La sanidad, en manos de la Economía

La Unión Europea se ha ocupado estos días, especialmente este martes, de la Salud y de la Sanidad. No han sido los ministros de Sanidad o similares los que han abordado la cuestión sanitaria, sino los responsables de Economía, lo que significa que el gasto sanitario está ocupando ya una posición destacada en lo relativo al manejo del dinero público con vistas a posibles restricciones. Toda Europa vive momentos de angustia presupuestaria y el dinero público no llega a todo lo que debería llegar, con la particularidad de que los gastos se disparan y los ingresos encojen. Y en estas condiciones hay que mirar hasta el último euro.

El turno de la sanidad no podía hacerse esperar. El ECOFIN ha mostrado este martes su preocupación por la sostenibilidad de los sistemas sanitarios públicos, puestos en el disparadero por una tasa de natalidad baja, un grado de envejecimiento de la población rápidamente creciente y un incremento en espiral de los gastos, tanto farmacéuticos como de atención hospitalaria. En algunos países como España, los problemas empiezan a aflorar aunque tenemos nuestras propias características.

Una de estas características diferenciales es la que reflejan las estadísticas: el español medio va un promedio de 8,7 veces al médico, frecuencia insólita en Europa (7 veces los alemanes y los franceses, 5 los británicos, menos de 4 los portugueses). No sólo eso, otras cuestiones nos diferencian y cada vez de forma más aguda. El  ”turismo sanitario” (ciudadanos extranjeros que vienen a resolver todos sus problemas sanitarios gracias al efecto llamada y se vuelven a sus países de origen, que abonan apenas un 20% del coste en que sus ciudadanos han incurrido) es casi masivo. Afecta a millones de ciudadanos. No se conocen estas cifras, pero deben ser bastante impresionantes. Los inmigrantes que traen a familias enteras, que nos visitan una vez al año para hacerse las correspondientes operaciones, implantes, diagnósticos y tratamientos varios, sin olvidar a los ciudadanos mayores que se quedan de por vida y reciben todo tratamiento de forma casi gratuita.

El sistema sanitario español está, por ello, sumando el abuso o el mal uso de los nacionales a los abusos de los ciudadanos de otras latitudes que disfrutan de todos los servicios y medicinas sin haber aportado un euro al sostenimiento del sistema, en situación de creciente precariedad. Quizás la suma de todo ello es la que se refleja en el gasto medio por persona y año, que se ha disparado hasta superar ya de largo los 1.000 euros por persona y año. O sea, camino de los 50.000 millones de euros anuales, si es que no se han superado ya a estas alturas.

Una de las consideraciones más llamativas de las que han manejado los titulares de Economía en relación con la Sanidad y su situación económica es la necesidad de implantar y profundizar en el copago, es decir, acabar con la práctica de entrega de medicinas casi gratis total y con la asistencia sanitaria sin limitación alguna. España es uno de los pocos países grandes de la EU en donde el copago sanitario aún no ha sido aplicado de forma extensiva, aunque dicen algunos expertos que quienes lo han implantado tampoco están plenamente satisfechos con el hallazgo. Lo cierto es que España tiene un nivel de gasto sanitario aún inferior al de los principales países desarrollados, por supuesto lejos del estadounidense, en donde supera el 15% del PIB. El español rondará posiblemente el 8%, según algunas estimaciones, juntando público y privado. En otros países europeos, como Alemania y Francia, rondan el 11% y el 12%.

Pero tras estas comparaciones aparentemente tranquilizadoras, hay otros datos que no lo son tanto. Por ejemplo, el ritmo de crecimiento del gasto en los últimos años se ha acelerado de forma muy preocupante, por encima del 11% anual. Una vez más, el engranaje autonómico parece haber multiplicado más los gastos que la eficacia que podría haberse demandado a un sistema que se ha descentralizado con la sana intención de acercarse al ciudadano, pero con la nefasta consecuencia de haberlo hecho a un coste insoportable para los bolsillos de las maltrechas finanzas públicas.

El sistema parece encaminarse hacia lo insostenible. Lo aseguran algunos expertos y lo vienen diciendo algunos de ellos desde hace bastantes años. Pero no se han tomado medidas de corrección suficientes. La crisis económica y la estrechez de los recursos públicos pueden acelerar la búsqueda de alguna solución más razonable. El copago ha sido rechazado sistemáticamente por las autoridades españolas. Parece una patata caliente que ningún político se atreve a manejar. Pero detrás del deterioro de las cuentas de la sanidad no tardará mucho en notarse el deterioro de la calidad de la medicina y de la asistencia sanitaria en general, considerada en la actualidad como una de las mejores del mundo pero con un acta de crisis ya escrita y quizás a plazo fijo. Lo del copago no es una mala idea si se contempla como un desincentivo para que los ciudadanos no usen ni abusen de medicinas y consultas médicas en ocasiones innecesarias y muchas veces utilizables sólo en base a su gratuidad. Lo que es gratis tiende a incrementar su consumo de forma prácticamente infinita o, cuando menos, exponencial. El copago podría ser un mecanismo de reducción de las necesidades innecesarias y eso sería positivo para que el sistema sobreviva y no entre ni en crisis ni en fase traumática de fuertes restricciones, que es de temer acaben llegando cuando ya sea demasiado tarde para poner barreras a la ineficacia.