Por qué no se mueve Zapatero

La parsimonia con la que el Gobierno se está tomando las cosas en lo que atañe a la economía ofrece en estos últimos días un llamativo contraste con la caída acelerada de los mercados, en los que todo lo que suene a riesgo español es visto con prevención y vendido sin miramientos. La denominada “prima de riesgo” española (diferencia entre lo que los inversores le exigen a España para comprar deuda emitida por el Tesoro a 10 años y lo que exigen a los bonos alemanes) se ha vuelto a disparar por encima de los 230 puntos básicos, niveles históricos. Nunca la imagen española en el exterior había estado en una situación tan precaria, a pesar de que el punto de partida en el que se encontraba el país hace apenas tres años hacía pensar todo lo contrario.

Nada sabemos de las inquietudes, preocupaciones y posibles decisiones que esté en trance de adoptar el presidente Zapatero en una situación que está próxima a la emergencia nacional, ya que al paso que está aumentando el coste de nuestra financiación exterior (este martes, la última emisión de Letras a corto plazo ha aumentado su precio de emisión en torno al 80%), el déficit público se disparará hasta niveles inaceptables, que pueden provocar el incumplimiento de los compromisos adoptados en mayo pasado frente a nuestros principales socios internacionales.

Ni siquiera las rutilantes estrellas del firmamento empresarial español (desde los grandes bancos hasta las constructoras y sus proyectos energéticos, pasando por empresas multinacionales que triunfan en todo el mundo y se han convertido en los mejores embajadores de la marca española) logran echarle un capote a Zapatero. El mundo se fía de las empresas españolas, y por lo general se fía mucho, pero se fía poco del Gobierno y de su capacidad para maniobrar en medio de esta tormenta.

Sobre todo desde que han visto cómo el famoso optimismo de Zapatero se esfumada hace unos días en el Congreso de los Diputados, para dar paso a una imagen que destilaba pesimismo y diagnósticos sombríos sobre nuestro futuro económico inmediato. Nadie que haya leído las palabras de Zapatero en la última sesión del Congreso, sesión dedicada al análisis del paro, habrá pensado que este país está gobernado por una persona que tiene confianza, no ya en sus propias posibilidades para salir del atasco, sino en las posibilidades del propio país para hacer frente a una parálisis que empieza a ofrecer rasgos preocupantes.

Si los españoles creemos poco en nuestras posibilidades, ¿qué podemos pedirles a los inversores extranjeros, que abandonan en masa los mercados domésticos, tanto de bonos como de renta variable? Más aún, la huida de la renta variable, que este martes ha escenificado de nuevo un fuerte agravio respecto a lo que sucede en las Bolsas de nuestro entorno, se produce a pesar de que las empresas más destacadas del país, las que forman parte del Ibex 35, tienen ya cerca de un 60% de su negocio y de sus beneficios fuera de España. Y en algunos casos, en mercados emergentes, que son en estos momentos los que cotizan más en alza por su crecimiento y por los beneficios que aportan a las compañías españolas allí presentes.

Nunca las grandes empresas españolas habían tenido una menor dependencia del mercado interno español como en la actualidad, lo que agrava aún más las comparaciones. Es decir, hace más incomprensible, o si se quiere más agudo, el desplome real de los mercados bursátiles domésticos, que pierden en el año un 30% más que la Bolsa alemana, por citar un ejemplo de país que está haciendo las cosas razonablemente bien. ¿Qué habrá que hacer para movilizar la inquietante parsimonia de Zapatero, su desesperante pasotismo de las últimas semanas?