El año del realismo

En la hora de los balances de fin de año, el ejercicio que ahora termina se ha caracterizado sobre todo por enfrentarnos a los españoles a la dura realidad, un ejercicio al que, con el Gobierno al frente, nos hemos estado resistiendo titánicamente durante casi dos años. Al final, Rodríguez Zapatero ha caído de la nube en los primeros días de mayo, sobre todo en aquella noche en la que el propio interesado confiesa no haber dormido hasta que, ya de madrugada, pudo observar con ilusión cómo el Nikkei, el índice de la Bolsa de Japón, que cierra cuando aún estamos despertándonos en Europa, con varias horas de antelación, subía sin que se sepa bien qué relación tiene este indicador con el particular calvario que por entonces atravesaba la deuda soberana española en los mercados internacionales.

El baño de realismo de Zapatero, al que todas las encuestas sitúan a estas alturas bastante lejos de La Moncloa en una próxima contienda electoral, ha tenido la virtud, por decir algo, de hacer partícipes a los pocos españoles ilusos que aún no se habían despertado del largo y adormecedor sueño de los años de prosperidad de que una etapa nueva, bastante más exigente para todos, estaba empezando. O quizás se había iniciado ya para bastantes españoles, víctimas de algún ERE, de la pérdida de su empleo de muchos años o de la imposible tarea de encontrar un hueco en un mercado laboral que aún hoy, al cierre del año 2010, sigue expulsando a españoles hacia la ociosidad.

Las cifras de la economía ofrecen, en estos meses finales del año 2010, un consuelo solo para torpes. El PIB ya no cae, pero tampoco sube. Estamos en la zona cero, por tomar prestada la expresión de otro escenario indudablemente más trágico. No cae porque hemos llegado al fondo de la crisis. No es un consuelo edificante decir que ya no hay trimestres negativos del PIB. Baste recordar que en este año 2010, cerrado estos días, la nación mejor organizada de Europa, que tantas cosas comparte con España (moneda, política monetaria, directrices de política económica…), Alemania, no va a compartir precisamente una de las más apetecidas en estos momentos, la expansión de su economía. Alemania habrá crecido en el año 2010 en torno a un 3,7% en contraste con el 0,2% que un sector mayoritario de los institutos de análisis y expertos le atribuyen a España.

Por lo tanto, en este final de 2010 y principios de 2011, lo que podemos constatar los españoles es que padecemos una economía estancada y que estamos rodeados por economías bastante más dinámicas, entre las cuales Alemania es sin duda el ejemplo más brillante, pero no es la única que crece. Hay otra que, en menor grado, también están en alza.

Por el contrario, en el pelotón de los torpes se alinean Grecia, Irlanda, Portugal y España, con grados distintos de urgencias pero los cuatro en la cola del crecimiento, purgando posiblemente errores que nunca deberían haber cometido, la mayor parte de ellos relacionados con la desmesura del gasto y del endeudamiento, tanto público como privado. Estos cuatro países se enfrentan en los próximos años a una cura profunda y prolongada que n0 ha hecho más que comenzar. La dimensión de su metástasis requerirá abundantes amputaciones, algunos cambios de cultura económica y bastante paciencia para desandar parte de lo mal andado. Reducción del gasto, público y privado, y saneamiento de las cuentas mediante programas más o menos acelerados de amortización. Lo que los expertos llaman desapalancamiento de balances. Es decir, más ahorro, menos inversión y más saneamiento. Cuanto antes se aborden estas tareas, más corto será el calvario de la crisis.

En un arrebato de sinceridad, Zapatero dijo hace unos días que tenemos crisis para cinco años. Esto es lo que les sucede a algunas personas poco sensatas, que pasan de la euforia desmedida a la depresión enfermiza sin tránsito que ajuste bien las ideas y los deseos. Quizás cinco años son muchos, aunque algunos analistas (por fortuna, a estas alturas son los menos) llevan ya algún tiempo alineados en esa tesis que ahora confiesa Zapatero en sus momentos bajos. Pero que en el año 2010 no se han puesto las bases para hacer que esa profecía no se cumpla, parece claro. Es posiblemente la tarea más perentoria que el año 2010 le deja en herencia al año 2011. El año 2010 nos ha devuelto a nuestra realidad. Ha sido un mérito indudable del año que acaba de concluir. El año 2011 será el año de los remedios, de las reformas y del inicio de la convalecencia. Si no es así, la profecía de los cinco años acabará por cumplirse. Y sería una pena que Zapatero tuviera razón en este asunto.