El Fondo censura al Gobierno

Después de más de un año de reformas, los expertos del Fondo Monetario Internacional (FMI) que han visitado España en las últimas fechas, y que acaban de entregar su informe sobre lo que han visto o creído ver, no le han dado un aprobado al Gobierno. Lo hecho en las reformas está bien e incluso es destacable la determinación política. Bien es verdad que, como los autores de las medidas nunca han creído en ese tipo de medicinas y recetas de corte liberal, han carecido de la convicción suficiente para convencer a la sociedad de que eran necesarias. Con ello han conseguido dos efectos poco deseables: tener a mucha gente en contra porque políticamente el cambio de rumbo adoptado a mediados de mayo del año pasado no estaba dirigido en la dirección políticamente correcta para un partido que sigue considerándose socialdemócrata y, en segundo término, hacer las cosas a medias, lo que ha restado bastante eficacia a las medidas adoptadas, algunas de las cuales incluso no han llegado ni siquiera a entrar en vigor.

Ha faltado, en suma, una buena dosis de pedagogía. Hay una cierta mala conciencia como de haber hecho algo vergonzante, que algún día echarán en falta los españoles a los gobernantes del momento. Algo que se ha hecho porque era necesario para obtener el certificado de buena conducta en la Europa liberal y capitalista, pero con lo que no estamos de acuerdo. Conviene no olvidar el hecho de que Europa es hoy un islote, políticamente hablando, de partidos conservadores gestionando una crisis económica de dimensiones históricas, que ha sobrevenido cuando la mayor parte de estos partidos ya estaban en el poder. Sólo un pequeño grupo de Gobiernos (el griego, el portugués y el español) profesan la fe socialista, que no parece haber sido la más apropiada para sacar a una economía de corte capitalista, aunque con numerosas incrustaciones socialdemócratas, del marasmo.

Estos tres Gobiernos no han hecho los papeles de forma brillante y han sido claramente los más retrasados a la hora de solventar los problemas económicos sobrevenidos. La penitencia les llevará a la oposición, como ya ha sucedido en Portugal y quizás también en España, en donde el retroceso socialista en los niveles de Gobierno que han validado su nueva creencia en las urnas ha sido histórico. La sociedad le ha dicho ya claramente al partido gobernante en España que su gestión de la crisis ha sido calamitosa y espera a decírselo también a escala nacional, en las próximas legislativas. Este Gobierno, en suma, no ha sabido explicar ni lo que pasaba ni lo que había que hacer, de modo que nos lo han acabado imponiendo.

Y, sobre todo, ha faltado un plus de audacia para hacer reformas de verdad y no con retoques a medias, que han terminado por imponerse porque este Gobierno, y Zapatero en particular, carecen de la audacia para enfrentarse a los líderes sindicales, que siguen atrincherados en una cultura sindicalista que poco favorece la creación de empleo en España y el crecimiento de nuestra economía en un entorno muy diferente al que ha estado vigente durante los largos años del intervencionismo y de la autarquía. Hay que recordar que el pacto tácito que ha estado vigente en España desde la época del franquismo, consistió siempre en aportar seguridad a los trabajadores a cambio de baja conflictividad. Ese pacto se instrumentaba mediante una metodología que ha pasado ya a mejor vida porque la nueva economía global exige otro tipo de relaciones sociales en el entramado empresarial.

El propio Fondo echa en falta ese espíritu de cambio audaz cuando dice que se necesita un poco más de “valentía” para afrontar la más necesaria, la madre de todas las reformas, la que esperan varios millones de parados, sobre todo jóvenes. Es decir, la reforma laboral en el sentido más amplio, y por supuesto flexible, de la palabra.

La nota que nos asigna el FMI es, en suma, moderadamente mala. Si fuera homologable en términos de calificación de las agencias de rating, es muy probable que nos recortarían al menos dos escalones respecto al nivel que tenemos en la actualidad, dictado por esas mismas agencias. Además, el nivel de exigencia de los organismos internacionales y de la Unión Europea es mayor en la medida en que no se fija sólo en los resultados sino en el carácter homologable de las políticas que se aplican y en el establecimiento de unos objetivos que hay que alcanzar pero que, además, deben ser creíbles de antemano. El diagnóstico del FMI no ha hecho a la postre más que meterle al Gobierno una cierta prisa en la ejecución de una serie de reformas que ya se conocían y que es preciso aplicar en toda su extensión, so pena de dejar el trabajo a medio hacer, con lo que ello supone de alargamiento de la crisis. El tiempo que el país dedique a salir del túnel no es cuestión irrelevante: cada día que pasa, aumenta la factura.