Un prodigio de la gula: el soldado insaciable que comía de todo y sin medida

A estas alturas de la vida, cuesta sorprenderse al ver a un grupo de chiflados tratando de demostrar quien es el más rápido engullendo cualquier tipo de comida, a riesgo de padecer una terrible indigestión. De hecho, no solamente no nos extraña, sino que hay a quienes les parece una capacidad asombrosa y no tienen reparo en alabarla. Visto lo visto, puede que haya algún que otro padre orgulloso de que su hijo sea capaz de devorar 100 perritos calientes en un abrir y cerrar de ojos. Antes esto no ocurría. Si eras un tragón, tus progenitores podían ponerte de patitas en la calle. Si no, que se lo digan al glotón de Tarrare.

Las peripecias de este francés de estómago infinito y hambre voraz comenzaron cuando sus padres lo echaron de casa al resultar imposible mantenerlo. Con solo 17 años, era capaz de comerse su propio peso en carne de vaca. Nacido en la ciudad de Lyon allá por la década de 1770, al quedarse sin techo se unió a una expedición de prostitutas y ladrones con la que recorrió gran parte del país haciendo todo lo posible para encontrar las cantidades ingentes de comida que necesitaba para quedar saciado. Ya fuera robando o pidiendo, tenía que ingeniárselas de la forma que fuera para no quedarse nunca con hambre. Cuando llegó a París, acabó por convertirse en el precursor de los ahora habituales espectáculos de engullidores profesionales..

En mitad de la calle, Tarrare (cuyo nombre original nadie conoce) hacía de telonero de un charlatán ambulante y atraía al público tragándose desde tapones hasta piedras o animales vivos. En apenas unos minutos era capaz de tragarse una cesta entera de manzanas. En París contaban que incluso aguardaba a que sacaran de las carnicerías las sobras que iban destinadas a los perros para quedarse con ellas y engullirlas. Aunque su comida favorita, según las crónicas de la época, no era otra que la carne de serpiente.

Durante la Guerra de la Primera Coalición, este prodigio de la gula se alistó en las tropas del Ejército Revolucionario Francés. Lo que él no sabía era que allí las raciones de comida no serían tan sustanciosas como para saciar su apetito. Así, no solamente tenía que hacer el trabajo de otros soldados a cambio de su comida, sino que rebuscaba entre las sobras para comer todo lo que encontraba. Pero ni aún así lograba quedar satisfecho.

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Tanto es así que incluso tuvo que ser ingresado en el hospital por agotamiento. Multiplicaron sus raciones por cuatro pero, con todo y con eso, seguía estando totalmente hambriento. Por eso, no dudaba en comerse las sobras de otros pacientes, en rebuscar en las alcantarillas, en la basura y en cualquier rincón donde pudiera encontrar algo que llevarse a la boca. Cuentan que incluso se llegó a colar en la botica para comerse los cataplasmas allí dispuestos con el fin de calmar los dolores de los enfermos. Tan sorprendidos quedaron en el hospital que el doctor Courville y el cirujano George Didier, conocido como Barón Percy, decidieron someter a Tarrare a una serie de pruebas.

Fue entonces cuando le prepararon un banquete que iba a ser destinado a 15 trabajadores del hospital. Pues bien, este incansable glotón se lo comió de una sentada. Después se durmió con un niño pequeño. El doctor Courville aprovechó entonces para observarle y vio que su estómago se había hinchado como un globo. Pero lo más sorprendente no era la cantidad de comida que era capaz de ingerir, sino que no había nada que se le resistieran. Hubo quien le vio devorar un gato vivo. Tras abrirlo en canal con sus propios dientes se comió las entrañas y bebió la sangre. Tan solo apartó los huesos y, media hora después de eso, vomitó la piel del animal.

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Courville y Percy, dos de los cirujanos militares con más prestigido de la época, estaban fascinados con lo que tenían ante ellos. Sin embargo, los altos mandos militares reclamaban la presencia de Tarrare en el campo de batalla. Para aprovechar su estómago infinito tanto para el avance de la ciencia como para la contienda que se estaba librando, fue convertido en mensajero. Eso sí, de una forma sumamente peculiar. Con el consentimiento del general Alejandro de Beauharnais, introdujeron una nota en una caja de madera pequeña. El cometido de este incansable tragaldabas era comerse esa caja para que, cuando llegase a su destino, la pudieran recuperar junto con el resto de excrementos que su organismo desechara.

A modo de prueba, el general Beauharnais le encomendó la misión de llevar ese mensaje a un coronel francés que había sido capturado. El mensaje no era nada relevante, simplemente querían comprobar si podían confiar en Tarrare, pues sospechaban que pudiera padecer algún trastorno mental. Después de haberle visto engullir 14 kilos de pulmones e hígados de toro, totalmente crudos, no era para menos. Disfrazado, este tragón cruzó la frontera haciéndose pasar por un campesino alemán. El problema era que él no sabía alemán. Fue así como levantó sospechas y acabó siendo capturado por las tropas enemigas.

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Los soldado prusianos, al no encontrar nada en el cacheo que le realizaron, lo azotaron para ver si revelaba cuál era su mision. Tarrare consiguió aguantar sin decir nada. Pero claro, cuando pasaron 24 horas de cautiverio, sin nada que llevarse a la boca, nuestro protagonista decidió que no aguantaba más y acabó cantando. Reveló que llevaba un importante mensaje a un coronel, pero cuando los mandamases del ejército prusiano descubrieron que lo que había era algo irrelevante, decidieron acabar con su vida. Por suerte para este singular glotón, el general que lo condenó a muerte se retractó finalmente y creyó que con una soberana paliza sería suficiente. Tal que así lo hicieron sus subordinados antes de ponerlo en libertad.

Regresó al hospital, donde llegó a un acuerdo con Percy para que le realizasen todas las pruebas que creyeran oportunas y le impusieran todos los tratamientos que existiesen para acabar con su voracidad. Lo intentaron con algunas sustancias, como pastillas de tabaco o vinagre de vino, pero Tarrare no puso de su parte y acababa por escaparse del hospital en busca de comida. Algunos doctores aconsejaron trasladarlo a un manicomio argumentando que este insaciable tragaldabas padecía un problema mental. Pero Percy no se daba por vencido. Siguió intentando hallar una cura hasta que, algún tiempo después, un niño de 14 meses desapareció del hospital. Muchos culparon a Tarrare y le acusaron de habérselo comido. Sin que nadie lograse determinar si había sido él, lo echaron del hospital.

Algunos años más tarde, Tarrare fallecía postrado en una cama en un hospital en Versalles. Le fue detectada una tuberculosis avanzada y apenas duró un mes. En el análisis de su cuerpo que realizó el doctor que allí le atendió, descubrieron que su estómago era enorme y que tanto su vesícula biliar como su hígado eran más grandes de lo normal.

Así, aunque a lo largo de la historia han existido glotones legendarios, no encontraremos ninguna otra historia tan sorprendente como la de Tarrare. Por muy bravucón que se sea, a este no lo retaría a día de hoy ningún tragón de perritos calientes. A ver quién tiene valor a comerse una carretilla de hígados crudos.

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Con información del libro Anomalies and Curiosities of Medicine, Imperor y Mentalfloss

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