La leyenda de Iron Mike, el borrachuzo que sobrevivió a múltiples intentos de asesinato

Cuentan las leyendas que son no pocos los asiduos a las tabernas que, como se dice coloquialmente, tienen una flor en el culo. La ciencia aún no ha dado con una explicación lógica o ilógica. No sabemos si es por los brebajes con los que allí endulzan su paladar o qué diantres ocurre, de lo que sí estamos seguros es de que atesoran una gran dosis de fortuna. De hecho, en su grupo de conocidos suelen ser llamados ‘milagritos’, porque en multitud de ocasiones la diosa fortuna obró un milagro para evitar que acabasen mal. Este es el caso de Michael Malloy. En sus bolsillos no había ni un solo centavo, pero revosaba la suerte como para salvarle de la muerte en numerosas ocasiones.

Para conocer la historia de este afortunado borracho hay que remontarse al Nueva York de los años 30, en los últimos compases de la famosa Ley Seca que cerró el grifo a los ciudadadanos de Estados Unidos hasta el año 1933 y permitió que las bandas de capos se hicieran fuertes con el contrabando de ciertos elixires. Razón por la cual, de forma clandestina, había locales por todas partes de la ciudad para que los parroquianos pudieran saciar su sed. Eso sí, en muchas ocasiones los problemas llegaban a la hora de abonar la cuenta, pues al corte de suministros de bebidas alcoholicas se unía una acuciante crisis económica que dejó a muchos sin trabajo.

En esta tesitura se encontraba el bueno de Michael Malloy. Todas las noches, con los dólares que había conseguido reunir en alguno de los distintos trabajos temporales que tenía, se dejaba caer por el antro clandestino que regentaba Tony Marino en el Bronx. Rara era la vez que no acababa postrado en la barra de aquel tugurio, completamente mamado. Y aquel no era un buen lugar para acabar inconsciente a causa del whisky de contrabando que servían. El propietario de la taberna junto con algunos colegas habían diseñado un plan para hacer firmar seguros de vida a los borrachos que por ahí asomaban, para después acabar con ellos y cobrar la poliza.

Con su astuto plan sobre la mesa, creyeron que Michael Malloy era una víctima perfecta. Un irlandés de cincuenta años, alcohólico, vagabundo y sin familia. Nadie le echaría de menos si no volvía a aparecer nunca jamás. Así que se pusieron manos a la obra para poner punto y final a la vida de su víctima, a la que consiguieron engañar para que firmase tres seguros de vida por valor de 1800 dólares. Lo que no sabían es que se habían topado con un hueso duro de roer. Tanto que surgió la leyenda de ‘Iron Mike’ (Mike de acero).

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Primero pensaron que, con colocarle una almohada a la salida del antro bastaría. Acabaría borracho, se dormiría allí y la fría noche le pasaría factura. Pero no. Fue entonces cuando decidieron tomar medidas más drásticas. Comenzaron a poner en sus bebidas anticongelante. Un trago de aquel brebaje hubiera bastado para tumbar a cualquiera, pero no a Iron Mike. De hecho, este borracho inmortal alabó la suavidad de aquella bebida instantes antes de caer desplomado en el suelo de aquella improvisada tasca. Pero fue solo un susto. Mientras la tropa de canallas ya celebraba su botín, Mike Malloy se levantó aún más sediento.

Como el anticongelante no surtía efecto, decidieron poner en sus bebidas algo más letal. Primero lo intentaron con aguarrás. Pero nada. A la tercera no se la quisieron jugar y mezclaron linimento para caballos con veneno para ratas. Ni por esas. Ahí seguía postrado en la barra del antro Iron Mike disfrutando de los tragos que amablemente le servía Tony Marino. Visto lo visto, optaron por llevar a un nivel superior sus fechorías.

