La emigración del capital humano

De la catarata de datos que proporciona habitualmente la Encuesta de Población Activa (EPA), conocida este viernes, hay cuando menos dos que llaman poderosamente la atención. Uno es el aumento espectacular de los parados de larga duración, es decir, las personas que llevan más de un año  sin trabajo, más de 2 millones de personas. El otro es el número de  unidades familiares en las que todos los miembros de la misma se encuentran en desempleo, es decir, hogares en los que no entra ni un euro por rentas del trabajo, un colectivo que es nada menos que de 1,3 millones de hogares.

Otros datos anómalos ponen de relieve cómo en el cuarto trimestre del pasado año la economía española ha destruido empleo, tras haberlo creado ligeramente en los dos trimestres precedentes, en lo que entonces parecía una tenue  luz de esperanza. La destrucción  de empleo se ha agudizado  en el último trimestre del año sobre todo en el sector servicios, lo que refleja en buena medida  el decaimiento de  la demanda interna y una menos desfavorable evolución de las exportaciones.

Para completar el abanico de desdichas, el  desempleo entre los jóvenes sigue en aumento y alcanza cifras casi históricas, lo que pone de relieve la incapacidad de la economía española para ocupar a las personas que han finalizado ya sus estudios y que cuentan con un aceptable grado de formación. De poco parecen haber servido las reformas educativas, de las que en principio no se va a beneficiar el país ni nuestro sistema productivo,  ni tampoco parece haber funcionado de forma adecuada el incentivo a la creación de nuevas actividades económicas,  ya que los indicadores de creación de empresas o de crecimiento del número de autónomos se encuentran en niveles bastante bajos.

La inversión que el país y las familias han realizado en ese conjunto de jóvenes a los que se ha dotado de  buena formación es, por el momento, casi absolutamente inútil y explica últimamente la progresión de los movimientos migratorios hacia el exterior, un fenómeno que España no conocía desde principios de los años 70.  Las ofertas que llegan desde el extranjero al mercado laboral español podrán posiblemente aliviar las cifras globales del paro y en particular la situación de algunas familias, pero constituyen un serio revés para el potencial de crecimiento futuro del país.

Alemania podría ser uno de los mercados más atractivos para la juventud española después de que los padres e incluso los abuelos de la actual generación joven emprendieran el mismo camino de la emigración hace varios decenios en busca de un trabajo que tenía como es lógico un nivel de cualificación bastante inferior. Lo que ahora demandan algunos países desarrollados a los que  la crisis económica está dejando de golpear como a España es un tipo de profesional formado y con posibilidades de encontrar acomodo  incluso en centros de investigación o en actividades  industriales y de servicios bastante avanzadas. Esta emigración ya se ha iniciado hace más de un año, a países como Alemania o Estados Unidos, pero se está acelerando en los últimos meses.

Las políticas de empleo, que han estado orientadas a incrementar y extender los subsidios a los parados y, últimamente, a financiar nuevos esfuerzos en la formación, están demostrando una gran inoperancia, a la vista de los resultados, que reflejan un incremento precisamente del paro entre los jóvenes con formación. Posiblemente las políticas de empleo deberían haber estado más orientadas a multiplicar los estímulos a la creación de empresas y actividades erconómicas o a estimular el crecimiento de las actividades que ya existen y funcionan, lo que tendría que haberse traducido en  estrategias de estímulo fiscal o de otro tipo para incentivar la contratación. Los parados españoles no necesitan más formación ni posiblemente más subsidios, necesitan trabajo. Parece una perogrullada pero habría que poner en marcha alguna nueva estrategia en materia de estímulo al empleo para corregir una evolución que amenaza con prlongarse todavía a lo largo de este año.