Cuando el Ayuntamiento de Madrid se hizo cargo de las vacas lecheras (y otras anécdotas de la Guerra Civil)

La guerra civil española sigue siendo un suceso que a más de uno le cuesta olvidar, especialmente si hablamos de los mayores. No es de extrañar: durante tres años, que a muchos les parecieron siglos, España quedó dividida en dos debido al combate entre republicanos y sublevados, que alcanzó a toda la población.

En esta tesitura, y como ocurre en todos los conflictos bélicos, uno de los primeros en aparecer fue el hambre. Por supuesto, no nos referimos a ese rugir de tripas cuando te has saltado la merienda, sino a una desazón que llevó a los españoles a sacarse las castañas del fuego para llevarse algo de comer a la boca. Una de las zonas más afectadas por el desabastecimiento que se vivió durante la contienda fue la capital, donde el Gobierno republicano tuvo que vérselas con un imparable mercado negro y la ausencia de alimentos básicos que llevaba a los madrileños por el camino de la amargura más absoluta.

Alimentos tan primarios como la leche se convirtieron en objetos de disputa, por los que ambos implicados (ganaderos y alcaldía de la ciudad) tuvieron que pelear con uñas y dientes por unos cuantos litros. Uno de los enfrentamientos más curiosos tuvo lugar durante el duro invierno de 1937, cuando sesenta vaqueros, más parecidos a los del Oeste que a los que cuidan las vacas, se negaron a cumplir la orden municipal de entregar toda la producción en Madrid. En consecuencia, el Consistorio tuvo que incautar gran parte de las vacas lecheras de la urbe.

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Fueron tres los problemas que se intentaron solucionar con esta intervención: la rebeldía insospechada de los vaqueros, controlar el precio de la leche (que alcanzaba precios desorbitados) y evitar su adulteración, pues el líquido llegaba cada vez más aguado a la población. A tal punto llegó el enfrentamiento que los vaqueros fueron detenidos y puestos a disposición de los tribunales. Los periódicos, incluso, llegaron a considerarlos como “los más peligrosos enemigos del régimen”. Ojo, más que el mismísimo Francisco Franco.

Posteriormente, el Ayuntamiento acordó un precio de ochenta céntimos por litro, una medida que alegró a los hambrientos madrileños. Además, esta denuncia sirvió para sentar jurisprudencia: muchos ciudadanos se atrevieron a criticar los elevados precios que imponían todo tipo de comerciantes. Una reacción abiertamente normal, sobre todo si se tiene en cuenta la picaresca que afloró durante los años de la guerra.

Ese mismo otoño, en octubre de 1937, la alcaldía también tuvo que denunciar a un grupo de ganaderos y empleados del matadero, que sacrificaban reses alegremente con la excusa de que estaban enfermas: en realidad, lo que hacían era repartirse la carne entre unos y otros. También en esos meses, la comandancia militar de Madrid avisaba a los vecinos para que no se dejaran engañar por los desaprensivos que llamaban a sus puertas con cara de pena, pidiendo mantas, colchones, abrigos y hasta dinero con la percha de “ayudar a los combatientes del régimen republicano”. Por supuesto, todo era una farsa.

Todas estas anécdotas fueron recogidas por los periódicos y noticiarios de la ciudad, lo que provocó que diarios como ‘Abc’ se convirtieran en un auténtico manual de picaresca, propio del Siglo de Oro español. En esta misma publicación se narraron también las tretras de una comadrona, experta en “barrer para dentro”, según el propio periodista, al que no le faltaba cierta socarronería.

Esta buena mujer aprovechaba el suministro de leche de las recién paridas para extender más de treinta recetas, según el artículo, con “destino a otras tantas parturientas imaginarias, producto exclusivo de su imaginación y avaricia”. La pícara incluso llegó a extenderse un papelito a su nombre y al de su cuñado, al que cambió el nombre de Julio por el femenino Julia. Entre los multados por acaparar alimentos figuró también la propia Doña Manolita, sí, la de la lotería de Navidad, a quien encontraron con 79 kilos de malta en su casa y por lo que fue multada con 50.000 pesetas.

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Conseguir un bocado en la capital, por tanto, se convirtió en una auténtica edición de ‘Los Juegos del hambre’ (y nunca mejor dicho). Durante la primavera de 1938, el desabastecimiento en Madrid fue una realidad insoportable. La alimentación de los ciudadanos se redujo a ridículas porciones de arroz, judías y lentejas, a las que el gracejo madrileño –no sin sentido del humor– bautizó como “píldoras del doctor Negrín”, en referencia al presidente de la República durante esa época.

Las raciones venían acompañadas de cualquier sustancia mínimamente masticable y era habitual encontrar en las legumbres bichillos y piedras que debían retirarse antes de cocinar, si no querías romperte algún diente masticando semejante delicia. Eso cuando la cantidad de comida acompañaba, claro, porque en octubre de 1938 las raciones semanales de los madrileños eran de vergüenza: 23,33 gramos de garbanzos, 10 gramos de judías y hasta 3,33 gramos de galletas (vamos, las migajas).

Pero los alimentos no era lo único que escaseaba en Madrid, también los productos básicos de higiene personal, unido a los cortes de agua y gas, dejaron un regusto más bien desagradable en la ciudad.

Así, muchos madrileños tuvieron que acostumbrarse al particular aroma que desprendían las calles de la capital allá por 1937. No obstante, ponerse una pinza en la nariz puede parecer un mal menor, comparado con el aumento de peligro de las epidemias que experimentó la ciudad. Por ello, el Ayuntamiento también pidió a sus vecinos que se vacunaran del tifus (que no tufo), por si las moscas.

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El calor en los hogares, por supuesto, era un lujo que los ciudadanos no se podían permitir, más que nada porque la leña y madera para alimentar las estufas escaseaba. Tan duro fue el invierno de 1937 que se llegó a solicitar a las autoridades cortar de raíz todos los árboles plantados en la ciudad. Afortunadamente, tras estudiar la propuesta el Ayuntamiento se negó, asegurando que esa tala provocaría un importante cambio climático. Al menos, que quede algo de oxígeno para respirar.

Finalmente, en 1939 la guerra terminó, aunque después llegaron los años de posguerra y una dictadura que durante cerca de cuarenta años llevó como emblema las famosas cartillas de racionamiento, que no destacaban por su abundancia. Por suerte, la ciudad solo ha heredado las buenas costumbres y no tenemos que ver la estampa de Manuela Carmena haciéndose con el cuidado de las vacas lecheras. Nada más lejos de la realidad: ahora las reses se han sustituido por bicicletas.

Con información de La Vanguardia, Antonio Gálvez y El Mundo.

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