La misteriosa cueva decimonónica que Central Park tuvo que sellar

Cuando se planea un viaje, se hace con la precaución necesaria para no olvidar ningún sitio importante que visitar. En el caso de Nueva York, en esa lista de imprescindibles no puede faltar el ascenso del Empire State Building (no apto para aquellos que sufran vértigo), un rato de compras en la Quinta Avenida (si el bolsillo te lo permite) y un recorrido por uno de los espacios verdes más famosos del mundo, Central Park.

La ciudad de los rascacielos acoge en su núcleo un parque dos veces más grande que Mónaco y ocho más que El Vaticano. Con estas proporciones (de 4 kilómetros de largo y cerca de 800 metros de ancho), no es de extrañar que en su interior se escondan misterios aún sin resolver.

El espacio en cuestión fue construido durante el siglo XIX y finalmente abrió sus puertas a los neoyorquinos a principios de la década de los sesenta de dicho siglo. Los diseñadores de este parque escenario de tantas y tantas películas fueron Frederick Law Olmsted Calvert Vaux, quienes más tarde también se hicieron cargo del diseño del Brooklyn’s Prospect Park, en la misma ciudad.

Como es lógico, la construcción de una enorme zona verde en una de las capitales más dinámicas del mundo no es tarea fácil. Los arquitectos pretendían que el parque tuviera un aspecto natural, como si cada árbol, cascada y roca hubiera estado allí desde siempre, sin tener que recurrir a la mano del hombre.

La Rambla (‘Ramble’ en inglés) es uno de los espacios más grandes de Central Park. De hecho, cuenta con treinta hectáreas de árboles, senderos y jardines para alejar a los habitantes del ajetreo de la ciudad y sumergirles en la calma de la naturaleza. De hecho, Olmsted consideraba esta zona como un auténtico jardín salvaje y se esforzó con ahínco para que así pareciera a la vista de todos.

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Paradojas de la vida, cuando ambos arquitectos se encontraban excavando la zona para comenzar con el desarrollo del parque, se toparon con un elemento completamente natural que no estaba dentro de sus planes. La sorpresa fue descubrir una pequeña cueva, aparentemente tallada por seres humanos en el norte del lago. Las teorías no se hicieron esperar y muchos aún especulan que la cueva fue esculpida por los nativos americanos como refugio, aunque no hay pruebas suficientes para consolidar esta hipótesis. Otras fuentes, menos fantasiosas, se refieren a ella como una simple cueva, sin darle la más mínima importancia.

Sea como fuese, una vez conscientes del hallazgo la misión consistía en mimetizar la cueva con el paisaje que, minuciosamente, habían diseñado estos dos arquitectos con sus mejores intenciones. La solución fue rodear la estancia de grandes rocas para que el conjunto pareciese una formación natural. También se molestaron en colocar una escalera con piedras planas que diera acceso a la habitación oculta. Además, el lago (artificial, por supuesto) se alteró para que los navegantes más aventureros pudiesen visitar este misterioso descubrimiento.

Pronto la cueva se convirtió en la principal atracción del parque. Los niños se mostraban encantados de poder jugar a ser exploradores en esta habitación secreta, rodeados de verde y aire fresco. No obsntante, la revelación no solo gustó a los más pequeños, sino también a los adultos, que hicieron de ella un nidito de amor ideal para dar rienda suelta a la pasión y llevar a cabo proposiciones indecentes en medio del parque sin soportar la incómoda mirada de los viandantes. Pero los problemillas que ocasionó la cueva van más allá de convertirse en un picadero.

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En 1904, se encontró el cuerpo sin vida de un hombre en los escalones de piedra de la cueva. El cadáver de Samuel L. Dana, que así se llamaba, presentaba un disparo en el pecho, por lo que la primera hipótesis que se barajó fue que el hombre se había suicidado aprovechando la intimidad del espacio. El suceso fue todo un escándalo en los diarios de la época (aunque no fue el primer muerto que se encontró en La Rambla) y algunos llegaron a sospechar que, en realidad, se trataba de un asesinato. No obstante, de la investigación nunca transcendieron datos más interesantes que el nombre de la víctima.

Por si esta negativa publicidad para Central Park no era suficiente, en 1922 el artista Alexander MacArthur fue condenado a tres meses de trabajos sociales por “comportamiento inadecuado” dentro de la cueva. El susodicho utilizó la privacidad del entorno para satisfacer necesidades onanistas. No salió bien: al parecer un panadero de Yorkville le pilló con las manos en la masa y decidió alertar a las autoridades.

Más pronto que tarde, lo que en un principio parecía un interesante hallazgo se convirtió en lugar de perversión dentro del pulmón de Nueva York.  De hecho, en octubre de 1929 el periódico ‘The Times’ informaba de que hasta 335 hombres habían sido detenidos por incordiar a diversas mujeres aprovechando su paso por la cueva. Hicieron falta un par de incidentes más para que los responsables del parque decidieran sellar la estancia en los años treinta. Y así fue como el pecado humano acabó con el por entonces feliz hallazgo de Olmsted y Vaux.

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Aunque en la actualidad la cueva permanece completamente tapada (ya aprendieron la lección), todavía queda algún intrépido que puede visitar los escalones que dirigen al lugar maldito. Si alguien planea en el futuro visitar Nueva York, que tome nota: están ubicados en el lado este del Arco de Piedra de La Rambla.

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Con información de Mental Floss y Atlas Obscura.

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