Los desmanes de las divisas

Gracias a la debilidad del euro en los últimos meses,  el potencial de crecimiento de la economía  europea,  y de la  española en particular, se ha visto favorecido. Incluso bastante favorecido, ya que el valor de la divisa europea se ha deteriorado desde principios de año  frente al dólar  en torno a un 11,6%.  Más favorable ha sido aún la relación de intercambio con Japón, ya que el euro se ha depreciado este año frente a la divisa nipona en un 19,5%. Los japoneses están que echan chispas porque su divisa es ahora mismo la más fuerte del mundo, gana un 9% en lo que va de año frente al dólar y bastante más frente al euro. Las exportaciones japonesas, que a pesar de todo crecen con fuerza, podrían ver peligrar su positiva aportación a la balanza comercial y al  crecimiento económico del país, que no es muy boyante.

Lo que sucede con el yen tiene una explicación bastante difícil, dado que la relación entre crecimiento económico y posición del tipo de cambio no siempre responde a patrones homogéneos ni siquiera previsibles. Por este motivo es por el que las autoridades de Japón estarían en posición de adoptar medidas tendentes a debilitar la posición de su divisa. Se lo están exigiendo con creciente intensidad los empresarios del país, que ven peligrar el flujo de sus exportaciones y  ven cómo se dispara el riesgo de una invasión de productos exteriores, en detrimento de la actividad económica del país.

La tarea de enfriar el tipo de cambio del yen  no es, sin embargo, nada  fácil, ya que Japón viene manteniendo los tipos de interés más bajos del mundo desarrollado desde hace muchos años. Unos tipos nulos no resultan atractivos en principio para los inversores, pero en el caso de Japón hay otros factores a favor, uno de ellos la expectativa de una apreciación de  su divisa, que este año habrá hecho ricos a muchos inversores, dado que pocos activos internacionales están en condiciones de ofrecer rentabilidades del orden del 20%. Y además su economía ofrece unas garantías de estabilidad que  siembran atractivos en los mercados de capitales, lo que estimula la compra de yenes a pesar de su baja rentabilidad.  La economía japonesa atesora una de las reservas más grandes del mundo, más de un billón de dólares, justo por detrás de China, que ella sola tiene el 31% de  las reservas internacionales, ya que en sus arcas se han depositado 2,5 billones de dólares. Es decir, unas dos veces el tamaño de la economía española.

La crisis financiera de estos últimos años y las masivas intervenciones de los Gobiernos en apoyo de sus economías han acelerado más aún la concentración de divisas en algunos países, sobre todo emergentes, ya que además de China y Japón, hay otros países con elevadas partidas de divisas internacionales en sus arcas, sobre todo Rusia y Brasil.  Esta concentración de divisas en pocos países se debe a las masivas emisiones de deuda que han lanzado al mercado  las economías desarrolladas, de forma que sólo los países con importantes excedentes y disponibilidades de capital han podido acudir a estas colocaciones faraónicas de deuda pública. Al final, el círculo virtuoso (también se podría llamar vicioso) señala que un grupo reducido de países está viendo fuertemente apreciadas sus divisas.

El caso de Japón es el de un país cuyo Gobierno ha dejado hacer al mercado, lo que ha elevado de forma  extraordinaria el valor de su divisa. El caso de China es el inverso,  ya que este país ha sujetado su tipo de cambio para mantener su  condición de economía altamente competitiva y exportadora, para  gran enfado de otros países competidores, ya que  la cotización del yuan  está artificialmente infravalorada, lo que facilita que el país esté, entre otras muchas  cosas,  logrando  mantener altísimos ritmos de crecimiento económico.  La asimetría entre todas estas políticas es tan patente en estos momentos que los representantes de las principales economías y bloques económicos parecen abocados a buscarle una solución a tanto despropósito ya que en caso contrario las distorsiones económicas pueden multiplicarse, dando pie a una situación quizás de control más difícil que la reciente crisis financiera.