El AVE de Cuenca y otras dos

En España parece que estamos, de un tiempo a esta parte, en fase de defunciones. Al menos tres grandes obras faraónicas, en las que se les fue la mano a sus creadores, que naturalmente no pusieron un duro de su bolsillo y sí muchos millones de euros propiedad de los españoles, han dado que hablar estos días, y más que darán en el futuro, en este caso para mal. Alguna de ellas ha merecido además amplios espacios en la prensa internacional de estos días. El Herald Tribune, por ejemplo, dedicó el sábado un extenso trabajo a mejorar nuestra imagen de país riguroso, solvente y con dirigentes de mano diestra a la hora de programar inversiones de futuro contando la historia del aeropuerto de Castellón, obra por la que dice el diario que no ha desfilado aún avión alguno. Cita el periódico el caso ya más conocido del aeropuerto de Ciudad Real, cuna, entre otras cosas, de los quebrantos financieros de la Caja de Ahorros de Castilla la Mancha, la famosa CCM, hoy en fase de digestión aguda por liquidación.

Este tipo de grandes obras, de las que posiblemente no estemos viendo más que el principio del repertorio, parecen la inequívoca compañía de un estado de cosas en el que la economía crecía de forma desmesurada y los políticos (de todos los colores, todo hay que decirlo) tiraban de chequera como si el abundante maná de la prosperidad sobrevenida no nos obligara a un cierto rigor en las inversiones y en el control del gasto público, en el que somos uno de los desgraciados ejemplos inversos que hoy sirven de muestrario por Europa.

La última en llegar al salón de los despropósitos ha sido el AVE que unía Toledo con Cuenca y con Albacete, obra fastuosa de la que se decían maravillas en fecha no tan lejana como el mes de diciembre del año 2010, o sea, como quien dice, ayer mismo, ya bien entrada la crisis. La broma ha costado 3.500 millones de euros, que no es poco dinero y que bastante bien nos irían para otros menesteres. Con ocasión de su puesta en marcha, hace como digo apenas seis meses, España se colocó a sí misma en el pedestal de los países europeos con mayor número de kilómetros de AVE en servicio. Mérito prematuramente aireado. Un pedestal del que nos hemos caído de súbito. El baño de realismo al ferrocarril que une la capital de Castilla La Mancha con las dos ciudades manchegas citadas no ha durado ni seis meses. Fue inaugurada en diciembre del año 2010 y estos días está a punto de echar el cierre, tras haber exigido inversiones muy cuantiosas. Se podrá uno preguntar cómo una obra de infraestructura que ha exigido miles de millones de euros en su construcción puede quedar clausurada en apenas seis meses.

La explicación no tarda en llegar cuanto se oyen los lamentos del operador, la compañía naturalmente pública Renfe, que no ha cubierto ni el 5% de sus objetivos de tráfico, ya que en uno de los ramales se movían cada día una media de 9 pasajeros y en el otro solamente 7 señoras/es al día. Parece un chiste, pero son datos de Renfe, que por algo los ha divulgado, porque el negocio era ruinoso y quiere evitar que se le echen encima los alcaldes que tan duramente bregaron en su día para comprometer dinero público en una obra que acudieron raudos a inaugurar con el consiguiente álbum de fotos.

¿Cómo se puede poner en marcha un servicio de transporte, que ha exigido inversiones en infraestructura tan elevadas, además de las correspondientes a maquinaria de tracción y coches para los ilustres y minoritarios pasajeros, sin haber hecho antes un estudio de viabilidad? No debe ser tan difícil indagar por el verdadero volumen diario de viajeros entre Toledo y Albacete ni entre la capital y Cuenca. Sería interesante conocer los resultados de esos estudios de viabilidad porque puede que incluso existan y entonces pasarían a engrosar la historia de los estudios de viabilidad firmados por alcaldes de la zona, que dicho sea de paso no parecen los mejores integrantes de un tribunal de méritos para decidir sobre obras en su territorio. Ya se sabe el dinero que generan estas operaciones, en expropiaciones de terrenos sobre todo. No digamos si, además, un estudio minucioso y riguroso de los trazados de estas infraestructuras daría fe de los numerosos e inexplicables rodeos que realizan algunas carreteras o vías de ferrocarril para pasar por donde no debían o para irrumpir en donde el sentido común no las habría invitado en ningún caso.