La España sin contabilidad y sin reformas

Da la impresión de que la acción de los mercados nos está devolviendo a la zona de riesgo de la Unión Europea, la que al día de hoy integran los tres países comunitarios que han sido objeto de intervención, Irlanda, Grecia y Portugal. Se han repetido hasta la saciedad las argumentaciones según las cuales hay escasas similitudes entre España y estas tres economías y ello ha sido asumido por casi todo el mundo como válido, incluso por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), en plena etapa de análisis de la economía española. Pero el termómetro que constata nuestra posición en el tablero de la credibilidad internacional, la prima de riesgo, insiste en colocarnos más cerca que lejos del trío de países con problemas estructurales serios. La prima de riesgo, o diferencia de tipos de interés a largo plazo entre Alemania y España, se ha situado este lunes cerca de los 2,60 puntos, zona de máximos históricos desde nuestro ingreso en la Unión Monetaria.

Quizás todo ello se deba a dos de las circunstancias en las que este país se ha visto envuelto en las últimas semanas. Por un lado, las alertas lanzadas por algunos medios internacionales, y amplificadas en el interior por algunos políticos y por expertos, sobre el elevado endeudamiento del sector local y autonómico español, al que algunos diarios de amplia difusión han dado además bastante predicamento estos días ya que en su contribución al esclarecimiento de la situación, se han sumado a quienes indagan en las procelosas finanzas de las administraciones periféricas, es decir, ayuntamientos y comunidades autónomas.

No pasa día sin que aparezcan nuevas evidencias del despropósito en el que se mueven las finanzas de la España descentralizada, convertida en un auténtico caos y abrumada por un peso de complejas estructuras sobrevenidas al calor de la abundancia de los años en los que el ladrillo suministraba dinero de forma inagotable. No se sabe muy bien a qué tipo de necesidades subvenía tal abundancia de recursos ni a qué fines se dedicaba el dinero, pero en la actualidad estas ingenierías financieras, que han sido capaces de crear en toda España un andamiaje paralelo de empresas públicas con vida propia opaca y al margen de las instituciones representativas, constituyen un verdadero problema, de dimensiones desconocidas. Si este estado de cosas preocupa a los españoles, ¿qué no sucederá con los expertos internacionales que valoran cada día nuestra situación económica y que han visto crecer la desconfianza a pasos agigantados en las últimas semanas?

El otro asunto que tiene perplejos a muchos analistas internacionales es el incierto rumbo de las reformas prometidas y, en particular, la laboral. Su trayectoria está siendo un auténtico ejercicio de inseguridad y rectificación continuada, una especie de tira y afloja entre Zapatero, los sindicatos, la patronal, el titular de Trabajo y el qué dirán. Entre tanta duda y rectificación, cambios de rumbo constantes y diálogo de sordos sólo roto a través de filtraciones a los periódicos con destino, no a los electores sino a la contraparte, la reforma laboral no hay quien la entienda. Y, naturalmente, lo más fácil de entender es que no hay reforma que valga. Estamos como estábamos hace dos o tres años, pero con cerca de 5 millones de parados, un Gobierno que no gobierna, una economía paralizada y todo el mundo mirando, a punto de perder la paciencia. Esa paciencia que cada día que pesa cuesta un dinero, el que hay que pagar por tener una prima de riesgo cada día más alta. Esta semana nos vamos a enterar. El Tesoro saldrá al mercado hasta en cuatro ocasiones, dos este martes, otras dos el jueves. La subida de los costes de emisión podrá aportar una idea cuantificada de lo que nos está costando el desvarío, aunque ese será sólo una parte del coste, la más visible. Otras serán por desgracia menos visibles.