El diferencial cuesta dinero

La parsimonia que sigue marcando la agenda económica oficial ha consumido ya su primer día hábil de ociosidad tras la reunión del pasado sábado. Sin embargo, los mercados no conceden tregua y este lunes el diferencial de tipos de interés se ha ido por encima de los 2,7 puntos de interés. Conviene tener presente que este diferencial no es sólo el que marca el creciente coste que tienen las apelaciones del Estado y de los entes públicos a los mercados en busca de capitales para financiar nuestro exceso de gasto. Afecta también a toda la cascada de la actividad económica y, particularmente, al sector privado.

El encarecimiento de la deuda tiene su paralelo casi matemático en el coste de la financiación del sector privado, lo que implica que España se ha metido ya, casi sin enterarnos, en una estampida alcista de los tipos de interés. Por mucho que el BCE esté financiando a las entidades financieras a tipos del 1%, el coste del dinero para las entidades financieras españolas está ya en cotas superiores al 4% a medio plazo y por encima del 5% a largo plazo.

Si ya era escasa nuestra propensión a la inversión, el tirón alcista de estos días en los tipos de interés puede hacer prohibitiva la recuperación de esta variable, que es imprescindible para que el empleo funcione. Una subida de los diferenciales de tipos de interés o de la prima de riesgo, como se prefiera, tiende a condenar progresivamente al paro a un mayor número de españoles y, simultáneamente, a dificultar la recuperación de empleo para quienes ya están en paro.

La dinámica del crecimiento económico que conduce al paro no puede pasar por unos costes financieros en alza, ya que eso constituye, tal y como se está produciendo, una pérdida de competitividad frente al exterior. Las empresas españolas tienen que competir con sus homólogas europeas. Si la pertenencia al euro y a la zona de estabilidad monetaria desde el año 1999 nos había situado en un excelente trampolín para que la vida empresarial se desarrollara con algunos parámetros perfectamente competitivos con los de nuestros colegas y vecinos, este aumento del diferencial de tipos nos coloca de hecho fuera o al margen de la zona euro. Con unos tipos de interés casi tres puntos superiores a los de nuestros vecinos, la permanencia de España en la Unión Monetaria es asunto un serio inconveniente en la medida en que tal pertenencia nos impide tomar medidas que contrarresten el impacto negativo de las diferencias de tipos de interés. Por ejemplo, la fijación del tipo de cambio, que en tiempos de la peseta era un recurso permanente de la economía española pero que ahora no forma parte del catálogo de nuestras medicinas económicas posibles.

Por lo tanto, en sustitución de esos márgenes de actuación con los que tradicionalmente contaba, y los utilizaba a veces con profusión, la economía española, ahora toca utilizar de forma más exigente otras medicinas. Por desgracia para nuestro deambular económico, esas medicinas no están siendo administradas a la economía, primero por falta de diagnóstico acertado por parte del Gobierno, que sigue nadando en la inopia, y segundo por falta de capacidad de decisión y de voluntad política. Entre esas medicinas está el reforzamiento de los recortes del gasto público para liberar espacios en los que pueda tomar aire la iniciativa privada.

Pero, sobre todo, la principal medicina ahora mismo es la recuperación de la confianza internacional, que al fin y a la postre es la que posibilita la fluidez en la financiación al país. Y esa alternativa no está siendo suficientemente explorada. Los inversores internacionales están asistiendo atónitos en las últimas horas al espectáculo español: una cuarentena de destacados líderes empresariales mundiales le han urgido a que haga algo, pero la respuesta sigue siendo siempre la misma, la parálisis y la pasividad. Los próximos días estaremos contemplando el fenómeno del agotamiento de la paciencia. A ver cuánto diferencial añade a nuestras penurias.