La pelea por el BCE

Dentro de unos meses, en octubre, el mandato del actual presidente del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, finaliza y no será prorrogado. Pero la elección de su sustituto se está presentando con muchas más aristas de las que cabía esperar, aunque todos dan por supuesto que el elegido finalmente, que no tiene por qué ser alemán, será un personaje que cuente con el apoyo pleno de Alemania y de Francia. En la práctica, son los dos países que tienen liderazgo y fuerza política suficiente para poner en el sillón de Frankfurt al que dirigirá la política monetaria y la personalidad del euro en los próximos años. Hay muchas razones para considerar que el próximo inquilino de la torre que alberga al BCE se enfrenta a tareas de enorme complejidad. Va a ser un mandato en principio bastante más complejo y vibrante que el de sus dos antecesores.

Si ya de por sí el arreglo, aún pendiente, del sector bancario europeo era una tarea de por sí bastante compleja, a ello se ha unido la delicada salud de algunos países de la zona euro, en especial los periféricos del sur, que requieren actuaciones comprometidas de apoyo por parte de la Unión Europea, actuaciones que se instrumentan a través del BCE, aunque en algunos casos estos apoyos bodeen la línea que separa la ortodoxia de la chapuza.

Precisamente para evitar que el mando del BCE acabe en manos de cualquiera, la canciller alemana había medio pactado con Sarkozy y con algunos otros dirigentes europeos la promisión al cargo de Axel Weber, presidente actual del Bundesbank, considerado un ortodoxo monetarista y un halcón entre los duros, como ha puesto de relieve recientemente con su cerrada oposición a las compras de deuda de países débiles por parte del BCE. Lo que ha sido toda una sorpresa, y desagradable por cierto para Angela Merkel, es que Weber ha decidido retirarse, salir del Bundesbank y eludir cualquier candidatura a la presidencia del BCE. Un fiasco de considerables dimensiones para la señora Merkel, que inmediatamente se ha visto en la tesitura de buscarle un recambio a su delfín.

A las dos tareas titánicas que tiene por delante el BCE se está uniendo ahora mismo un tercer factor de distorsión, la escalada inflacionista, que obliga a modular muy delicadamente las eventuales subidas de tipos de interés, ya que las autoridades monetarias no pueden permanecer impasibles ante el aumento de los precios (Gran Bretaña, que no está en la disciplina europea, está a punto de subir ya mismo sus tipos, lo que sería una primera señal de avanzadilla) pero tampoco pueden ignorar que la recuperación económica es frágil, en especial en los países periféricos europeos. A España, por ejemplo, una subida de tipos de interés le causaría posiblemente más trastornos que a ninguno otro de los grandes países europeos.

La candidatura para cubrir el puesto está ahora mismo sujeta a un alto grado de incertidumbre. El italiano Mario Draghi, uno de los europeos que más credenciales podría presentar en sus convicciones de rigor monetario y compromiso anti inflacionista, es el más claro aspirante. Pero en los últimos días parece haberse torcido su expectativa ya que la señora Merkel ha encontrado fuerte oposición en algunos sectores políticos y financieros alemanes. Poner a un italiano al frente del BCE en estos momentos, vienen a decir los críticos de la candidatura de Draghi, sería una mala señal a los mercados, ya que Italia no es modelo de ortodoxia presupuestaria ni monetaria, dicen algunos. Las descalificaciones del actual máximo responsable del Banco de Italia le han dejado prácticamente en la cuneta.

En los últimos días ha salido a la palestra un nuevo candidato, el holandés Nout Wellink, más por propia presentación de candidatura que por apoyos externos. Puede ser el candidato de la oportunidad, con el que nadie contaba. Inspira menos recelos a los ortodoxos, ya que no procede de un país altamente endeudado, como Italia. Y el recuerdo del primer presidente del BCE, el también holandés Win Duisenberg, no representa un obstáculo. Esta puede ser su oportunidad, aunque su perfil resulte demasiado bajo. Es, eso sí, un ortodoxo y encaja bien en el perfil buscado por los alemanes, que así tendrían a una persona de confianza al frente de la más importante de las instituciones europeas sin el agravio que para algunos representaría la presencia de un alemán al frente de una institución tan clave como el BCE. Alemania también tiene que guardar las apariencias.