Blanco tóxico y verde venenoso: cómo los colores han quitado la vida a los humanos a lo largo de la historia

Para presumir hay que sufrir. Y visto lo visto, a lo largo de los últimos siglos parece que el ser humano está dispuesto a cualquier cosa cuando de lucir palmito se trata. ¿Que es necesario tirar de imaginación para dar nombres a nuevos colores? Lo hacemos. Y no solo eso, sino que también nos hacemos los entendidos a la hora de diferenciar el azul calipso del labrador. Puede que haya ocasiones en que nos salga bien la jugada ¿Que hay que estrujarse los sesos para para recordarlos? Qué remedio. ¿Que incluso ponemos en peligro nuestra propia salud? ¡Sin problema! O al menos, eso asumían (sin saberlo) los más presumidos cuando Marie y Pierre Curie descubrieron el radio a finales del siglo XIX y muchos decidieron impregnar sus prendas con su llamativo tono verde.

La científica polaca galardonada con dos premios Nobel por sus importantes contribuciones a la ciencia descubrió en 1898 junto a su esposo un elemento nuevo extraído del uranio que tenía unas fascinantes propiedades curativas. Por este motivo, no tuvieron la menor duda de que sería beneficioso añadir el radio a la pasta de dientes, a los medicamentos e incluso al agua y la comida. Tal fue el impacto que tuvo en la sociedad de aquel entonces que, por su llamativo y brillante color verde, muchos diseñadores de joyas y de productos de belleza también se animaron a utilizarlo.

Aunque a día de hoy muchos se echarían las manos a la cabeza con la información de la que disponemos sobre los perniciosos efectos de la radioactividad (que puede acabar por modificar la estructuras de las células de nuestro organismo si estamos expuestos durante demasiado tiempo), dos siglo atrás nadie era consciente de lo nefasto que para nuestra salud podía ser llevar pegado a nuestro cuerpo, por ejemplo, un collar que había sido tintado con el verde del radio. A saber las vidas que se cobró su luminoso color.

Pero el radio no ha sido el único elemento químico que nuestros antepasados utilizaron como pigmento sin tener la menor idea de lo caro que podía costarles. Ha ocurrido a lo largo de la historia con otros colores como el blanco, el naranja y el dichoso verde. Este último color no solo trajo quebraderos de cabeza a la humanidad por culpa del radio. Ni mucho menos. El verde de Scheele y el verde de París, dos colores sintéticos que se comenzaron a utilizar allá por al siglo XVIII y que ganaron una enorme popularidad por ser más llamativos que otros tonos que se hacían con pigmentos naturales.

No tardaron en convertirse en dos de las opciones más utilizadas en el universo de la pintura de aquel entonces, al igual que ocurrió en el mercado de los tintes para prendas de vestir, el de los jabones e incluso a la hora de decorar los postres, los dulces o algunos juguetes de la época. Lo que muchos no sabían era que estos tonos tan vibrantes se obtenían con acetoarsenito de cobre, un compuesto al que los humanos no conviene que estemos expuestos durante demasiado tiempo porque puede dañar las células de nuestro organismo y derivar en enfermedades cardiacas y cáncer.

El enorme poder tóxico de estos verdes no se conoció hasta el año 1822, cuando se hizo pública la receta del arsénico. Para entonces, muchos trabajadores de las fábricas habían muerto a causa de envenamiento, al igual que las mujeres que portaban vestidos tintados con estos tonos. Incluso Napoléon, sobre el que se rumorea que en su muerte influyó el hecho de que las paredes de su dormitorio estuvieran tintadas con papel de color verde, pudo verse afectado. Algunas décadas después acabó siendo utilizado como insecticida, razón por la cual el verde sintético está considerado uno de los colores más peligroso aunque no tuviera el componente de radioactividad que sí tenía el radio.

El pigmento que también causó estragos por culpa de la radioactividad fue el naranja. Hubo un tiempo en que los fabricantes de vajillas de cerámica se servían del óxido de uranio para colorear los esmaltes. Este compuesto se obtenía de la combinación de brillantes rojos y naranjas, tan atractivos a nuestros ojos como peligrosos para nuestra salud por la fuerte radiación que emitían. Sin embargo, nadie fue consciente de esto hasta finales de 1800, cuando se hizo evidente que el contacto con estos materiales podían provocar un cáncer entre los humanos.

Pero aunque durante la Segunda Guerra Mundial las autoridades de Estados Unidos confiscaron todo el uranio para la fabricación de bombas, en 1959 se rebajaron nuevamente las restricciones y este material volvió a ser utilizado en la industria de la cerámica y la fabricación de suelos de vidrio. Por esto mismo, y pese a que los niveles de este componente son suficiemente bajos, sí es cierto que hay organismos norteamericanos que aún prohiben comer en recipientes que puedan tener este material.

En cuanto al blanco, ya en el siglo IV antes de Cristo los griegos se las ingeniaron para obtener del plomo ese pigmento blanco que hoy conocemos. Lo que no sabían aquellos antepasados es que el uso de aquel mineral podía llegar a alterar por completo el funcionamiento de su sistema nervioso. Al entrar en contacto el plomo con nuestro organismo este lo absorbe de forma instantánea. Así, el mineral acaba por invadir tanto la sangre como los tejidos blandos y mineralizados. Pero ahí no acaba todo. Al llegar al sistema nervioso, altera las funciones que habitualmente realiza el calcio, lo que puede llegar a provocar que se dispare la tensión arterial y que existan distintos problemas de aprendizaje.

Sin que nadie supiera de estos peligrosos efectos que podía tener el uso del plomo como pigmento, acabó por convertirse en uno de los ingredientes más comunes durante todo el siglo XIX a la hora de hacer aceite blanco, para evitar que las plantas cayeran víctimas de alguna que otra plaga, o para fabricar pintura. No fueron pocos los artistas que no dudaron en moler bloques de plomo y que quedaron totalmente expuestos a partículas de polvo enormemente tóxicas. Tal fue su incidencia en al mundo del arte, que el uso de este nocivo pigmento acabó por provocar lo que se conocía como el ‘cólico del pintor’, que a día de hoy simplemente se conoce como envenenamiento por plomo.

Pero, al parecer, lo que aquel tono era capaz de transmitir bien valía para muchos artistas jugarse el pellejo y acabar por caer víctimas de una parálisis, de una tos constante o incluso de ceguera. Los impresionistas del siglo XIX no pudieron resistirse al resplandor de aquel pigmento blanco y lo utilizaron sin mesura. Pero no fueron los únicos: artistas llegados posteriormente también lo incluyeron en su paleta de colores hasta que finalmente fue prohibido en los años 70. Menos mal.

Que sí, que para presumir hay que sufrir ya sea yendo al gimnasio (con lo tedioso que resulta), saliendo a correr (pese a las altas o bajas temperaturas) o padeciendo el dolor que provocan unos zapatos tan bonitos como incómodos (sobre todo si llevan tacón). Pero de ahí a jugarse la salud, hay un trecho. Menos mal que la ciencia ha hecho sus deberes y a día de hoy estamos a salvo de algunos de estos colores malditos.

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Con información de Digg, TED, Amara, LennTech y Plantas para Curar

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