Sabiduría rural: tu pueblo no sería el mismo sin el cronista oficial

Ahora que los pueblos de España se han quedado vacíos de turistas, emigrantes y rebañaorzas varios, quedan pocas personas para pasear por esas calles empedradas e impolutas. Sin embargo, es posible distinguir todavía a esa que más cosas sabe del pueblo. Se le podrá encontrar con facilidad en el archivo o la biblioteca municipales, irradiando sabiduría y aspirando como si nada el polvo de los libros de actas del Ayuntamiento (absténganse de acercarse los alérgicos). Cualquier pregunta sobre la historia de la localidad sabrá responderla con presteza. Hablamos, cómo no, del (o de la) cronista oficial.

Los cronistas oficiales de las provincias, ciudades y pueblos de España son cargos vitalicios y honorarios, sin remuneración, que otorgan los ayuntamientos a aquellas personas con una extraordinaria capacidad para bucear en la historia de la localidad y ayudar a difundirla. Suelen ser personas vinculadas al área de la historia, la antropología, la escritura… y amantes y conocedores, cómo no, del lugar en el que viven. Ni siquiera se necesita una formación académica específica. ¡Incluso pueden ser sacerdotes!

Normalmente, antes del nombramiento, el cronista ya ha hecho méritos investigando, estudiando y difundiendo la cultura de la localidad. Así, no tiene sentido nombrar cronista oficial a un ‘influencer’ de la otra punta de la península solo porque tenga un millón de seguidores en su canal de YouTube. Las redes sociales no han tambaleado aún el tradicional mundo del cronista oficial.

archivos

Eso sí, aunque no sean personas capaces de mover a las masas en internet para crear un viral, aprovechan internet como cualquiera, para difundir su palabra. Es el caso del cronista oficial de Librilla, en Murcia. Fernando José Barquero Caballero tiene un blog en el que publica sus artículos sobre la historia, el patrimonio y la cultura de este pintoresco pueblo que, gracias a su cronista oficial, tiene una presencia ampliada en el ciberespacio. Si no, de otra manera no podríamos conocer sobre sus cementerios, la epidemia de gripe española en el pueblo o las cofradías en 1770. Cuéntame más, me interesa.

Los cronistas estudian el pasado y recopilan lo que sucede en el presente. Se les pide independencia y que traten a todas las fuentes por igual. Y escriben libros, muchos libros, o artículos, que luego presentan en los encuentros de cronistas, como los que celebran los compañeros de la provincia de Córdoba cada año para ponerse al día, en plan ‘networking’. En ellos presentan sus últimas investigaciones, se preguntan por la vida y se toman algo, entre otras actividades. Y lo más importante: publican más libros con sus ponencias, esenciales para perpetuar sus investigaciones históricas.

Incluso existe desde 1978 una Real Asociación Española de Cronistas Oficiales, con más de 300 miembros de todo el país y que también organiza congresos y publica libros. El caso es dar a conocer la labor de este particular grupo de gente.

Los ayuntamientos pueden recurrir a ellos para pedir su opinión en temas culturales o su parecer sobre símbolos, como las banderas. Así, el cronista oficial es como un cazador de tendencias que explica a las autoridades cuál es la mejor opción para un escudo o para ese trozo de tela. Es, en definitiva, el Pelayo Díaz de la identidad local. También se le puede preguntar sobre alguna consideración de patrimonio local: un edificio que hay que restaurar, esa casa con fachada esculpida en granito que ahora se está cayendo y donde vivía una especie de loca de los gatos sin descendencia…

Cronista oficial trabajando

Los cronistas tan pronto te escriben un libro como te denuncian algo que ellos consideran injusto. Recientemente, el cronista oficial de Priego de Córdoba (sí, en la provincia que todos nos imaginamos) denunció que la Iglesia había inmatriculado 25 bienes, entre ellas un edificio escolar y un hospital. Y eso molestó a los menos capillitas, claro.

A algunos, ser cronista oficial les puede sonar carca y darles cierto olor a naftalina, pero hay muchos pueblos españoles que veneran su figura por su sabiduría, de la misma manera que quienes reciben ese honor nunca dejarán de recomendar su pueblo. Si buceamos por la hemeroteca de internet podemos encontrar muchos ejemplos de ello. Da igual que sea una pedanía de Murcia o un pueblo pequeño de Sevilla: todos resaltan el honor de ser cronistas oficiales y te dirán qué tienes que visitar o hacer, como si fueran una Lonely Planet con patas. Cuando fallecen, sus vecinos, muy agradecidos, les hacen un homenaje como se merecen.

Sin los cronistas oficiales, esas figuras que rozan la senectud y que parecen tener varios doctorados a sus espaldas aunque a lo mejor nunca han pisado una universidad, no se entendería la vida en los pueblos, de la misma manera que no se entendería sin el cura, el médico o el tonto. Hay que respetarlos y hacer que nunca falten, porque sin ellos, muere la historia de estas localidades: no podemos esperar que los canis que hacen botellón en el polígono industrial de las afueras se pongan a desempolvar el archivo municipal.

Con información de Wikipedia (1, 2), Laicismo.org, Diario Córdoba y La Voz de Galicia

Estas historias las podía haber escrito un cronista oficial:

El japonés que coleccionó 2000 tatuajes arrancados de cadáveres

La curiosa historia del SS Warrimoo, el navío que tuvo un momento de omnipresencia

España Bizarra: una guía de los monumentos más extravagantes de la piel de toro

Bragas baratas, churrerías y otros imprescindibles de los mercadillos de pueblo