El crédito, un problema para 2011

Empieza el año 2011 con una preocupación dominante en los medios económicos, la de si va a haber financiación suficiente y adecuada para que el Estado y las empresas puedan desarrollar  su actividad con normalidad. Quizás lo de normalidad esté más condicionado que en años anteriores ya que  en los últimos seis meses hemos padecido un incremento imparable de los costes financieros, que se han visto afectado por el aumento significativo de la prima de riesgo española. Para prestar dinero a España o a las empresas españolas, los prestamistas piden entre dos y tres puntos más de interés.

Este es uno de los aspectos de la cuestión, el coste. El otro es lógicamente la disponibilidad de crédito. A veces son  cuestiones que tienen orígenes  y desarrollos distintos pero por lo general responden a un mismo problema: una economía débil y un clima de confianza más bien escaso en todo lo que atañe a los activos españoles, lo que ha minado seriamente la fluidez de la actividad crediticia. El hecho de que el clima de inversión sea más bien escaso, ya que las empresas tienen en estos momentos como prioridad desendeudarse más que seguir  estrategias de crecimiento,  ha reducido de forma notable la demanda de nueva financiación.

Pero sigue existiendo una necesidad importante de refinanciación ya que el ritmo de reducción de deuda (que se nutre generalmente de la venta de activos,  asunto que no pasa por sus mejores momentos) no es suficiente para los deseos de reequilibrio de los balances empresariales. Y la generación de recursos para la autofinanciación es insuficiente. Más del 80% de las necesidades de financiación de las principales empresas españolas responde a búsqueda de recursos para tapar decisiones del pasado y apenas un  20% escaso obedece a nuevas estrategias de inversión y crecimiento, lo que  genera expectativas muy modestas de crecimiento y mejora del empleo.

La disponibilidad de crédito es, en todo caso,  modesta porque el sector financiero está desde hace meses también en el centro del problema: las entidades financieras españolas han invertido a un ritmo demasiado fuerte, prestando dinero a actividades económicas que no siempre se encuentran en condiciones de devolverlo dentro de los plazos convenidos. En consecuencia, su capacidad para prestar más dinero es menor que hace dos años. Además se encuentran condicionadas por las dificultades para refinanciar la deuda emitida en los mercados internacionales.

Adicionalmente, una parte sustancial del sector financiero se  encuentra en fase de reorganización, lo que retrasa en buena medida su capacidad de normalizar la actividad crediticia. Más de la mitad de las cajas de ahorros  se encuentran en estos momentos más ocupadas en reducir costes y luchar por el poder  dentro de las fusiones en marcha que por reforzar su crecimiento crediticio. Máxime cuando la búsqueda de recursos ajenos se ha  visto sometida a una lucha implacable entre los diversos estamentos del sector financiero.

Una dificultad adicional para el sector financiero vendrá de la mano de la puesta en marcha de los requisitos de capitalización que planteará la entrada en vigor del acuerdo Basilea III, una serie de medidas nacidas de la crisis  y que pueden derivar precisamente en encorsetar al sector  financiero mediante nuevas exigencias de capitalización que deriven en restricciones crediticias adicionales. Buscar una mayor fortaleza del sector financiero pasando por encima de las necesidades del sector de la economía (empresas y familias), a los que se les va a restringir el acceso al crédito durante los próximos años, no es el mejor sistema para promover la mejora de la salud de las entidades financieras. Más bien parece un mecanismo contradictorio con los objetivos que se persiguen, ya que el principio primordial de la salud del sistema financiero pasa por la salud de sus clientes.