El pelotón de los “PIGS”

Han dicho los expertos de Standard & Poor’s que en Europa habrá durante los años en curso e inmediatamente siguientes dos velocidades de tránsito hacia la prosperidad. No hace falta decir que España forma parte del pelotón de los que van a circular despacio y por la derecha, en el amplio sentido de la palabra. Nos acompañan en la forma y ritmo dos ilustres “pigs” (“cerdos”, en inglés, siglas que corresponden a la primera letra de la banda de los cuatro, es decir, Portugal, Italia, Grecia y España, escrita Spain) mientras a Grecia parecen incluirla en el mundo de lo irrelevante a pesar de que ha estado a punto de organizar una crisis descomunal en la Unión Monetaria cuando se descubrió que sus cifras reales estaban muy lejos de las que suministraba a Bruselas.

Dos velocidades, con España en la más lenta, que deberían obligar al Gobierno a adoptar medidas bastante más enérgicas que las aplicadas y las anunciadas (de todo hay, ya que algunas apenas han salido de la efímera existencia de los comunicados de intenciones), con la finalidad de que la Política Económica doméstica trate de asemejarse en alguna medida a la que aplican los países de éxito, los de la primera velocidad, los que ya están en la senda del crecimiento. De momento, la cantinela que tanto han repetido desde el Gobierno (aunque últimamente no se escucha) de que esta crisis la han causado nuestros vecinos y que viene desde fuera resulta un triste consuelo y, en todo caso, a estas alturas ya no tiene validez.

La salida de la crisis en el caso español dependerá de la capacidad doméstica para superar nuestros propios problemas, tales que la rigidez de algunos mercados, la baja competitividad de muchos sectores industriales, los elevados costes de algunas de nuestras peculiares formas de vida y en todo caso los desajustados costes salariales, además de los excesos propios de una Administración saturada de empleados inamovibles e inflexibles y un endeudamiento que, a nivel empresarial y familiar, constituye una de las cargas que hemos de sobrellevar y a las que no estábamos del todo acostumbrados. No hay que olvidar que en tiempos pasados algunas de estas pérdidas de adaptación las afrontábamos mediante el cómodo expediente de las devaluaciones de nuestra divisa, recursos del que carecemos en la actualidad porque el tipo de cambio no nos corresponde y el manejo de los tipos de interés está fuera de nuestro alcance.

Es más, en lo tocante a los tipos de interés existe el riesgo de que la Europa virtuosa y próspera del Norte se embarque antes de tiempo en una estrategia de subidas de tipos de interés que tratará de velar por la pureza de la estabilidad frenando todo riesgo inflacionario, mientras en el Sur estamos aún saliendo, si es que ya hemos salido realmente, de los riesgos de la deflación.

Si esta discrepancia entre países en lo tocante al crecimiento se confirma, la crisis institucional que estuvo a punto de desencadenarse en Europa hace tres meses con ocasión de los problemas de Grecia podría adquirir de nuevo dimensiones preocupantes. La Unión Monetaria no puede circular con países tan carentes de sintonía. Pueden convivir Estados con niveles diferentes de crecimiento (España hasta ahora era beneficiaria de ello, cuando estábamos en el lado bueno, el de los que crecían más que la media), pero no economías con tantas discrepancias en la forma de actuar y tan disociadas en resultados, ya que un agravamiento de las diferencias entre los países europeos no es un buen programa ni una buena perspectiva para la Europa del futuro.