El espejismo del cónclave de Moncloa

Desde que faltó a su cita anual del mes de septiembre en Rodiezmo, León, Zapatero no parece el mismo. Se rodeaba de mineros y de líderes sindicales el político leonés,  pero  en los últimos tiempos parece haber llegado a la conclusión de que el  único aplauso que necesita arrancar es el de los líderes empresariales, a los que convoca de vez en cuando en Moncloa para darles a conocer sus progresos en su política económica reformista sugerida desde Bruselas y Berlín y para pedirles un apoyo que necesita para tomar aliento y mantener la fusión de que está gobernando el país con buen tino, incluso con la remota esperanza de que las encuestas  se den la vuelta y de aquí a la primavera del año 2012, que es cuando toca pasar por las urnas, la gente haya echado en el olvido sus múltiples torpezas. Desde luego, la marcha atrás en todo lo que dijo en su primera legislatura,  cuando para deleite de un público entregado prometía subidas de pensiones, salario mínimo en alza, gratuidad por todas partes, no la van a olvidar los electores, que afrontan en estos momentos un panorama  económico realmente diferente y preocupante para sus bolsillos.

Las coincidencias  a veces son, ciertamente, casuales. Pero este domingo, mientras se respiraba el aroma de apoyo empresarial sin fisuras durante el último cónclave con 41 empresarios de primera fila en Moncloa, El País publicaba los resultados de la encuesta periódica que realiza  la Fundación  Ortega-Marañón entre los hombres de negocios del país, un sondeo  con 500 participantes en el que se recogen algunas valoraciones tan poco aleccionadoras como que  el ánimo empresarial no pasa de 2,9 puntos sobre 10 (es decir, muy lejos del aprobado, que estaría en 5) o que un 86% considera que la crisis está aún vigente en toda su intensidad. O que el 77% de  los empresarios encuentra dificultades para financiarse. O que el  78% desaprueba la gestión de Zapatero al frente del Gobierno, aunque tampoco se fía mucho del líder de la oposición.

En fin, el ánimo empresarial bajo mínimos, lo que coincide con  algunos indicadores de la vida real, como los escasos atisbos de creación de empleo, el deprimente estado de las inversiones y el dinamismo sumamente débil del consumo privado, habida cuenta del elevado nivel de desempleo y de las actitudes defensivas de quienes tienen todavía un empleo y prefieren ahorrar antes que gastar.  Si los sondeos empresariales ponen el acento en la baja predisposición de la economía hacia el crecimiento en los próximos meses, las sensaciones que se perciben entre los ciudadanos de la calle  no deben ser mejores, a la luz de los indicadores económicos comentados.

El cónclave de Moncloa se produjo pocas horas después de otra reunión en la cumbre, la de Zapatero con los dos líderes sindicales, a los que trata de arrancar concesiones para que  dejen de plantear obstáculos al acuerdo sobre la negociación colectiva, que es  en estos momentos el reducto en el que los líderes  sindicales se han parapetado para conservar lo máximo posible del  añejo sindicalismo, que casi todo el mundo trata de reformar. La reforma laboral abordada por Zapatero no ha servido para gran cosa y los obstáculos a la contratación siguen pendientes de remoción, lo que exige un cambio sustancial en los mecanismos y procedimientos de la negociación colectiva.

Se trata de modernizar el método de elaboración de los convenios colectivos, para que dejen de regirse por reglas inmutables y universales y pasen a  ser gestionados con la flexibilidad que exigen las condiciones cambiantes de la economía y en especial de las empresas.  Los sindicatos rechazan la individualización de la negociación colectiva, sus particularismos atendiendo a los ámbitos  empresariales y no, provinciales, sectoriales, autonómico o nacionales.  Pero no hay forma de poner de acuerdo a patronos y líderes sindicales sobre este importante asunto, que entre otras cosas ha incumplido ya las predisposiciones legales al no haber sido firmado en su momento, el 19 de marzo como fecha límite establecida por ley. Ambas partes siguen en la negociación interminable y está claro que Zapatero no se ha atrevido a cumplir aquella advertencia que lanzó en su día, con eco incluso en el titular de Trabajo: si no hay acuerdo, el Gobierno legislará. No ha habido acuerdo en el plazo legal y el Gobierno sigue sin tirar por la  calle de en medio, que es lo que posiblemente debería haber hecho.