¿Superhombres? Hasta dónde llegarían los atletas si les permitieran doparse a su antojo

Los Juegos Olímpicos de Río 2016 han dejado momentos inolvidables: piscinas cubiertas de agua verde, escándalos extradeportivos y pruebas sin espectadores. Nimiedades en comparación con la brillante actuación de los deportistas que, como sucede cada cuatro años, nos han vuelto a dejar con la boca abierta.

En esta edición ha saltado a la fama la flamante reina de la gimnasia artística, Simone Biles, que se ha colgado al cuello cinco medallas, cuatro del metal amarillo. Además, se han despedido de los Juegos Olímpicos dos pesos pesados del deporte: por un lado, el nadador Michael Phelps, el mejor atleta de la historia tras acumular 28 medallas a lo largo de su carrera (23 de ellas de oro), y, por otro, el corredor jamaicano Usain Bolt, que sigue ostentando el título de hombre más veloz del mundo.

El don de estas y otras estrellas para el deporte es puesto en duda constantemente por los más escépticos y, cada cierto tiempo, crecen con fuerza los rumores sobre el posible uso de alguna que otra sustancia prohibida con la que mejorar su rendimiento. No obstante, un buen número de científicos ha estudiado el ‘doping’ desde otra perspectiva: ¿hasta dónde llegarían los deportistas si pudieran doparse a su antojo?

Si bien es complicado dar con la respuesta exacta, sí es posible dar cuenta de lo que estas particulares sustancias provocan en el organismo.  Por ejemplo, los esteroides anabolizantes pueden llegar a aumentar en un 38% la fuerza de un hombre, echando por tierra las espinacas de Popeye. La hormona del crecimiento es eficaz en los corredores y aumenta su velocidad de esprint en un 4%, por lo que cualquier atleta podría ir “como un pepino”, que diría Beatriz Pérez Aranda.

La eritropoyetina o EPO (prueba a decirlo tres veces de seguido) puede elevar la resistencia de un atleta en un 34% y restar de golpe y porrazo hasta 44 segundos de su tiempo en un recorrido de ocho kilómetros. No obstante, hay pegas, claro: además de ser peligrosas para el organismo, estas sustancias están prohibidas y son detectables, por lo que es fácil que el tramposo en cuestión sea pillado con las manos en la masa.

Mientras tanto, los investigadores han centrado sus esfuerzos en una doctrina experimental y altamente especializada, conocida como el dopaje genético. La teoría es sencilla: alterar nuestra composición genética, los ladrillos con los que estamos construidos, para hacernos más fuertes o más rápidos. Una especie de mutación similar a la de los superhéroes pero sin picaduras de araña ni criptonita.

Los aspectos prácticos, por supuesto, son mucho más complejos. Son muchos los científicos que se han encerrado en el laboratorio ansiosos por ir más allá en esto de alterar la genética del ser humano. Las propias publicaciones científicas también han caído en la tentación y ya en el año 2000, la revista ‘New Scientist’ se frotaba las manos imaginando cómo serían los deportistas de los Juegos Olímpicos de 2008, en Pekín, con la genética al servicio de los atletas.

Ensimismados, con un cierto toque literario y probablemente con los ojos haciendo chiribitas, fantaseaban con unos Juegos donde la llama olímpica brillaría como cada cuatro años en el estadio, pero en los que los participantes serían completamente distintos a sus predecesores. Precioso, ¿verdad? La revista prosigue añadiendo que, si bien los viejos atletas cuidaron su cuerpo a base de trabajo duro y sudor, en las Olimpiadas de 2008 la mayoría de los campeones habrían alterado sus genes para despuntar en su disciplina. Y sin sudar una sola gota. Una auténtica pesadilla para el juego limpio que colmaría de oros a los deportistas sin escrúpulos y que dejaría en los últimos puestos a aquellos más chapados a la antigua.

doping

En su proyecto idílico, la revista señalaba que “los funcionarios serían conscientes de que se trata de dopaje genético, pero como es prácticamente indetectable, no tendrían poder para diagnosticarlo”. Ahí es nada. He aquí la gran ventaja del dopaje genético: la trampa se encuentra incrustada en el propio organismo del atleta y, por tanto, no se detecta como una sustancia extraña al cuerpo.

Como era de esperar, no todo lo que reluce es oro. La modificación artificial de nuestra genética puede provocar efectos no deseados. Según varias pruebas realizadas en roedores,  los ‘esteroides del futuro’ pueden incrementar la presión arterial, engrosar las válvulas del corazón y disminuir la fertilidad y el deseo sexual. Además, las mujeres podrían despertar un buen día con una mata de pelo en el pecho y los hombres acabarían con sus partes nobles atrofiadas. Y por si esto fuera poco, también afectaría al cerebro, que puede sufrir un derrame debido al aumento de glóbulos rojos. Vamos, todo un jaleo con el que a más de uno se le habrán quitado las ganas de experimentar con su genética.

Científicos de todo el mundo trabajan en mejorar las terapias con genes para convertirse en fuente de cura de enfermedades. Pero ya se sabe, hecha la ley, hecha la trampa, y son pocas las posibilidades de que este avance científico se utilice solo con buenas intenciones. Quizá por eso la Agencia Mundial Antidopaje prohibió la práctica en 2003.

¿Qué podrían llegar a hacer los atletas?

Dejando a un lado la importante parte ética, resulta llamativo imaginar cuál hubiera sido el panorama en los pasados Juegos Olímpicos si se hubiera extendido el uso del dopaje genético. Según el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), habría sido necesario inventar nuevas disciplinas para aquellos deportistas que compitieran con la genética alterada. De esta manera, estaríamos hablando de ‘power running’, ‘power swimming’ o ‘power cycling’, es decir, deportes tradicionales como el atletismo, la natación o el ciclismo, pero con deportistas llevados al límite.

simone

Imagina ahora a Simone Biles realizando saltos de seis metros de altura y diez mortales sin despeinarse o a Michael Phelps puliendo la piscina en apenas unos segundos con unos músculos de infarto. Con Usain Bolt, por ejemplo, habría que permanecer sin parpadear durante la prueba de 100 metros lisos: con una ligera modificación en sus genes, el jamaicano alcanzaría velocidades supersónicas.

De no estar prohibida, también sería aplicable a los partido de tenis, que se convertirían en espectáculos de riesgo: es posible que una bola fallida de Rafa Nadal, a 350 kilómetros por hora, te dejara sin conocimiento. Sin embargo, el dopaje genético se encuentra todavía en fase experimental y sin resultados fiables al respecto. Mientras avanza la investigación, podemos seguir disfrutando con el talento innato de nuestros deportistas, que sin modificación alguna ya resulta de ciencia ficción. ¿Serán distintas las cosas dentro de cuatro años?

Con información de Smithsonian.com y BBC.

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