Los avales de Zapatero

Los afanes de este lunes posiblemente estén más centrados en la política, con los resultados de las elecciones catalanes y su trascendencia para la política española, que en la economía. Los ecos de la reunión de Zapatero con los empresarios, el pasado sábado, pueden resultar un poco lejanos. Pero este lunes los mercados atacan de nuevo y no habrá tregua. Sea cual sea la lectura de las elecciones catalanas será difícil sustraerse a los compromisos que Zapatero ha adquirido en su declaración pública tras la reunión y en el desarrollo de la misma.

¿Le seguirá temblando el pulso al presidente tras haber recibido el espaldarazo reformista que le urgieron los empresarios? Tras la reunión no cabe el argumento de que los “ricos” van a dictarle la política a seguir. Los ricos fueron convocados para reclamarles su opinión y también para pedirles algo que sencillamente no han dejado ni dejarán nunca de hacer, invertir, porque forma parte de la esencia de los empresarios. Y además si algo caracteriza a la situación empresarial española en los últimos cuatro o cinco años ha sido precisamente el exceso de inversión, de asunción de riesgos, de endeudamiento, de expansión, de crecimiento a veces poco controlado y más allá de lo que podría considerarse razonable.

Pocos países pueden esgrimir hoy, no ya en Europa sino en el mundo, una clase empresarial con tantas operaciones de crecimiento expansivo más allá de sus fronteras. España ha pasado de no ser casi nadie a ser un agente destacado en la economía mundial gracias, casi exclusivamente, a las aportaciones de sus empresas. La presencia española en el mundo tiene hoy nombre de entidades, empresas y ejecutivos, así como de marcas, españolas. A España como marca y como país se la conoce incluso menos que a algunas marcas nacionales, que están siendo modelo de crecimiento y expansión en el mundo. Por lo tanto el foro al que se dirigía Zapatero el sábado en Moncloa estaba integrado por una amplia representación de directivos de empresas que saben lo que es invertir, crecer, arriesgar y, sobre todo, decidir.

La urgencia de los asistentes a la reunión del sábado estaba bien clara: hay que decidir. Y decidir ya. Las reformas se están eternizando, con la excusa, en ocasiones equívoca, a veces engañosa, de que se está buscando un consenso que no hay forma de que llegue. Las grandes decisiones que en el mundo han sido se han tomado casi siempre sin consenso. Demorar las reformas y las medidas es una argucia para no decidir, para eludir el hipotético coste político (que siempre será menor que si se toman decisiones acertadas y sobre todo rápidas), para no enfrentarse a quienes sostienen ideas opuestas pero a quienes hay que dejar momentáneamente de lado porque la contumacia en el error no puede obstaculizar el avance de todo un país hacia la modernidad y hacia el progreso.

Además, Zapatero ya tiene sobre la mesa suficientes consensos para actuar. No sólo cuenta con el aval de los expertos, de los empresarios, de los mercados, de los organismos internacionales multilaterales a los que España pertenece y sobre la que han realizado diagnósticos innumerables, siempre en la misma dirección o con escasos matices diferenciales. Son demasiados avales como para temer equivocarse.