Trágicas flatulencias: diez cuescos con secuelas que trajeron más pesar que alivio

Ya lo dijo el poeta: “El pedo es vida, el pedo es muerte / y tiene algo que nos divierte”. Cuando Quevedo dedicaba estos versos a la flatulencia en su tristemente poco conocido ‘Poema al pedo’, obra cumbre de la lírica escatológica, algunas ventosidades con trágicas consecuencias ya habían sucedido, pero otras aún más desasosegantes estaban por llegar. Empero, supo ver el madrileño maestro de la sátira que las flatulencias habían jugado, jugaban y jugarían un papel destacado en la tragicomedia de la vida.

He aquí diez cuescos, de diversas épocas, que deberían pasar a la historia por las valiosísimas lecciones que encierran sobre el infravalorado riesgo que entraña liberar un gas estomacal.

Vientos de guerra

Durante los años 80, los suecos creyeron detectar en varias ocasiones submarinos rusos que surcaban sus aguas. Tras años con la mosca detrás de la oreja, en 1994 se agotó la paciencia de los nórdicos tras escuchar de nuevo el sonido que, según sus expertos, delataba la presencia de los ya exsoviéticos. Se cuenta que el primer ministro de la época, Carl Bildt, envió una carta airada a Boris Yeltsin. Tiempo después se descubrió, para vergüenza de toda una nación, que el ruido provenía de los cuescos de rebosantes bancadas de arenques. El hallazgo fue premiado con un Ig Nobel en 2004.

Aires de cambio

Un solo cuesco en el momento preciso, tan cargado de intención como de aire, puede destronar a un rey. Según los escritos del historiador griego Heródoto, sucedió así en el año 569 antes de Cristo, cuando el faraón Apries mandó a uno de sus generales, Amasis, a sofocar la rebelión entre sus tropas.

No solo no lo hizo, sino que se erigió en líder de los sublevados y respondió al siguiente emisario del monarca, un consejero del trono llamado Patarbemis, con una ventosidad sonorosísima y las siguientes palabras: “Llévasela de vuelta a Apries”. Transmitir el mensaje le costó a Patarbemis la nariz y las orejas, y al faraón un recrudecimiento de la insurrección que le dejó sin trono.

El pedo más funesto

En una de sus obras, el historiador romano Flavio Josefo nos legó el relato de lo que Ernst Jünger calificaría después, no sin razón, como el “pedo más funesto de la historia mundial”. Sucedió en la Jerusalén de mediados del siglo I, gobernada por el procurador Cumano. Los peregrinos judíos andaban celebrando su Pascua ante la atenta mirada de los soldados de Roma, algunos bastante antisemitas e irrespetuosos. Pero ninguno tanto como aquel que “se subió la túnica, volvió el trasero hacia los judíos con una inclinación burlona y dejó escapar el indecente sonido que correspondía a su posición”, desatando una riada de enfrentamientos que se cobró la vida de miles de personas.

Los gases de Hitler

A veces la concatenación de un puñado de hechos aparentemente no relacionados puede ser más que una casualidad, aunque a ciencia cierta nunca llegaremos a saberlo. Así podría suceder con las atrocidades que cometió Adolf Hitler, su aparentemente inofensivo vegetarianismo y las dolorosisimas flatulencias que este le causó, haciendo que se hinchara a tratamientos monstruosos que agriaron más si cabe su carácter y pudieron influir (si bien nadie podrá asegurarlo) en sus aún más monstruosas acciones.

Flatulencias explosivas

De los autores intelectuales de la infame ‘bomba gay’, la también risible ‘bomba flatulenta’ es menos conocida pero casi tan delirante. Como alternativa al arma química que haría a los soldados enemigos copular entre ellos, los científicos locos del Laboratorio Wright se plantearon trabajar en proyectiles que afectaran al sistema digestivo de los combatientes rivales, haciendo que sufrieran espantosas ventosidades. Como consecuencia del ruido y el hedor, no podrían pasar inadvertidos y perderían cualquier tipo de factor sorpresa.

Cuesco inflamable

De todos es sabido que prender una ventosidad con el mechero da lugar a un lanzallamas improvisado. Es lo que Wikipedia denomina ignición de flatulencias, ignición anal o piroflatulencias, entre otros apelativos igualmente mofantes. Lo que probablemente no sepas es que una mujer japonesa salió muy mal parada de su paso por el quirófano a causa de este peculiar fenómeno, que se produjo entonces por casualidad. Resulta que la estaban operando con un láser que prendió un cuesco extraviado, incendiando las sábanas y provocándole graves quemaduras en cadera y piernas.

Evacuación pestilente

No una sino hasta tres veces, que sepamos, se ha evacuado un avión, cuando no ha aterrizado de emergencia, a causa de una concatenación de pedos. El primer incidente de esta índole del que tenemos constancia sucedió en 2006, cuando un vuelo de American Airlines tuvo que tomar tierra precipitadamente porque la pasajera de turno decidió encender una cerilla para camuflar el tufo de su cuesco, sembrando el pánico.

Años después, en 2015, otro avión con 2186 ovejas a bordo tuvo que interrumpir su periplo tras saltar la alarma de humo, activada por la enorme cantidad de metano que salió de los ojetes del rebaño. Por último, este mismo año, una aeronave tuvo que aterrizar y ser evacuada, porque un número anormal de pasajeros comenzó a sentirse mal, con náuseas y dolores de cabeza, a causa de una repugnante flatulencia.

Calentamiento anal

Las graves consecuencias del metano que carga las ventosidades no deben ser menospreciadas, pues es sabido que los pedos y eructos de las vacas contribuyen de manera alarmante al temido cambio climático. Pero también se descubrió recientemente que los dinosaurios, con su envergadura superior, elevaron gravemente las temperaturas del planetaaunque no fue eso lo que les produjo la extinción, por hilarante que pudiera resultar la idea de que se mataron a pedos.

Exceso de ventosidad

Si damos por buena la versión que un taxista inglés dio a los agentes que le detuvieron por exceso de velocidad, resulta que una flatulencia puede ser la causa de una multa. Según el británico ‘peseta’, los kilómetros por hora de más a los que circulaba los causó la fuerza con que propulsó el vehículo adelante un pedo de su pasajero, que debió comer legumbres aquel día en dosis poco razonables.

Pedo por venganza

El del conductor de la tierra de Shakespeare no es el único encontronazo con las fuerzas del orden que ha tenido lugar con una flatulencia de por medio. Cierta sueca denunció a un hombre por peerse en su domicilio, con hediondas consecuencias, y por ende “perturbar su paz mental”. Lo curioso del caso, no obstante, es la razón por la que se produjo el incidente: cuando la víctima se negó a tener sexo con el agresor, este se dio media vuelta, se tiró un cuesco y se marchó. Hasta que la mujer corrió a denunciar lo sucedido, el hombre pareció salir airoso.

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Con información de Improbable Research, ABC, Men’s Health, Wikipedia, Strambotic, NBC News, News.com.au, AOL, The New York Times, The Daily Beast, Huffington Post y Daily Mail.

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