China echa una mano

China ha aparecido en nuestro horizonte económico cotidiano con una fuerza deslumbrante, arrolladora. Algunos prebostes de la economía oficial han llegado a dar a entender que el apoyo de la gran nación asiática a nuestra economía será decisivo para que levantemos el vuelo y salgamos del pozo. Tanta ingenuidad ha sido motivo de sorna por parte de The Wall Street Journal este miércoles. “China no les sacará del agujero”, viene a decir el órgano oficial del capitalismo americano en unas reflexiones a vuelapluma hilvanadas con motivo de la visita del “número dos” chino a Madrid, en donde ha firmado algunos acuerdos de cierta importancia, la mayoría de ellos en torno a Repsol, la petrolera que se ha aliado con el gigante chino Sicopec.

Una alianza que de momento, vía ampliación de capital en la filial brasileña de la empresa española, le ha metido a Repsol en su cuenta de resultados unos 2.700 millones de euros de plusvalías con las que la petrolera podrá saciar las necesidades agobiantes de su primer accionista, Sacyr, vía dividendos.

Lo más decisivo en la historia de las recientes relaciones entre China y España es el anunciado propósito, ya convertido en realidad en alguna medida, de los chinos de adquirir Deuda Pública española para echar una mano. China es poseedora de las mayores reservas centrales del mundo, hasta el punto de que es el primer propietario de bonos del Tesoro de Estados Unidos y, a la postre, el principal regulador del valor del dólar y en buena medida de los tipos de interés de la primera potencia económica mundial, puesto que de momento sigue ostentando la gente de Wall Street. Con las ingentes reservas en manos de China, el banco central de este país podría llegar a comprar entre dos y tres veces un país llamado España (valorado a precios del PIB) o comprar más de seis veces el equivalente a toda nuestra Deuda Pública en circulación. Si ya lo está haciendo con EE.UU., del que posee más de un tercio del volumen de bonos en circulación, trasladar ese propósito a un país pequeño como es el nuestro no debería causarle mayores problemas de cuadre de cifras.

China está en plena ofensiva diplomática internacional para hacerse valer como la segunda potencia económica del Planeta, puesto arrebatado hace poco a Japón. Los esfuerzos del país se están centrando últimamente en la zona euro y, en particular, en el flanco más débil, los denominados países periféricos, como Grecia, Irlanda, Portugal, España e Italia. Los chinos han estado comprando deuda de estos países, ofreciendo este acto como un intento de apoyar a la economía europea y a la zona euro, con la indudable pretensión de apuntalar a un bloque económico que sigue siendo la gran alternativa a EE.UU. en el concierto económico mundial. Lo que el Banco Central Europeo ha estado haciendo en estas últimas semanas a regañadientes y de forma discreta, lo está pregonando China como política de Estado. Parece que en algunas de las últimas emisiones de Deuda Pública española, más del 20% del importe total suscrito venía de Oriente Lejano.

Es un apoyo inestimable, aunque este tipo de ayudas no nos van a sacar de la crisis, como dicen los americanos, por las buenas. La influencia económica de China en el mundo es aún en la actualidad bastante limitada. El país rebosa de liquidez gracias a su laboriosidad y su potencial exportador. Pero carece de multinacionales, de tecnología, de capacidad de gestión empresarial, de modelo económico y político exportable, entre otras cosas. Nuestros aliados naturales, y de los que estamos tratando de aprender todos los días (por desgracia, con aprovechamiento escaso) son Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Francia. Lo de China es, de momento, una ayuda que se mueve más en el terreno de la anécdota que de las realidades, aunque tenga indudablemente un prometedor futuro.