España, un país en deuda

La Deuda Pública española ha vuelto a crecer el pasado año. Los españoles tenemos una deuda, como Estado, de 526.144 millones de euros, cifra de cierre del año 2010, como acaba de corroborar el Tesoro Público, una cifra que se compara con un PIB (Producto Interior Bruto) de 1.364.500 millones de dólares (versión Fondo Monetario, expresado en poder de compra), es decir, unos 970.000 millones de euros, o sea, el 54,3% del PIB. No se puede decir, a primera vista, que España sea un país de elevada deuda, aunque haya aumentado de forma considerable en los últimos dos años. Un crecimiento que el pasado ejercicio aminoró el ritmo de forma sensible.

Pero la deuda del país es algo más que la del Estado: están las deudas que tienen contraídas, tanto con el ahorro nacional, las Autonomías y otros entes públicos, las empresas, los hogares y desde luego la banca, que ha estado muy activa en emitir deuda durante los últimos años debido a la explosión de sus balances y al crecimiento relativamente lento de los depósitos de los clientes. De todos estos grandes renglones de deuda, la de las empresas es la de mayor cuantía, ya que viene a representar el 140% del PIB, mientras la deuda de los hogares es de casi un 90% del PIB y la de la banca ha superado últimamente, tras un crecimiento apreciable, el 80%. En conjunto, la deuda de todos los agentes de la economía española debe estar en el equivalente al 400% del PIB, un porcentaje realmente elevado, que nos sitúa como uno de los países más endeudados del mundo, a pesar de tener un Estado con una deuda que, en condiciones normales, debería considerarse razonable por tratarse del endeudamiento que tiene un país después de tres años de crisis económica, en el curso de los cuales el Estado ha tenido que suplir muchas carencias de la sociedad y afrontar muchos agujeros de otros agentes de la economía.

El problema del endeudamiento español se sitúa, por lo tanto, más en las empresas (que han desarrollado una agresiva política de expansión en los últimos años) y en las familias (que se han atiborrado de hipotecas para adquirir activos inmobiliarios, ahora depreciados) que en el Estado, Autonomías aparte. La banca se ha unido a este grupo de agentes económicos altamente endeudados para poder satisfacer la apetencia de financiación de empresas y familias. No hay que ser un adivino para llegar a dos conclusiones. La primera, que la tarea preferente de muchos agentes económicos, sobre todo empresas y particulares, es ahora mismo la reducción de su endeudamiento hasta niveles más manejables, sobre todo en la perspectiva de una economía con lento crecimiento y de una más que probable escalada en los tipos de interés. La segunda, que el crédito va a crecer más bien poco en los próximos años e incluso puede presentar largos periodos de caída, ya que la preferencia de empresas y familias es sacudirse de encima financiación ajena y aplazar de momento las posibles veleidades inversoras. Cuando a veces se maneja la idea, en algunos casos con tintes demagógicos, de que los bancos están dando poco crédito y en algunos casos se llega a decir que están asfixiando a las empresas al no darles financiación, no se tiene en cuenta el hecho de que los principales agentes de la economía no están ahora para muchos créditos sino para generar cash con el que atender a la devolución de los saldos vivos de financiación pasada.

En todo caso, un dato revelador del estado de las finanzas españolas en la actualidad lo aportó ayer el Tesoro al señalar que el 54,7% de la deuda del Estado es propiedad de inversores no residentes, lo que significa 8,6 puntos más que a finales del año 2009. Es probable que una parte, posiblemente pequeña, de estas posiciones sea de agentes económicos españoles que operan como no residentes. Pero, en cualquier caso, revela que la dependencia de la financiación pública española y de los tipos de interés de referencia frente a los mercados internacionales es elevadísima, ya que el ahorro doméstico no ha sido capaz de financiar al Estado, lo que ha obligado a recurrir al exterior. Además, el hecho de que los extranjeros hayan aumentado de forma tan radical su apuesta por la deuda pública española significa que la confianza en el país no es tan baja como a veces se dice. En todo caso, revela un grado de dependencia excesiva que obliga a pensar en la necesidad de reducir el déficit público y, por lo tanto, la elevada deuda, en gran parte soportada por inversores foráneos.