¿No entiendes por qué hay gente corrupta? Los monos que roban en Gibraltar podrían explicarlo

El fenómeno está muy bien documentado. De hecho, hay más vídeos en YouTube de monos robando a los turistas que monos robando a los turistas, porque la mitad tienen pinta de ser más falsos que el jamón de las patatas fritas de bolsa. Lo cual no quita para que la lacra de los simios que sustraen objetos de valor a los visitantes sea un problema más que serio en varios monumentos y atracciones alrededor del mundo.

Gibraltar y el latrocinio ocasional de algunos de sus más de 200 macacos, que estaban allí antes que españoles y británicos y son los verdaderos dueños del peñón, es lo que nos pilla más cerca, pero también en Costa Rica, Indonesia, India o Sudáfrica saben lo que es lidiar con los carteristas más rápidos del Salvaje Oeste.

Una conducta impropia de animales que sorprende a los científicos, aunque solo una primatóloga ha tenido el coraje de estudiar a qué se debe. Fany Brotcorne, investigadora de la Universidad de Lieja (Bélgica), ha pasado cuatro meses observando a distintos grupos de monos en las inmediaciones del templo de Uluwatu, en Bali (Indonesia), para descubrir qué mueve a los peludos habitantes de la zona a incurrir en tales actividades delictivas.

“Es un comportamiento único. El templo de Uluwatu es el único lugar de Bali en que se observa”, ha explicado, lo que sugiere que se trata de algo aprendido más que de una habilidad innata. De hecho, Brotcorne ha encontrado las primeras evidencias sólidas de que la sustracción de lo ajeno en estos simios es un fenómeno cultural: aprenden los unos de los otros y transmiten el conocimiento de generación en generación, casi como si se tratara de un oficio.

Según la primatóloga, este hallazgo nos puede ayudar a comprender mejor las capacidades cognitivas de los monos, así como la evolución humana. Resulta que los animales carteristas van perfeccionando su maestría con el tiempo, incluso descubriendo nuevos trucos. Por ejemplo, Brotcorne está observando que una de las bandas de macacos que operan en los alrededores del templo ha empezado a comprender que puede negociar con los objetos afanados: le quitan algo de valor a un turista y se lo entregan a los responsables del santuario a cambio de comida.

“Las habilidades de trueque y comercio no son propias de los animales”, recuerda la científica. “Normalmente se consideran exclusivamente humanas”. Así, observando a los monos, primos hermanos del hombre, podríamos llegar a entender cómo este último ha llegado a dominar de tal forma el arte de robar a manos llenas.

Al mismo tiempo, las indagaciones de Brotcorne podrían arrojar algo de luz sobre la psicología del primate: cómo se transmite la información entre miembros del grupo, hasta qué punto son conscientes de sus propias acciones, cómo planifican el futuro, etc. Según Serge Wich, primatólogo de la Universidad John Moores de Liverpool (Reino Unido), el trabajo de su colega constituye “un nuevo y bastante espectacular ejemplo de la flexibilidad de la conducta del primate en respuesta a los cambios en su entorno”. Son muy capaces de adaptarse y de desarrollar nuevas costumbres que después se pasan unos a otros.

Que los incidentes no se estén produciendo en otros sitios donde también tienen presencia los macacos indica, a ojos de este profesor, “que puede ser una nueva tradición” de esos primates en concreto, y nos enseña que “entre las nuevas tradiciones en distintas especies se pueden contar el robo y el trueque”. Conclusión la mar de interesante porque nos devuelve al punto de la evolución humana en que aprendimos a anhelar lo ajeno (y sustraerlo).

En definitiva, los monos de Indonesia (o Gibraltar, Sudáfrica, Costa Rica…) roban por lo mismo que nosotros: porque es lo que hemos aprendido y lo que vemos hacer a los demás.

¿Y a Brotcorne? ¿Qué le han birlado los simios bandoleros? ¿Le han metido la mano en la cartera? “Oh, muchísimas veces”, admite. “Los monos siempre están tratando de robarme el gorro, el boli o incluso los datos de mi investigación”. Gajes del oficio.

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Con información de New Scientist

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