La enfermedad griega y Bruselas

El plan de ajuste que acaba de aprobar, en una primera lectura, el Parlamento griego, parece haber devuelto de forma momentánea la calma a los mercados bursátiles y de deuda. Quizás se trate de una calma pasajera ya que los problemas de fondo a los que hace frente la Unión Europea y el euro están bastante más extendidos y afectan a otros muchos países. Grecia, de momento, ha demostrado algo bastante preocupante para la Unión, que un pequeño y casi insignificante (en lo económico) país miembro pueda poner contra las cuerdas a todas una organización de Estados llamados a disputar el liderazgo económico mundial, ante China y Estados Unidos.

No es fácil llegar a la conclusión de que un país que apenas representa poco más del 1% del PIB de la Unión Europea pueda poner en jaque, de forma tan dramática, a la Unión. Las necesidades de refinanciación de Grecia en los próximos tres años ascienden a unos 85.000 millones de euros, cifra que ha circulado estos días en medios bancarios, de los cuales unos 25.000 millones de euros están en manos del Banco Central Europeo. Países como Alemania o Francia concentran cifras de 20.000 y 15.000 millones de euros en sus bancos privados.

No son cuantías que debieran dejar de preocupar, pero desde luego el proyecto europeo no puede descarrilar, incluso en la hipótesis más salvaje de todas las posibles, es decir, que el volumen de deuda que vence en los próximos tres años tenga que ser destinada a quebrantos en su totalidad. Con la crisis griega lo que ha quedado claro sobre todo, más que el volumen del quebranto y la identidad de quien lo paga, es la autonomía de que dispone un país de la zona euro para cometer semejante atropello e irresponsabilidad en su conducta fiscal y presupuestaria. ¿De qué han servido las instituciones comunitarias de Bruselas?

No hay que esperar milagros de la política de ajuste en Grecia, ya que todos los aumentos de impuestos previstos y algunos recortes de gastos tendrán una eficacia más que dudosa. No por subir los impuestos se recauda más, axioma bien conocido en el mundo fiscal. Sobre todo en un país acostumbrado a pagar poco al estado y en el que de repente su elevan los tributos de forma inmoderada, posiblemente con la única esperanza de que cuadren las cuentas de ingresos y gastos. Lo que la realidad oculta en muchas de estas operaciones de puro maquillaje es bastante más cruel, ya que con estas medidas radicales y súbitas suele aumentar en muchos casos la economía sumergida y el fraude fiscal en todas sus manifestaciones. La eficacia final de planes de ajuste como el que está discutiendo y tratando de aprobar primero y de aplicar después Grecia es más que discutible. A la vuelta de dos o tres años corremos los europeos el riesgo de afrontar un problema de similares características, a no ser que algún otro país comunitario entre en situación similar, lo que multiplicaría los problemas.

La experiencia de Grecia, partiendo de la base de que el problema supera al propio Estado, parece exigir un refuerzo urgente y drástico de la capacidad ejecutiva de las instituciones comunes de la Unión. Los países solos no pueden adoptar decisiones que comprometan la seguridad, el bienestar y el equilibrio del conjunto. Las grandes decisiones, empezando por las de tipo presupuestario, deben estar sometidas a una disciplina mucho más estricta y con capacidad correctora desde la cúpula comunitaria. La forma en la que principales países de la UE se han deslizado en estos tres años de crisis (entre 2008 y 2010) por la pendiente de la irresponsabilidad fiscal y presupuestaria tiene que ser una amarga lección para los dirigentes de la UE. Menos mal que el problema principal esta vez era el de Grecia. De haber sido otro, resulta difícil imaginar el desenlace.