Un pacto que no era posible ni quizás útil

No hay pacto entre patronal y sindicatos. La noche electoral, con el abrumador triunfo de los conservadores, no es en absoluto ajena a este desenlace. Desde la aparición en escena de Joan Rosell, el nuevo líder de la patronal, persona decididamente partidaria de un pacto aunque conservara algunas limitaciones del viejo aparato legal, aún vigente, las tensiones internas en la CEOE han sido patentes. El ala más conservadora no está dispuesta a hacer concesiones para prolongar un estado de cosas que parece poco favorable al desempeño de una economía dinámica.

La derrota socialista, el partido afín a los sindicatos, ha terminado por desarbolar al voluntarioso y pactista Rosell, para quien este contratiempo quizás no sea una gran derrota, pero sí un serio condicionante en su intento de hacerse con los mandos de la patronal. Rosell no manda en la CEOE. El fracaso de la negociación con los sindicatos puede ser una muestra de ello, no tanto como para forzar su prematura salida pero sí lo suficiente como para condicionar los cambios que pretende llevar a cabo en la patronal, en donde tendrá que ir con pies de plomo. Rosell ha estado a punto de firmar hace dos semanas un acuerdo que habría sido interpretado de forma muy negativa en medios empresariales. Las presiones internas en sentido contrario a aquel pacto nunca firmado y la posterior victoria del PP en las recientes elecciones han echado por tierra toda posibilidad de pacto.

Para la negociación colectiva quizás no se trate de una tragedia. El fracaso de las conversaciones significa que el Gobierno pasa a tener la patata caliente en su mesa. No está el Gobierno actual muy sobrado de autoridad para sacar adelante una reforma laboral que le enajene la simpatía de los empresarios. Con cerca de 5 millones de parados de testigos mudos de este fracaso negociador, el Gobierno necesita, sobre todo si quiere protagonizar una recuperación veloz (sello Rubalcaba) de sus expectativas electorales, impulsar la creación de empleo y favoreces la creatividad empresarial y la iniciativa de los emprendedores.

Los sindicatos – identidad ideológica aparte – le ofrecen poca cosa al Gobierno, desde luego nada que tenga que ver con la creación de empleo, que es lo que apremiantemente necesitan la economía y la sociedad españolas. Los sindicatos siguen encastillados en su modus vivendi tradicional: desmontar todo el esquema de la negociación colectiva en cascada, cerrando el paso a la individualización de los convenios (cada empresa, un mundo) supondría su muerte a plazo. La primacía de los convenios sectoriales o provinciales o de ámbito supra-empresarial es quizás la llave maestra del poder sindical en España, una herencia, pesada y poco realista, del pasado. La economía global es competitiva, sitúa en cada empresa el ámbito principal de las decisiones económicas. Y esa batalla, hacer de la empresa un protagonista esencial y preferente, de las relaciones laborales, ajustando a sus particulares necesidades los pactos que puedan establecer libremente empresarios y trabajadores, al margen de los dictados de referencias sectoriales o provinciales o autonómicas, es la que se ha estado librando en estas largas sesiones que no podrían ser llamadas con propiedad negociaciones.

Los sindicatos han estado defendiendo su supervivencia como organizaciones centralizadas y burocráticas. Los empresarios pretenden desmontar este esquema, que es el principal responsable (o uno de los mayores) de habernos llevado a tasas de paro insoportables por tercera vez en nuestra historia reciente, esta vez, en el umbral de los 5 millones de parados, el mayor disparate histórico, cuando en el resto de Europa ya se está creando empleo hace meses y las tasas de paro son la mitad o menos que en España. Puede parecer una batalla de buenos y malos, lo que constituiría una simplificación no ajustada a la realidad. Pero los sindicatos no han sido capaces de apostar por un tiempo nuevo y el fracaso constata esta realidad. Ahora queda por ver por dónde saldrán el titular de Trabajo (que asegura tener un “plan B”) y el Gobierno, versión Rubalcaba o versión Zapatero.