La tragicomedia de un ‘jedi’ a tiempo completo: “Mi novia me dejó y me insultan por la calle”

Ser fan no es tarea fácil. Solo hace falta ver a esas adolescentes que acampan durante semanas a las puertas de un auditorio para lograr, con suerte, que su ídolo pop arroje algunas gotitas de sudor sobre sus caras. Por no hablar de las aglomeraciones, los empujones en la cola de un estreno o, si te descuidas, los puñetazos que te pueden llover del cielo por obra y gracia de tu amor incondicional, y de ello pueden dar fe los amantes de Justin Bieber.

En el caso de las sagas cinematográficas, la expectación no es para menos y, en ocasiones, convertirte en el más friki de tu ciudad puede llegar a suponer un verdadero infierno. Algo similar le ocurre a Kevin Cottam, un británico de 46 años que mantiene una ocupación particular: ‘jedi’ a tiempo completo. Aunque muchos pueden pensar que no estamos frente al mayor fan de la historia de ‘Star Wars’, lo cierto es que se ha tomado como pocos su filosofía y, desde hace dos años, es tradición salir de casa con una túnica al más puro estilo Obi Wan.

No obstante, la clave de esta curiosa transformación no radica en una inquietante obsesión por ‘La guerra de las galaxias’, sino que más bien está relacionada con una cuestión de fe. Su andadura en el universo ‘jedi’ comenzó hace seis años, después de una minuciosa investigación en internet. Hasta el momento, Cottam había profesado la religión budista, pero se cansó de las estrictas reglas que ponen como condicionante la mayoría de credos: “Investigué sobre más corrientes ‘online’ y me topé con los Djedi del antiguo Egipto, que más tarde inspirarían la filosofía jedi de ‘Star Wars’”, explica el británico.

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Así, Cottam se zambulló en esta corriente religiosa ficticia sin tener que hacerse con ningún tipo de Biblia, Corán o manuscrito donde se narra la vida y obra del Señor para ilustración de los fieles. Para convertirse en un auténtico ‘jedi’, solo hace falta grabarse a fuego tres sencillas normas: el conocimiento, la sabiduría y la compasión. Según el británico, una lleva a la otra: “La aplicación del conocimiento te hará ganar sabiduría y, una vez que hayas logrado ésta, la compasión por el otro es el siguiente paso”. Fácil y sencillo, y para toda la familia, sin tener que pasar por las fases de bautismo, comunión y confirmación, que tanto aburrimiento han causado a los jovenzuelos.

En lo que respecta a la creencia por un ser supremo, el británico se defiende y argumenta que los ‘jedis’ creen en una fuerza que ha creado el universo. Esta vez no hay bandos –por desgracia, nos olvidamos del lado oscuro–, sino una apuesta por la existencia de una fuerza natural, que determina aquello que es bueno o malo. Tan simple que a Cottam le parece la filosofía más inteligente del planeta.

Una vez convencido de su nueva confesión y como buen samaritano, Cottam decidió dar la buena nueva a sus amigos y familiares, que en un principio se lo tomaron de buen grado. De hecho, las cosas parecían marchar con normalidad hasta que el británico dio un paso más allá y comenzó a vestir una túnica blanca hasta los pies, acompañada de un sable láser de nada más y nada menos que 750 dólares (unos 882 euros) por las calles de Rhyl, en Gales.

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La primera en tomar distancia fue su novia, con la que mantenía una relación sentimental desde hacía seis años. Claro, no es lo mismo que tu pareja comparta estados en Facebook con las palabras ‘sabiduría’ y ‘compasión’, a que salga a la calle vestido como el mismísimo Luke Skywalker: “Yo era feliz con ella, pero si renunciaba a mi fe no podía seguir siendo quién soy”, se defiende Cottam.

Después de este varapalo, el ‘Jedi Gris’, pues así se hace llamar, ha asumido que podría pasar el resto de su vida soltero, acompañado únicamente por su compasión y su sabiduría, aunque tampoco es algo que realmente le preocupe. Aun así, conseguir pareja no parece una opción desorbitada, ya que Cottam causa sensación entre las mujeres maduras: “Las mayores de cincuenta me suelen decir que les encanta cómo visto y cuido mi apariencia”. Quién sabe, quizá Cottam consiga encontrar a su Leia particular mucho antes de lo que imagina.

Entre su grupo de amigos, opiniones dispares. Muchos se han burlado de él. Otros, según Cottam, han quedado encantados con el renovado atuendo de su compañero y no han dudado en viajar cogidos del brazo por todo el mundo, ante la sorprendida mirada de los paisanos. En este sentido, los más pequeños son los que se muestran más ilusionados cuando ven a Cottam aparecer por la calle: “Las reacciones que provoco son variadas, pero los niños siempre me preguntan si pueden hacerse una foto conmigo y eso me hace feliz”.

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Pero la peor parte para Cottam consiste en pasear rutinariamente por las calles, donde ha recibido más de un insulto por parte de los viandantes. Uno de los incidentes que más daño le ha hecho, recuerda, fue una tarde en la que caminaba por la ciudad. El británico se encontró con un par de niños que, sorprendidos, empezaron a divagar sobre el disfraz de Cottam. “¡Es Batman!”, dijo el primero, mientras el segundo le corrigió y señaló que se trataba de “un auténtico jedi”. Para el padre de las criaturas simplemente era un tarado y así lo pronunció en voz alta. El británico asegura que se sintió mortificado.

Ser un maestro jedi, como hemos visto, no es sencillo. Cuidar de su indumentaria y atrezo tampoco. En agosto, Cottam olvidó su valioso sable láser en el autobús, después de haberlo registrado como objeto religioso en el pueblo a petición de las autoridades, para que así pudiera salir con él tantas veces como quisiera.  La conmoción del británico fue tal que emprendió una campaña de ‘crowdfunding’ para recaudar dinero y poder comprarse otro nuevo. Hasta que llegue el momento (con ese precio no estará cerca) siempre puede apañárselas con un juguete de algún bazar cercano.

En la actualidad, Kevin Cottam prosigue con su vida de soltero en Gales, a la espera de que alguna princesa galáctica se le acerque en busca de reconvertirse a la filosofía ‘jedi’. Que la fuerza le acompañe.

Con información de Oddity Central y Mirror.

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