Salgado se cabrea

Quizás sean cuestiones más anecdóticas que reales. O quizás no, porque el momento político y económico español y europeo está ofreciendo señales palpables de desorden. Por decirlo con palabras suaves, de descomposición, para expresarlo de forma un poco más severa. Quizás de inminencia de cambio de ciclo y de crisis más profunda de la que hasta ahora estábamos padeciendo. No es normal que un presidente del Gobierno, en este casi Rodríguez Zapatero, tenga que salir a la palestra para desmentir sin matices a un ministro de su gabinete, un recién llegado, el de Trabajo, quien un día antes se había lanzado por la pendiente de la demagogia para afirmar que los culpables del paro en España son los bancos. Vaya ocurrencia. Hasta ahora ni los líderes sindicales se habían atrevido a tanto.

Y la vicepresidenta Elena Salgado, siempre comedida y con argumentos templados y casi siempre sensatos, con el rigor que la caracteriza por tratarse de una de las personas más ilustradas de este Gabinete, se ha liado a mandobles (según una de las versiones de la RAE “amonestación o reprensión áspera”, algo más suave que otra de ellas, “bofetada”) a diestro y siniestro para defender sus ideas, en un gesto que, todo hay que decirlo, la honra, por ser tan poco frecuente en este Gobierno de talantes engañosos y medias verdades, cuando no mentiras al completo.

Salgado ha dicho dos cosas, una dirigida a los jefes de Bruselas, que no habrá más subida del IVA, recomendación reciente de la Comisión en un reciente informe que los sabios de Bruselas se han ocupado en rectificar y corregir para satisfacer a España. La otra, al máximo responsable del Banco de España, Fernández Ordóñez, al que le ha espetado lo mismo, es decir, que la consolidación fiscal se está haciendo mediante recortes en los gastos y no mediante el apoyo de una subida del IVA, que Salgado considera, quizás con muy buen sentido, que no haría sino agravar la atonía del consumo y por lo tanto la parálisis de la economía. Estos dos regates de la vicepresidenta son de un nivel que suele reservarse para sí, en ocasiones esporádicas, el presidente del Gobierno. El hecho de que lo haya hecho la vicepresidenta tiene su mérito aunque posiblemente también ello tenga una lectura menos positiva, en la medida en que pone de relieve que el Gobierno se encuentra en estado de desbandada final y que cada uno campa por su territorio como le viene en gana.

Lo del ministro-sindicalista ha requerido, no obstante, la doble intervención de Zapatero y de la propia Salgado, que también ha entrado a este trapo. Los argumentos de Zapatero no han sido, con todo, muy brillantes. Tampoco podían serlo. Ha venido a decir el presidente que a los bancos no se les puede reprochar nada porque están llenando de dinero las arcas del Estado, no sólo con los miles de millones que pagan por el dinero en forma de avales que les presta el Estado sino por su importante aportación al Impuesto de Sociedades, gracias a los beneficios que obtienen, sobre todo los dos grandes, fuera de España.

No se ha debido atrever Zapatero, sin embargo, a recordar aquellas dos maratonianas reuniones en Moncloa, en las que en plena de crisis reunión a los grandes banqueros y cajeros para pedirles encarecidamente que dieran crédito a quienes lo pedían, en aquella época básicamente los constructores y promotores, ese tipo de créditos que, según el compañero de Trabajo, ha degenerado en la crisis de la construcción que luego ha creado tanto paro en España. ¿En qué quedamos? El colmo de las fantasías económicas de este Gobierno es cuando se escucha a algunos de sus portavoces criticar a la banca porque no da créditos. ¿No quedamos en que los créditos dados en abundancia habían sido – según Gómez – los causantes de nuestras desventuras?