¿Es un pene? Diez fotos inofensivas que parecen obscenidades

Detenerse a observar el comportamiento de esa masa humana que posa frente la torre de Pisa puede ser un interesante ejercicio sociológico. El turista, sobrecogido por la desafiante estética de la edificación, parece escuchar una voz interior que le anima a ser partícipe de ese legado, a recoger el guante de sus antepasados y a continuar el extenso patrimonio del imaginario de nuestra especie por medio del engaño visual. En resumen: decide hacer unas fotos.

La gran mayoría de visitantes opta por el juego espacial: simula estar sujetando la torre mientras esta se inclina, se sitúa en el lado contrario y hace como si estuviera apoyándose mientras la torre se vence por su peso… También están los bienaventurados que deciden tumbarse, reclinarse hacia atrás o abrirse de piernas para simular que aquella maravilla del Renacimiento es un gigantesco pene.

Ese porcentaje de la población que reacciona frente a la Torre de Pisa, la Torre Agbar de Barcelona o cualquier faro de la costa con un inquietante diálogo interior que acude a referencias fálicas probablemente está pidiendo ayuda desde su fuero interno. O simplemente sus mentes son un horno de obscenidades. Si tú también eres de los que convierte un sencillo paseo por la ciudad, el bosque o la montaña en un evocador museo de homenajes al órgano genital masculino, seguro disfrutas con esta colección de inocentes imágenes.

Para qué negarlo, la naturaleza y el universo de la fruta y la verdura son, en ocasiones, verdaderos homenajes a la fertilidad. Resulta difícil encontrar una cultura cuyo imaginario popular no esté repleto de referencias impúdicas sacadas de la huerta. Y si en España ya teníamos suficiente guasa con el pepino, el nabo o el plátano canario, en ocasiones se presenta el momento de dar la bienvenida en la familia de hortalizas explícitamente marranas al pimiento. Para los coreanos, esta alusión fálica no supone ninguna novedad, ya que el término ‘gochu’ siempre les ha valido tanto para nombrar al pimiento como para evocar al miembro viril. Después de esta imagen, todo cobra sentido:

La naturaleza es así, una fuente inagotable de ocurrencias y fantasías. La ecuación se dispara cuando al propio antojo de la Pachamama a la hora de hacer brotar todo tipo de formas agrestes se le suma la enajenación mental del ser humano. Porque el reino vegetal suele brindarnos todo tipo de ilusiones ópticas: setas de apariencia vigorosa, fresas que no entiendes muy bien cómo han llegado a crecer en forma de chorra o manzanas que son puro erotismo.

Tras este repertorio de alegorías botánicas podemos concluir que la naturaleza tampoco ayuda a estos lunáticos de lo indecente, que pueden permitirse ver falos en cualquier esquina. Por si fuera poco, los caminos de la lascivia son insaciables, y el ser humano siempre quiere más. Es el caso del autor de la siguiente imagen, que ha asumido que las sugestiones y sutilezas que nos ofrece la tierra son pocas y por ello, en su búsqueda de lo categórico, ha decidido transformar su balcón en una galería digna de ‘Museo Coconut’.

Pero ¿acaso estamos sacando las cosas de quicio? ¿Y si se trata tan solo de un humilde vecino que mima con orgullo sus jardineras sin ser consciente de que allí fuera, tras los muros de su casa, caminan errantes millones de cabezas pasadas de rosca? ¿O es, efectivamente, todo un desafío? Y si el mismísimo papa Francisco o tu abuelo cruzasen esta calle y desviasen la mirada hacia el balcón, ¿se sonreirían de forma tunante como el tipo que ha hecho la foto?

Desde luego, no todos estamos hechos de la misma pasta, y hay ciertos sistemas cognitivos más atrapados en la perversión que otros. Si no, solo hay que ver a esta pobre señora que sonríe ajena a la ‘performance que, de forma involuntaria, está ejecutando frente a lo que parece una callejón sin salida: un gimnasio de instituto repleto de pequeños diablillos en plena pubertad:

Quizás esta sea la prueba fehaciente de que al final la obsesión fálica se reduzca a un mero problema de madurez. Más pronto que tarde seremos también unos yayos indiferentes a esta colección de hipnóticas depravaciones, dejaremos de ver genitales en cada acequia, en cada paseo, en cada faro de la costa… Hasta el día en el que un nieto nos traiga un pastel como este:

El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No existe suficiente ingenuidad en este mundo para hacer frente a semejante loa a lo procaz. Ese maldito repostero habría sido pasto de la Inquisición en otra época, pero ahora corren tiempos difíciles para la gente de mente vulnerable, y ya no hay cabida para el pudor o la decencia en esta sociedad donde tu nieto es capaz de acercarse con una tarta al grito de “Mira, abuelo, más rabo que cuello tiene un pavo”.

Después de este mareante repaso por algunas de las manifestaciones más indecentes de este loco mundo que nos rodea, pensarás que tu también formas parte de este club de las mentes sucias. Pero no te eches las manos a la cabeza: esta inquietud hacia cualquier objeto que se asemeje a una minga ha estado presente en nuestra cultura desde la Antigüedad. Desde los vestigios de la Grecia clásica y la antigua Roma hasta las obras de Shakespeare, el símbolo fálico y el concepto de fecundidad han formado parte intrínseca de nuestra especie. No le cortes las alas a tu promiscua imaginación y prosigue tu vuelo por lo marrano. Y ríe.


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