Trichet no mira al furgón de cola

El dilema más serio de estos próximos días, quizás motivo de  importantes elucubraciones mentales a lo largo de este último fin de semana, es el que enfrenta al máximo responsable del BCE, Jean-Claude Trichet, con su responsabilidad el próximo jueves de esta semana. Un día marcado desde primeros de marzo en el calendario de muchos analistas como posible cita con un nuevo planteamiento de la política monetaria europea tras casi dos años de relajación. A primeros del mes pasado, Trichet alimentó las especulaciones y los temores de una hipotética subida de tipos, que no dio por segura pero que dejó como serio motivo de reflexión  para que unos y otros expusieran sus puntos de vista, mientras se alimentaban las correspondientes expectativas entre los agentes económicos, unos pensando que Trichet cumpliría sus amenazas, otros dando por supuesto que era una simple frivolidad. Nadie, sin embargo, está seguro de que la hipotética subida  no se  vaya a producir antes o después. Ya toca. O pronto.

Vivimos con tipos de interés reales  negativos desde hace ya bastante tiempo, es decir, con un coste del dinero inferior a la tasa de inflación. Los ciudadanos se financian, lo mismo que las empresas, con tipos de interés que en ocasiones están en torno al 2% y en algunos casos por encima pero casi siempre por debajo del 3,6%, que es la tasa de inflación en la que nos movemos desde  hace ya demasiado tiempo. La política monetaria, en suma, está llena de facilidades. Algunos incluso podrían decir que si con estos tipos de interés no hay crecimiento o se atrevan a negar que una estrategia monetaria como la actual es un claro incentivo a la inversión, entonces ya no se sabrá bien qué tendrán que hacer los bancos centrales para animar a sus economías y para incentivar el crecimiento.

Para algunos analistas, la existencia de tipos de interés reales negativos es cuna de muchos males, muchos de ellos relacionados con la irracionalidad en las decisiones económicas. Casi siempre, con decisiones que acaban creando desajustes en la economía. ¿No tiene algo que ver la burbuja inmobiliaria, su gestación y desarrollo, con la ilusión que han vivido muchos ciudadanos financiando a coste nulo la compra de activos que tiempos atrás lograban vender con grandes plusvalías, hoy ya tiempo pasado?

Se podría contraargumentar que no es el momento de corregir estas anomalías, ya que el cerco al que viven sometidos los países europeos y sus estrategias económicas (Libia, inestabilidad árabe,  subida disparatada de los precios del petróleo, terremoto de Japón) genera suficientes incertidumbres entre los agentes económicos como para añadir ahora una más, la del dinero más caro. También hay que reconocer que la política  monetaria es claramente expansiva y  lo seguirá siendo incluso después de que el Banco Central Europeo coloque los tipos oficiales en el 1,25%. Incluso si los lleva, como pronostican algunos, hasta el 1,75% que se prevé para finales de año, tras tres toques alcistas.

Posiblemente la principal dificultad que afrontamos en este asunto de los tipos de interés es la de la propia esencia de la Unión Europea. O sea, lo que es bueno (o quizás pueda ser bueno) para Alemania no lo es en absoluto, en estos momentos, para algunos países como España, al que indudablemente una subida de tipos le supondrá un serio engorro, uno más  que añadir a la larga lista de problemas que está afrontando la economía doméstica, cuyas principales constantes están evolucionando peor de lo que se había pronosticado desde los ámbitos más cautelosos.

Con los tipos de interés en alza, posiblemente la situación va a empeorar aún un poco más. El Banco Central Europeo no es un parlamento susceptible de reconocer la fuerza de las mayorías en sus decisiones, pero incluso si lo fuera no tendría muchos motivos para pararle los piés al señor Trichet, ya que el bando de los enemigos de la subida de tipos está integrado  por países como Grecia, Irlanda, Portugal y España, que hoy por hoy no son los adalides de la economía europea, ni del progreso económico en la Eurozona, ni  ejemplos de responsabilidad en el manejo de sus economías. El BCE se tiene que guiar por lo que interesa al núcleo central de la Unión, el que tira al fin y a la postre de la locomotora del tren en el que viajamos todos, es decir, Alemania. Y Alemania está en la posición de los partidarios del sí a la subida.  Lo que nos pase a los del furgón de cola, de momento, no parece interesar a la mayoría dominante.