El test de Bankia

La decisión de Bankia de salir a Bolsa, la decisión definitiva se entiende, la decisión sin marcha atrás, será el gran test de la economía española en las próximas semanas. Y más aún, el resultado de la operación será todo un termómetro para el sector financiero español, a pesar de que Bankia no sea una entidad de primera fila en el sector.  No obstante, el éxito de esta operación ha sido calificado por muchos como una cuestión exigible si no queremos despedirnos de la imagen medianamente aceptable que todavía tiene España en los mercados. Si la operación se cancela e incluso si fracasa, la imagen del país  puede quedar seriamente dañada, con  lo que ello implica para el coste de la deuda pública, tanto la contratada en los mercados exteriores (que no sólo sería más cara, sino además más escasa) y las posibilidades de obtención de crédito por parte de otras entidades financieras y de las empresas españolas en general sufrirían un varapalo de difícil medición. No es menos cierto que hay muchos expertos apoyando la salida, y apoyándola ahora, pero se mantiene la presunción de alto riesgo para la operación.

Hay muchas fuerzas empujando a favor de que la salida a Bolsa se realice por encima de  las diversas recomendaciones de quienes  piensan lo contrario. Hay, además, un margen muy escaso de tiempo para lograr que las cosas que se deberían hacer para mejorar las posibilidades de éxito se aplicaran. Por desgracia, los pasos que se han dado en las últimas semanas (al margen del dinero público que se ha instrumentado para enderezar un poco el balance)  no siempre han ido en la buena dirección. Hace uno o dos meses, el de Bankia no era un caso perdido. Quizás tampoco lo sea ahora, pero se han perdido algunas oportunidades de mejorar su condición en el punto de salida.

Un primer asunto que no se ha gestionado con la suficiente habilidad ha sido el del equipo directivo. Ni al nivel del Consejo de Administración ni del equipo directivo en conjunto, Bankia cuenta en estos momentos con razones decisivas para  merecer la confianza de los mercados y mucho menos para confiar en que las cifras apuntadas como objetivo de la entidad a corto y medio plazo puedan alcanzarse.

La calidad y capacidad profesional del equipo directivo y la independencia y prestigio de los integrantes del primer Consejo de Administración del grupo financiero es algo que los inversores de cualquier latitud han estado mirando con especial cuidado, sin que sus  aspiraciones se hayan visto colmadas por el éxito. Muchos tienen todavía hoy la impresión de que los autores de la actual Bankia, es decir, de las siete cajas que integran esta fusión, no han demostrado su condición de buenos gestores y no hay por ello muchas razones para esperar que lo sean en el futuro por el mero hecho de estar cotizando en la Bolsa.

En la práctica, la entidad solamente ha realizado una contratación sonada de un profesional de  prestigio en el sector, Francisco Verdú, procedente de  Banca March, en donde acreditó una altísima capacidad profesional hasta el punto de colocar a este banco en la primera posición en el último test de estrés de las instituciones financieras españolas hace menos de un año. Banca March aparecía en los resultados finales de aquel análisis como la institución financiera más capitalizada (un 19% de recursos propios, el triple que la mayoría de las cajas de ahorros, incluida Caja Madrid, y el doble que los grandes bancos y cajas que mejor salieron en la foto del pasado año). ¿Será suficiente la contratación de última hora de Verdú para enderezar el desbarajuste de la entidad? ¿Le habrán dado poderes suficientes  como para que pueda realizar su tarea, con un equipo que no es el suyo y con unas limitaciones bastante serias a la hora de la toma de decisiones? ¿Le creerán los inversores potenciales capaz de llevar a la nueva entidad por el rumbo del saneamiento primero y de la rentabilidad después?

Conviene  recordar que Bankia ha ido dejando por el camino en las últimas semanas algunas promesas y objetivos de los que tendrá que responder, como por ejemplo el pago de un 50% de su beneficio en dividendos para dar una rentabilidad no alejada del 7%. Son palabras mayores. Desde luego, de las cifras aportadas hasta ahora, con cuentagotas, no se puede deducir que la entidad se encuentre en condiciones de hacer frente a estos compromisos antes de unos cuantos años, dependiente del grado de deterioro que aún es de esperar que  se descuelgue en el negocio hipotecario de la entidad, una de las más activas en conceder  alegremente créditos a clientes para la compra de pisos en la época en la que ya no se miraba apenas la solvencia del deudor. Tampoco ha quedado muy clara la calidad del balance, del que se han evaporado algunas participaciones empresariales importantes que podrían reforzar el valor de la entidad.

Lejos está de haberse disipado, ya que ni siquiera se ha intentado, la sospecha de influencia política en el banco y el papel eventualmente decisorio que puedan tener los representantes de la Autonomía madrileña y de los partidos políticos  en la toma de decisiones de la entidad en los grandes temas. La caja permanece secuestrada en la toma de decisiones clave por algunas de las fuerzas políticas dominantes y por los equilibrios entre ellas que caracterizaron la etapa presidencial de Miguel Blesa. Nadie ha dicho que estos ya no esté vigente y desde luego los inversores necesitarían saberlo para establecer nítidamente la frontera entre una entidad que funciona con criterios profesionales y de mercado y otra que vive bajo la tutela de instituciones políticas.

Al final, hay una variable que determinará en buena medida el éxito o el fracaso, en todo caso matizado, de la operación: el descuento al que se coloquen las acciones, es decir, el valor que el mercado le concede al capital social del grupo en relación con su valor teórico. Parece que el descuento superará el 30% al que aspiraban  los promotores y rectores de la entidad. Un descuento superior al 30% es posiblemente el ecuador a partir del cual se  podría medir el éxito o el fracaso de la operación. Y, a partir de ahí, sólo queda esperar que los daños colaterales sean cuantiosos.