El hombre que no pudo casarse porque, sin saberlo, era legalmente una mujer

Cuando pensamos que todo está bajo control, de repente aparece algún detalle que nos deja totalmente petrificados y nos obliga a cambiar por completo todos nuestros planes. Puede ser que una noche lleguemos a casa con ganas de cenar una espléndida tortilla de patatas, vayamos al frigorífico y ¡zasca! La realidad nos golpea en la cabeza al comprobar que no hay huevos, literalmente. O también puede que ocurra lo que le pasó al bueno de Giovanni Battista Martinengo que, cuando lo tenía todo listo para contraer matrimonio con su prometida, le informaron de que no podía porque era mujer.

Sin duda, un durísimo varapalo para este italiano de 31 años. Mucho peor incluso que tener que cenar un mísero sandwich al no poder prepararte esa tortilla en la que llevabas todo el día pensando. La única diferencia es que, en este último caso, la mirada de pánfilo ante el frigorífico solo la contemplan el resto de alimentos que hay en su interior. El protagonista de nuestra historia no pudo hacer nada para evitar que el funcionario del ayuntamiento de Villafranca de Piamonte viera su rostro de asombro al informarle de que no podía darle el certificado necesario para desposarse porque, según aparecía en los registros, él era del género femenino.

A día de hoy, posiblemente este contratiempo se hubiera solventado posiblemente de otra forma, ya que el matrimonio entre personas del mismo sexo esta aceptado (por suerte) en numerosos países del mundo. Sin embargo, en la Italia de 1968 aquello no estaba permitido. En las crónicas que relatan lo ocurrido no se hace mención expresa a la situación que se vivía por aquel entonces cuando dos hombres o dos mujeres querían contraer matrimonio, pero es fácil presuponerlo. De hecho, no ha sido hasta 2016 cuando el matrimonio homosexual se ha aprobado allí.

En cualquier caso, cuando el funcionario le explico a Giovanni Battista el motivo por el que no podía facilitarle el papel, la excusa del matrimonio entre dos personas del mismo sexo ni se le pasó por la cabeza a este joven italiano. Más que nada, porque hasta donde él sabía era un hombre con todas las de la ley. Aunque en la administración italiana no lo tuvieran del todo claro.

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Según aparecía en el libro al que el funcionario que le atendió tenía acceso, Giovanni era una mujer. “Giovanni Battista Martinengo, nacido el 11 de julio de 1937, de sexo femenino”, se podía leer en el libro de nacimientos donde estaba inscrito el protagonista de nuestra historia. Por este motivo, quien le atendió no le podía facilitar el documento necesario para contraer matrimonio.

Con los recursos con los que contaban en aquella época en la localidad del norte de Italia, lo más que pudieron descubrir es que el funcionario que había inscrito a Giovanni como ciudadano italiano al nacer había cometido una pequeña pifia. Por algún motivo aún a día de hoy desconocido, le había considerado chica y tal que así lo había reflejado por escrito. Y claro, 31 años después de que quedara constancia de que había nacido Giovanni, sin saber cómo ni por qué, se encontró con un tremendo contratiempo que lo cambiaba todo.

Además, al contrario de lo que todos pudiéramos pensar, la solución a esta encrucijada no parecía sencilla. Para enmendar el error del funcionario que acreditaba los nacimientos en 1937, Giovanni tendria que demostrar que él era un hombre y no una mujer. Así lo relataban las crónicas de la época: “Después de este incidente, la boda ha quedado temporalmente suspendida mientras Giovanni demuestra ante las autoridades que no es de sexo femenino y se hace la corrección necesaria en el libro municipal”.

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Si ahora, en pleno siglo XXI, una pareja tuviera que cancelar una boda por un incidente de esta índole, las causas serían dramáticas para su bolsillo. Con gran parte del banquete pagado, después de haber elegido los centros de mesa, el tipo de silla y hasta si el baño olería a lavanda o a pino, su economía quedaría tambaleándose. En 1968, quizá no fuera la billetera lo que más sufriría. Más aún cuando tienes que acreditar ante las autoridades que eres un varón y no una mujer. Porque, tal y como lo pintaban los periodistas de la época, no tenía pinta de ser sencillo. No bastaría con bajarse la bragueta y enseñar lo que hubiera bajo los calzones.

El desenlace de la historia, eso sí, siempre será un misterio para nosotros. Los medios de la época solamente quisieron hacer uso de la anécdota acontecida en el pueblo de Villafranca de Piamonte y perdieron el interés de lo ocurrido con el bueno de Giovanni acto seguido. No obstante, esto tiene su parte positiva. Ahora, cada uno puede imaginar qué ocurrió finalmente. ¿Consiguió el novio convencer a las autoridades de su hombría enseñando lo que tenía entre las piernas? ¿Tuvo que superar pruebas más complicadas? ¿Buscó al funcionario que metió la pata para cantarle las cuarenta? ¿Que cara pondría su futura esposa al enterarse de tan estrafalaria situación?

Innumerables son las incógnitas que rodean a este acontecimiento. Pensemos, por ejemplo, que finalmente Giovanni contrajo mantrimonio con su amada, que fueron felices y comieron perdices y, por qué no, que el funcionario fue invitado a la boda. Un error lo tiene cualquiera, así que pelillos a la mar. Puestos a imaginar…

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Con información de Fundeu y 20minutos.

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