Marino decidió que, por el mismo precio, serviría algunas tapas a Malloy para acompañar sus tragos. El primer día le ofreció gentilmente unas ostras crudas empapadas en metanol a las que su víctima no hizo asco alguno. De hecho, cuentan que se llegó a comer dos docenas para, acto seguido, animar al chef a abrir un restaurante por la buena mano que tenía en la cocina. Dicho y hecho, a la noche siguiente el plato estrella fueron unas sardinas podridas salpimentadas con virutas de estaño. A Mike Malloy también le encantaron y no dejó ni una sola sobre el plato. ¿Murió acto seguido? Ni hablar, ahí seguía vivito, coleando y con el estómago lleno.

Llegados a este punto, los Marino, Murphy, Pasquay y Kriesberg creyeron oportuno cortar por lo sano. Nada de alcohol ni comida ante el estómago de hierro de Iron Mike. Una noche en la que los termómetros marcaban los -26ºC dieron a su víctima de beber hasta que perdió el conocimiento, lo llevaron a un parque cercano, lo empaparon con agua, nieve y lo dejaron a la intemperie para que el frío neoyorquino hiciera el resto. Podéis haceros una idea de las caras de la banda cuando, a la noche siguiente, Michael Malloy apareció de nuevo en la taberna clandestina con un traje nuevo. Al parecer, la policía lo había encontrado y lo habían rescatado de una muerte asegurada (o no…).

Totalmente ofuscados decidieron pasar a mayores y atropellar a Iron Mike con un taxi a más de 70 kilómetros por hora. Ni por esas. Cuando ya se preparaban para ir a recoger la suma de dinero del fallecimiento del asegurado, apareció nuevamente por el bar. Algunas semanas en el hospital fueron más que suficientes para repara los huesos rotos que había provocado el atropello, así que Mike volvió a sus quehaceres diarios. Fundamentalmente, beber y sobrevivir a las trampas de la banda de canallas que le rodeaba.

Hartos de aquel tipo con más vidas que un gato, decidieron asesinarlo con sus propias manos. Alquilaron una habitación en una casa cercana al embarcadero cuya iluminación era por gas. Con Iron Mike totalmente borracho e inconsciente lo llevaron allí y pusieron una manguera de monóxido de carbono en su boca. Ellos no sabían que aquel veneno letal dejaría secuelas que perdurarían durante mucho tiempo en el cuerpo de Mike. Pero eso poco les importó cuando, en apenas diez minutos, aquel borracho suertudo acabó por expulsar su último aliento. Solo tuvieron que sobornar a un médico para que firmara el parte de defunción y así poder cobrar la suma de dinero que tanto les había costado ganar.

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Para evitar dejar huellas, enterraron el cuerpo en el cementerio de Ferncliff. Haciéndose pasar por su hermano, Joe Murphy fue a cobrar 800 dólares del botín. Pero la diosa fortuna volvió a ponerse una vez más de parte de Iron Mike. Algunos meses después, la policía encontró la fosa en la que se encontraba el cuerpo de este entrañable borracho. A raíz de una investigación en torno a Murphy, que ya había entrado en la cárcel con otros cargos, los investigadores decidieron realizar otra autopsia a Mike. Como era de esperar, aún quedaban restos del monóxido de carbono que acabó con su vida. Indagando, indagando, los agentes dieron con el forense al que sobornaron los timadores y con el conductor de taxi al que pagaron para que atropellara a la víctima. Estos no tuvieron el más mínimo reparo en contar todo lo que había pasado.

Hasta desde el más allá, Iron Mike sorprendió a quienes cavaron su tumba. Ya en 1934, con toda esta trama desvelada por los investigadores, los Marino, Murphy, Pasquay y Kriesberg acabaron condenados a la silla eléctrica. Si ellos necesitaron varios intentos para acabar con la vida del borracho de acero, una sola descarga fue necesaria para que ellos pusieran rumbo al otro barrio. Y sí, no acertaron a la hora de elegir a su víctima. Porque lo que Michael Malloy tenía no era una flor en el culo, era un verdadero jardín.

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Con información de Anfrix, Gizmodo, Taringa y Wikipedia

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