Difícil papeleta, en suma,  la que afronta España en los próximos meses, entre otras cosas porque el abanico de incertidumbres no se ha cerrado con el anuncio de las próximas elecciones sino que se ha abierto un poco más. Claro que ahora existe una posibilidad de solución a la vista si suceden las cosas como sería deseable que sucedieran. En estas condiciones, la economía, de momento, tendrá que  esperar al menos otros cinco o seis meses, hasta que se celebren las elecciones, gane un partido político con mayoría suficiente para gobernar y anuncie un plan que inspire confianza.  El camino resta aún largo.