Otro lunes en el escaparate

Este lunes 31 de mayo España estará de nuevo en la palestra como objeto de análisis y diagnóstico por parte de los mercados.  La decisión de la agencia de análisis de riesgos Fitch, el viernes pasado, de rebajar el nivel de valoración de la deuda española, llegó tarde, con las taquillas cerradas en buena parte de los mercados, de forma que no hubo margen para el pronunciamiento. La ausencia de acuerdo para la reforma laboral ha sido el segundo eslabón que este fin de semana habrá alimentado las versiones más pesimistas de los agentes económicos.  Una semana antes, el lunes 24 de mayo también había sido jornada de expectación ya que los  inversores se enfrentaban a  la decisión adoptada el fin de semana por parte del Banco de España de intervenir una caja de ahorros, CajaSur. El lunes pasado, por fortuna, las cosas no salieron del todo mal y el castigo a los activos españoles fue moderado.

Este lunes llueve sobre mojado y tras el anuncio de la decisión de Fitch  tan sólo queda una agencia de las tres grandes (Moody’s)  con calificación  máxima para España. Es en todo caso la más antigua, ya que va a cumplir pronto los diez años, mientras que S&P, la primera en rebajar nuestra nota hace unas semanas, había elevado a España  al rango máximo en el año 2004 mientras Moody’s lo hizo en el año 2003.

Se había especulado con la posibilidad de que el paso dado hace poco por Standard & Poor’s, rebajando la calificación española,  como se esperaba hacía algún tiempo, se mantuviera en solitario, dada su especial antipatía hacia lo español por parte de esta agencia. Pero las cosas han ido de mal en peor en la conducción de la Política Económica española en los últimos meses  y no  sólo nos enfrentamos a un problema de malas cifras sino de escasez de confianza en el equipo rector de la economía española.

Qué duda cabe de que este fin de semana podría haberse clarificado el principal escollo que en estos momentos condiciona la valoración  de la economía española para los inversores internacionales, es decir, el acuerdo para la reforma laboral. Los mercados contemplan con especial dedicación el desarrollo de la capacidad reformista del  Gobierno y su capacidad en especial para doblegar  el terco inmovilismo de los sindicatos, que mantienen su rechazo a toda reforma laboral que proporcione cobijo a algunas de  las medidas de flexibilidad que reclaman desde casi todos los ángulos. Nada parece haber avanzado la reforma laboral, el acercamiento de posturas entre sindicatos y patronal,  mientras se suceden las descalificaciones recíprocas entre ambas partes, lanzándose mutuos reproches de responsabilidad en el fracaso de esta importante negociación.

Zapatero se juega  mucho en este acuerdo, algo de lo que es indudablemente consciente al decidir  hace días adoptar una de sus más dolorosas decisiones de los últimos meses, dejar plantado a Lula da Silva en una de las reuniones en la cumbre de  su querida Alianza de las Civilizaciones para intervenir de forma directa en el desarrollo de las conversaciones. Amanecer este  lunes sin un acuerdo en el frente laboral es por ello un traspiés de cierta importancia. Lo será menos si el acuerdo llega en los próximos días y, sobre todo, si el acuerdo que finalmente se anuncie  es algo más que un papel destinado a salvar la cara  de este Gobierno, que parece altamente necesitado de oxígeno. Un oxígeno que de momento sólo recibe alimento desde las opciones más conservadoras y menos populistas a las que con tanta frecuencia se ha entregado Zapatero durante los años anteriores.

Ahora es el momento de afrontar la crisis con reforma de calado y en profundidad. Los mercados no están para paños calientes ni para operaciones destinadas a impresionar a la galería. Las agencias de calificación no sólo están rebajando el crédito a España. Lo están haciendo, sobre todo,  a la débil gestión económica de Zapatero. Este lunes tendremos ocasión de comprobar hasta qué punto los mercados valoran la falta de un acuerdo laboral.