Desviaciones económicas del Gobierno

Pocas previsiones económicas del Gobierno parecen en trance de acabar cerca de la realidad. Por fortuna, una de ellas (quizás acabe siendo la excepción) tiene signo positivo, es decir, superará las expectativas, aunque aún no resulte fácil estimar en qué medida. Lo cierto es que las entradas de turistas y los ingresos derivados de esta actividad van por el camino recto, incluso por el más alto de los posibles. Un balance apresurado de lo acontecido en Semana Santa y la publicación de las cifras del primer trimestre del año confirman que el turismo, pieza clave de la historia económica reciente de España, va a acudir una vez más a su cita, proporcionando los ingresos y el empleo que suelen vivificar el PIB doméstico y que en esta ocasión tienen por delante el difícil, casi imposible, cometido de contribuir a reducir en alguna medida en déficit de la balanza por cuenta corriente.

La mejoría del turismo se deriva de algunas circunstancias que no van a pervivir siempre y que, incluso, nos están causando sobrecostes por otra vía. La desviación de flujos turísticos desde países árabes del Norte de África, en conflicto, hacia España, sobre todo a Canarias (la región española en la que más ha aumentado en los primeros meses del año la afluencia de turistas extranjeros), tiene su contrapeso en el sobrecoste del precio del petróleo. El mismo problema (la inestabilidad social y política de países como Túnez, Libia, Siria…) ha causado una impresionante elevación del precio del petróleo y un desplazamiento de los flujos de turistas hacia nuestras zonas de mayor afluencia de visitantes exteriores.

Por desgracia, si el Gobierno había estimado, y por lo tanto había confeccionado sus previsiones económicas, con un precio medio del petróleo en torno a los 82 dólares el barril, ahora sabemos que este precio medio bastante irreal va a estar a la hora de la verdad muy por debajo de las cifras a las que nos encaminamos, con seguridad por encima de los 110 dólares el barril. Tal discrepancia, en torno al 40% de desviación al alza, no será irrelevante para nuestra economía y desde luego se lleva por delante, y con creces, el beneficio estimado de la campaña turística, que puede ser una de las más brillantes de los últimos años. Conviene, por lo tanto, no echar prematuramente las campanas al vuelo en relación con la espléndida afluencia turística.

La buena trayectoria del sector, con los hoteles casi a rebosar durante los últimos días, debería suministrar, por otro lado, una dosis de realismo a las empresas que de forma tan inesperada como satisfactoria se han encontrado con este maná en forma de aumento de la facturación. Existe el riesgo de que una parte del sector hotelero se embarque, con la vista puesta en las inminentes vacaciones veraniegas, en una espiral de subidas de precios que causaría graves daños al conjunto de la actividad. Es lógico y humano que los empresarios turísticos aspiren a resarcirse de la mala cosecha turística de los últimos dos o tres años, lanzándose a una política de precios que, si a corto plazo podría ser digerida (no sin dificultades) por el mercado, podría convertirse en un auténtico suicidio a medio plazo, que no dejaría de pasar su factura en la próxima campaña.

Los precios que se han podido ver en algunos grupos hoteleros y en algunas zonas de la geografía turística nacional sugieren la sospecha de que estarían confirmándose las peores expectativas. Es decir, que una alocada política de subidas de precios está en marcha, con la intención, poco razonable, de recuperar en un año lo que se ha perdido en los dos o tres precedentes. Si el sector en conjunto no es capaz de superar este lamentable error estratégico, la recuperación económica del turismo puede ser apenas flor de un día. Y no olvidemos que hoy por hoy es prácticamente el único sector de la economía española en el que las cosas van bien. Incluso mejor que bien. Pero se trata de que duren.